Alienación de ideas. Alienación de personas

(El gran Encierro), sin duda, tenía otra profundidad: no aislaba extraños desconocidos, y durante largo tiempo esquivados por el hábito; los creaba, alterando rostros familiares en el paisaje social, para hacer de ellos rostros extraños que nadie reconocía ya. Provocaba al extraño ahí mismo donde no lo había presentido; rompía la trama, destrababa familiaridades; por él, hay algo del hombre que ha quedado fuera de su alcance, que se ha alejado indefinidamente en nuestro horizonte. En una palabra, puede decirse que ese gesto fue creador de alienación.
Michel Foucault. Historia de la locura en la época clásica (I)

En cualquier sociedad, incluso en las democráticas, los ciudadanos no manejan libremente la información que son capaces de percibir y recibir. Y es que, en una sociedad hipotéticamente todo-libre, el número de posibilidades de acción y pensamiento serían casi infinitas. Un pensamiento todo-libre, casi ilimitado no puede abarcarse de modo ordenado. Una sociedad que se maneja en términos de desorden e infinito no tiene instrumentos para constituir estructuras de común entendimiento y, por lo tanto, está abocada al desastre. Es por ello que se hace necesario reducir el número posible de acciones y pensamientos permitidos; hay que fomentar ciertas ideas, a la vez que se censuran otras. Este juego de equilibrios está regido por un Poder, con mayúscula,  que es horizontal y parademocrático. Se trata de un poder horizontal, que se ejerce desde todos, hacia/contra/para todos. Entreteje en la sociedad una red de interacciones tan amplia y compleja que ninguna persona ni ningún grupo de presión pueden ejercer una autoridad lo suficientemente firme como para monopolizarlo. Y, aunque todos participamos en el Poder, no lo hacemos con cuotas proporcionales e igualitarias: hay quien tiene mayor acceso al Poder, y hay quien se sitúa en sus márgenes.

El Poder elige, de entre ese infinito de actos, acciones, pensamientos y opiniones que se pueden producir en el seno de la sociedad, aquellos que considera válidos, mientras que el resto son censurados, olvidados o se transforman en tabús. A partir de entonces, aquellas personas que manejen esa información no validada por el Poder serán excluidos de la sociedad: serán los locos, marginados, charlatanes… La información que sí sea aprobada por el Poder, constituirá el Discurso.

Todos nuestros actos en sociedad y la mayoría de nuestros pensamientos, incluso los más íntimos, están dominados por el Discurso. Organiza a priori las opiniones que expresamos en público, en discusiones. Por muy dispares y contradictorias que sean éstas, poseen una estructura interna común. El Discurso contiene reglas de juego tan primitivas, tan profundas, que todo aquél que escucha y quiere ser escuchado (esto es, que quiere ser aceptado dentro de una sociedad) acepta de modo reflejo, inconsciente. Si es cierto que toda disciplina de pensamiento, científica o no científica, se fundamenta en paradigmas (conceptos, ideas, datos universalmente aceptados y sobre los que se construyen las teorías y creencias), el Discurso se situaría a un nivel pre-paradigmático: sería éste el kilómetro cero de todo constructo intelectual.

Pero el Discurso no solo contiene datos, ideas. Precisa de una gramática discursiva que clasifique esa información, la ordene; cree conexiones y asociaciones entre ellas. Así, todo dato valido del Discurso poseerá una función o funciones permitidas dentro de él. El uso de un dato permitido por el Discurso en una circunstancia que, gramaticalmente, no está aceptada, situaría la reflexión fuera del ámbito del Discurso: vuelta a los dominios de la sinrazón y la locura. Es por ello que, por muy lejanas y antagónicas parezcan las posturas de dos oradores que se enzarzan en una agria polémica, la distancia de sus opiniones no puede ir más allá de los límites del Discurso, so pena de que alguno de ellos pueda ser acusado de chiflado.

El Discurso está tan arraigado en nuestras cogitaciones, que actúa de modo preconsciente sin que seamos capaces de percibirlo. En él se acumulan todas las opciones posibles válidas de nuestro pensamiento: fuera de él solo quedan sombras de ideas acumuladas en el baúl de la alienación. Tan solo echando la mirada atrás, a la manera de Michel Foucault, rebuscando entre las ruinas de las ideas ya obsoletas del Pasado, se puede bosquejar el acúmulo de saberes sobre el que construimos nuestro mundo. No solo esos saberes, sino también sus clasificaciones, sus relaciones, sus funciones. Así pensaban nuestros ancestros, así pensamos nosotros. Historia explicativa (que no justificativa) de nuestras ideas.

A través de la arqueología de nuestro saber podemos darnos cuenta de lo limitada que es el área de nuestro conocimiento y de lo frágil que es la verdad que éste sustenta. Pero no todos somos Foucault, y todos no podemos, en todo momento y para cada situación, llevar a cabo tan ardua y compleja labor de introspección. Más aún, por muy riguroso que fuera nuestro análisis, siempre precisaríamos de una base, de unos cimientos sobre los cuales argumentar nuestras ideas. Inevitablemente necesitamos limitar nuestro Discurso y ofrecerle una morfología y sintaxis que sea comprensible, tanto para nosotros, como para nuestros interlocutores.

Aunque no realicemos arqueología de nuestro saberes, algo sí podemos sacar en claro de los textos de Foucault: que el ser humano, por naturaleza, tenderá a alienar las opiniones de los adversarios; retirarles su status de aceptabilidad por parte del Poder y su Discurso; enviar al oscuro rincón de la locura aquellos datos que contradigan sus creencias, y apoyen las del contrario. Y con ello, desacreditar las ideas que no son de su simpatía. Al fin y al cabo, apartar de la cotidianidad lo cotidiano pero incómodo; separarlo, aislarlo para que así más tarde, cuando vea de nuevo la luz, sea desde una óptica extramuros: ya no cotidiano, sino extraño, ajeno, aunque igualmente incómodo como antes. De este modo alienamos, no sólo las ideas que nos son desagradables, sino a sus portadores.

Tal vez cuando se habla de ampliación de espacios democráticos, lo que realmente se anhela es justamente lo contrario: eliminar la idea contraria y enviarla al pozo de los locos; reducir el área de la realidad democrática. Una supuesta revolución de las ideas que quedaría limitada, simplemente, a una modificación del ámbito discursivo de la sociedad.

Pero la verdadera ampliación de la democracia, más allá de ideologías, signos políticos y tertulias, vendría dada por justamente lo contrario: dar cobijo a ideas, pensamientos, creencias y conjeturas que ahora están marginadas por el Poder; favorecer la laxitud en la gramática del Discurso, aceptar errores sintácticos, morfológicos que hoy son señal indeleble de debilidad. Dar voz a la locura y escucharla. Esa es la verdadera democracia ampliada.

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