Sobre la voluntad, y su representación política

En estos tiempos de exaltación, tal vez ha llegado la hora de explicar a nuestros políticos (de derechas, de izquierdas, de aquí, de acullá…) que con nuestro voto les estamos confiando nuestra cuota de poder legislativo y ejecutivo, para que la representen por y para nosotros. Pero nada más. La voluntad de los ciudadanos no se delega. Nadie es representante de nuestra voluntad: ni el jefe de estado, ni el presidente del gobierno, ni ningún lider social.

Pero todavía hay quien se erige en representante de la voluntad de los ciudadanos. O, lo que es mucho peor, en representante de la voluntad de un supuesto pueblo, figura abstracta y obtusa, maná de nacionalistas, en cuyo nombre se homogeneizan y depuran las voluntades individuales.

Quien se considera representante de la voluntad de un pueblo es un mentiroso: no existe ninguna voluntad colectiva tan poderosa capaz de uniformizarnos. Estos falsos profetas se afanan en seleccionar, de entre todas las posibles voluntades existentes en la sociedad, la que más convenga a sus propósitos. Quien no se aliene con ella, será un marginado o, más frecuentemente, un enemigo del pueblo.

Tal vez sea cierto que la voluntad de los ciudadanos esté por encima de las leyes. Ésta cincela los códigos legales con parsimonia pero sin pausa. Pero es falso que quien se dice representar la voluntad de un pueblo, tenga la potestad de ejercer su poder político por encima de éstas. A ningún salvapatrias debería entregársele el derecho de hacer y deshacer leyes en función de una voluntad popular que supuestamente solo él representaría.

Si dejamos que algunos políticos (como Quim Torra, ese xenófobo y racista que, además, está orgulloso de serlo) se erijan, no solo en representantes del legislativo y ejecutivo (que es su cometido) sino, además, de nuestras voluntades individuales, lo que realmente estaremos consiguiendo es alejarnos cada vez más de un espacio de convivencia democrático para penetrar en los tenebrosos mundos del totalitarismo.

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