Los límites de la medicina científica, o por qué la gente confía en la homeoterapia (I)

No voy a perder mucho tiempo describiendo las bondades de la medicina científica que, desde el siglo XIX, ha mejorado ostensiblemente la calidad y la esperanza de vida de miles de millones de personas. No solo son medicina científica las vacunas, las intervenciones quirúrgicas o los tratamientos más novedosos contra el cáncer: porque también sobre una base científica se han constituido las medidas de higiene y limpieza, la potabilización del agua, la conservación de los alimentos, o las medidas de prevención contra productos nocivos (tabaco, asbestos…). Aunque más cerca de obras de ingeniería o legislaciones políticas, éstas también han sido previamente designadas con el dedo acusador de la medicina científica como necesarias para una mejora de la salud poblacional.

Mediante las vacunas, la medicina científica nos protege de infecciones que, siglos ha, mataban a millones de personas. Y si no hay vacuna, existen una serie de farmacopeas, como lo son los antibióticos, que en muchos casos anulan su acción deletérea. Fracturas que hasta no hace muchas décadas eran sentencia de muerte para el paciente, hoy en día pueden ser operadas con éxito. Y así, con la elevación de la esperanza de vida, aparecen enfermedades del anciano que, si bien han existido desde siempre, nunca habían tenido apenas repercusión, pues casi nadie llegaba a suficiente edad como para sufrirlas. Hablamos de muchos cánceres o enfermedades neurodegenerativas. La medicina científica también ha encontrado, en algunos casos, remedio contra estas terribles patologías.

Sin embargo, nos empecinamos en no confiar en la medicina científica. Nos gusta ir a homeópatas, curanderos, herboristas. Queremos curarnos con hierbas, flores de Bach, imposición de manos. A veces incluso abandonamos costosísimos tratamientos médicos que podrían salvarnos la vida para dar una oportunidad a dudosos tratamientos de holística y meditación… ¿Cómo es posible? ¿Cómo podemos dejarnos engañar por las chanzas de las pseudociencias, si enfrente de ellas se eleva el altar de una medicina científica altamente eficaz y resolutiva? Más aún: en un país donde la sanidad pública es (todavía) universal y gratuita… ¿Por qué gastarse cientos de euros en terapias que no llevan a nada?

Hay quien argumenta que el amplio seguimiento de estos tratamientos alternativos por parte de la población general se basa en su escasa educación científica. Los tratan de ignorantes ingenuos, que se dejan engañar por unos charlatanes. Según ellos, España es un país de estúpidos que se creen los cuentos de los curanderos y homeópatas. Este tipo de opiniones, muy extendidas en las redes sociales, se basan, por una parte, sobre una evidencia clínica y científica incontestable (nadie en su sano juicio puede dudar de la eficacia de las vacunas o de los antibióticos). Pero además, por otra parte, existe cierto tufo de superioridad intelectual de los pro-medicina científica, que sustentan ciertas argumentaciones, no ya en razonamientos médicos, sino en un simple y puro  criterio de autoridad: la medicina científica es superior a las pseudociencias, así que os calláis.

La medicina científica moderna nace a principios del siglo XIX. Es entonces cuando se produce un cambio en el paradigma médico: de la medicina basada en síntomas, que ha reinado durante siglos en Occidente, se pasa a una medicina anatomopatológica. Hasta el advenimiento de las necropsias de Bichat, el médico basaba sus exploraciones y tratamientos en las manifestaciones externas de la enfermedad: fiebre, tos, sangrados, características de orina y heces… El médico observaba detenidamente al paciente, sin tocarle. La enfermedad era definida por el acúmulo de síntomas que sufría el paciente; la labor del médico era calmar esos síntomas, con la confianza de que el mal interior quedara “cegado”, “atorado”, sin posibilidad de expresión hacia el exterior. Fue la anatomía patológica la que cambió el destino de la medicina. El lema “abrid esos cadáveres” de los primeros patólogos permitió observar los efectos que tenían las enfermedades sobre los órganos de los pacientes. Primero a nivel macroscópico (pulmones, hígado, cerebro…), luego a nivel microscópico (tejidos, células) y, finalmente, también genético. La enfermedad dejaba de estar adscrita a los síntomas; se mudaba al interior del cuerpo del paciente, donde producía lesiones orgánicas que el médico podía cuantificar. El último paso, tal vez el más definitivo, en la revolución de la medicina fue el cambio de posición del médico con respecto al paciente. Si del cadáver se conocen sus enfermedades abriéndolo, al paciente habrá que diagnosticarlo tocándolo. “Tocad a esos enfermos”, posible lema de la medicina antonomoclínica que impera hoy en nuestros hospitales: de este modo se generalizaron las técnicas de palpación, percusión, auscultación; las maniobras exploratorias (Babinsky, Lassègue, Valsalva…); la instrumentación de valoración de cavidades (otoscopio, laringoscopio, endoscopias…); la cirugía… El paso de una enfermedad de síntomas a una enfermedad de daños orgánicos modificó también el espectro del tratamiento: si previamente la clave era la resolución de la tos y la fiebre, ahora habría que acabar con la neumonía, foco de aquella sintomatología. A fin y al cabo, la medicina moderna es el triunfo de la escuela de Cnida sobre la de Cos: de la medicina de la enfermedad sobre la medicina del enfermo.

Las ventajas de esta aproximación a la enfermedad son claras, y sus resultados son visibles si analizamos con rigor el estado de nuestra salud a principios del siglo XIX, comparándola con la de nuestros días. Ya no nos morimos por tétanos, escarlatina, apendicitis; la medicalización del parto ha supuesto un descenso radical en la muerte puerperal; los planes de vacunación sistemática han convertido algunas enfermedades infecciosas, como la viruela, en viejas historias que probablemente nunca jamás se volverán a repetir.

El médico, en su consulta, recibe a pacientes que, generalmente, explican un conjunto de síntomas. Se hace preciso, tras una correcta entrevista, explorar al paciente en busca de signos que ayuden a esclarecer el origen de sus males. Si fuera necesario, se pueden solicitar pruebas complementarias (radiografías, analíticas…) que afinarán el diagnóstico. Lo que busca el galeno en esas entrevistas, exploración y pruebas complementarias es el lugar del daño orgánico que causa los síntomas de los que se queja el paciente. Si, a pesar de todo, no es capaz de dar con él, precisará de pruebas cada vez más específicas (tomografía de emisión de positrones, laboratorio de genética…) e invasivas (biopsias, cirugías exploradoras…). Puede suceder que, a pesar de todo, el médico no encuentre ningún daño a nivel orgánico, tisular, celular o genético. Son las llamadas enfermedades idiopáticas: los síntomas sin enfermedad. O, también se describen como enfermedades psicosomáticas: los síntomas, aunque existen, son un producto psicopatológico generado por el propio paciente, en el cual no hay daño estructural. Se suelen enviar entonces al psicólogo, al psiquiatra o, más frecuentemente, se abandonan en un rincón de la larga lista de espera junto a un cartel que lleva inscrita la palabra “locura”.

El enfermo sin alteración anatomopatológica que explique su sufrimiento no es inusual. Muy al contrario, llenan las consultas de los médicos de cabecera y especialistas con sus quejas, sus dolores, sus temores. Esas lumbalgias que, por muchas radiografías y resonancias magnéticas que se les haga, no pueden ser explicados por los traumatólogos. Esas cefaleas intratables, con resultados de escáneres y electroencefalogramas absolutamente normales. El dolor abdominal no coherente con una gastroscopia y colonoscopia… Un porcentaje muy grande de pacientes no encuentra respuesta a sus males en las consultas de los hospitales y ambulatorios. Y es que, mientras la medicina científica es altamente eficaz solventando (graves) problemas con base anatomopatológica conocida (fracturas, cánceres, infecciones, enfermedades cardíacas…), fracasa estrepitosamente cuando se enfrenta única y exclusivamente a un conjunto de síntomas sin repercusión orgánica conocida. Representan el eslabón más débil del paradigma anatomoclínico y la evidencia viva de que, tal vez, los médicos anteriores al siglo XIX no estaban tan equivocados.

2 comentarios en “Los límites de la medicina científica, o por qué la gente confía en la homeoterapia (I)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s