Lengua en positivo. Lengua en negativo

La mayoría de las lenguas nunca se han puesto por escrito en absoluto, como se ha visto. No obstante ciertas lenguas o, más correctamente, ciertos dialectos, han practicado extensamente la escritura. En países como Inglaterra, Alemania o Italia (donde confluyen una gran cantidad de dialectos), un lenguaje regional se desarrolló por escrito más que todos los demás por motivos económicos, políticos, religiosos u otros, y con el tiempo se volvió una lengua nacional En Inglaterra este proceso se dio con el dialecto del inglés londinense de clase alta; en Alemania, con el alto alemán (el que se habla desde las tierras altas hasta el sur); en Italia, con el toscano. Aunque es verdad que en el fondo todos ellos eran dialectos regionales o de clases, su status como lenguas nacionales controladas por escrito ha hecho de ellos tipos de dialectos o idiomas distintos de aquellos que no se escriben en gran escala. Según señala Guxman, una lengua nacional escrita tuvo que haberse aislado de su base dialectal originaria, descartar ciertas formas dialectales y también crear ciertas peculiaridades sintácticas. Haugen bautizó atinadamente como “grafolecto” a este tipo de lengua oficial escrita.
Walter Ong. Oralidad y escritura

La lengua es un instrumento de comunicación entre personas, además de la herramienta más eficaz de creación de cultura de la que disponemos. Los atributos inherentes, propios, de la lengua son todos positivos: comunicación y creación. Fue para ello para lo que se desarrolló, allá en los lejanas eras de la prehistoria. No poseyendo un cuerpo, una existencia concreta en el mundo, la lengua no puede presentar, per se, ningún argumento negativo. La lengua es útil, y solo puede ser útil por sí misma. En el momento en el que deja de ser útil, desaparece. Antes de que tenga una presencia destructora, la lengua ya ha sido destruida por su inutilidad.

Sin embargo, como todas las creaciones no corpóreas (dios, nación, ideología…) de las que nos hemos ido dotando los seres humanos, a la lengua se le van añadiendo otros atributos diferentes a los de comunicación y creación. No son atributos intrínsecos, procedentes del simple uso de la lengua, sino que son extrínsecos, asociados a los sentimientos de los hablantes. Y entre esos atributos aparecen los de incomunicación y aislamiento: si yo no conozco vuestra lengua, no puedo comunicarme con vosotros; quedo aislado, relegado de vuestra comunidad. Ese atributo no es propio de la lengua, sino que es una consecuencia de justamente lo contrario: la inexistencia de una lengua común. Aun así, esa exclusión de un tercer hablante-no hablante se incluye en la fenomenología de la propia lengua. La lengua deja de ser en lo que realmente es (simple y llanamente, lengua) y se transforma en un constructo intelectual lengua/no-lengua.

Estos atributos negativos de la lengua son algunos de los argumentos más utilizados por los historicistas para justificar su concepción biológica de las naciones, esto es, que una nación es un elemento estanco y aislado. Posee un nacimiento, una juventud, una madurez, una decadencia. En el momento que un elemento extranjero penetra dentro de la nación, y sustituye ciertos elementos “vitales” autóctonos, la nación perece. La tesis de los historicistas se basa en que la lengua posee, a la vez que una capacidad aglutinadora de fuerzas (positiva, inherente), un poder excluyente contra todos aquellos que no la conocen (negativo, extrínseco). Todo cierto. El desconocimiento de una lengua crea una barrera invisible. El extraño que habla una lengua incomprensible siempre es sentido como peligroso, pues no se pueden interpretar sus deseos, anhelos o intenciones. Así, si dos comunidades vecinas no hablan la misma lengua, es muy posible que funcionen de modo competitivo. Y es a través de esa competencia, de ese afán humano por superar al Otro, que aparecen las actitudes y sentimientos de dominación: guerras, vasallaje, discriminación…

Es innegable que, a lo largo de la historia de la humanidad, grupos humanos que hablaban una lengua se han impuesto (política, social, culturalmente) sobre otros grupos, de tal modo que los perdedores, además de perder sus tierras, sus tesoros y sus derechos, estaban obligados, so pena de ser considerados eternamente “inferiores”, a integrarse en las formas culturales victoriosas. De este modo, a lo largo de los siglos, han ido desapareciendo, decenas, cientos, miles de lenguas. Hay quien atribuye a la lengua un espíritu de dominación y destrucción:  la lengua hablada por los vencedores es factor de extinción de otras lenguas. Lengua, por lo tanto, doblemente negativa: no sólo es lengua/no lengua, sino también es lengua generadora de no-lenguas/no-lenguas a las que se les arrebata sus atributos positivos: los de comunicación y creación.

Aislamiento, exclusión y destrucción forman parte de un discurso intelectual con el que se intenta transformar la lengua en un arma ideológica historicista, que al final también es aprovechada por nacionalistas y decadentistas. Así, toda lengua que aísle, excluya y destruya será candidata a convertirse en lengua nacional. Pero para ello será necesario que el binomio lengua/no lengua sufra una hipertrofia del segundo término: sea más no lengua que lengua misma. Lengua cuyos atributos positivos deben ser jibarizados para que resplandezcan más los negativos. Los historicistas contarán con una ayuda excepcional: la historia justificativa, esto es, la construcción de un relato histórico coherente, a medida de las necesidades ideológicas del momento. Una historia que, en vez de partir de una hipótesis que precisa ser contrastada con su “hipótesis nula”, se edifica desde el corolario mismo, desde la tesis que se quiere apoyar. La constitución de una lengua nacional precisa de una historia basada en el “picoteo” de legajos históricos (de los que se extrae la información que refuerza la tesis, al mismo tiempo que se olvida, se censura, la que la contradice).  A partir de estos datos (acontecimientos de envergadura o simples anécdotas de dudosa verosimilitud) y con la inestimable ayuda de historiadores que comen de las manos de los ideólogos, se construye un relato coherente, que cimenta la lengua nacional: afianza sus aspectos negativos de aislamiento, exclusión y destrucción. Y así nacen los mitos que respaldan la lengua nacional.

Pero la lengua nace de la vida en sociedad, de la comunicación y no del aislamiento; de la inclusión y no de la exclusión; de la creación, y no de la destrucción. La lengua es positiva, y sólo será mientras así lo sea. Por ello, la sociedad hace uso de la lengua para comunicarse, con el vecino, pero también con el extraño. Cuando una lengua se pone en común entre dos comunidades, deja de existir aislamiento y exclusión entre ellas. La lengua pierde sus atributos de no-lengua y recupera su naturaleza original. En parte, el origen de las lenguas francas fue ese: la necesidad de comunicación entre diferentes, la construcción de puentes que permita obras y empresas que vayan más allá de lo que se obtiene con la aglutinación de fuerzas de una sola comunidad. La lengua franca no aísla: reúne. La lengua franca no se impone; simplemente se necesita. La lengua franca no destruye; simplemente abarca un espacio de positividad que otras lenguas no son capaces de satisfacer.

Ahora bien… ¿cómo se elige una lengua franca? Si se hiciera con lógica, respeto y economía, seguramente hoy en día utilizaríamos un neoidioma como lengua franca universal (por ejemplo, el esperanto). Pero no ha sido así. Porque, en la realidad del mundo en el que vivimos, antes de transformarse una lengua en franca, ésta ha sido lengua nacional. Sus hablantes han vencido a los vecinos. Han conquistado territorios. Han creado colonias. Han impuesto modelos de educación que excluyen otras lenguas. Han promovido la marginación y extinción de formas culturales diferentes a la suya. La lengua franca no nace desde el consenso, sino en un ambiente represor. Ahora bien, ninguna lengua excluye, margina y destruye otras lenguas; eso no está dentro de sus atributos inherentes.

Bien cierto es que una lengua, para que ésta triunfe, no solo debe estar apoyada por un sistema de control y dominación superior a los de las lenguas vecinas: también tiene que aprovecharse esa superioridad económico-militar para construir una lengua fácil, manejable y comprensible. Facilitar así la asimilación lingüística. Simplificar las declinaciones (como sucedió con la lengua inglesa), evitar formas verbales complejas (como el passé simple del francés)… hasta el punto que la lengua franca a veces poco o nada tiene que ver con la lengua original (como sucede con el euskera batua y los dialectos vascos). La lengua franca cede, pero no como lengua dominada, aniquilada en su negatividad. Cede en ese espacio de positividad que es propio a todas las lenguas. Cede porque es inherente a la lengua la comunicación, la inclusión, el entendimiento. Si no posee la plasticidad suficiente para adaptarse a las necesidades de los nuevos hablantes, la lengua del vencedor nunca llegará a convertirse en lengua franca (como, tal vez, suceda con el chino).

Una lengua, por lo tanto, va más allá de ese molde negativo con el que la presentan los historicistas: no se puede hablar de lenguas buenas y malas, dominantes y dominadas, exclusivas e inclusivas… esos adjetivos solo pueden ser empleados para calificar a los hablantes de esas lenguas. Aprovechemos, disfrutemos, pues, de éstas para el fin para el que las hemos creado, sin entrar en guerras y batallas idiomáticas en las que todos salimos perdiendo.

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