Los límites de la medicina científica, o por qué la gente confía en la homeoterapia (y II)

Según la medicina científica moderna, que está sustentada por el paradigma anatomoclínico, una enfermedad sería una colección de síntomas bajo los cuales se esconde una lesión orgánica y un desencadenante de la misma. Cada vez menos, pero todavía hay enfermedades con daño anatomopatológico descrito cuyas causas primeras son desconocidas para los médicos. Son las enfermedades idiopáticas.  Ahora bien, como hemos comentado previamente, existen muchos pacientes que acuden a la consulta del médico con un conjunto bien detallado de sufrimientos (síntomas), pero en los cuales las exploraciones físicas, analíticas y radiologías no detectan daño alguno.

Como bien explicó Kuhn en “La estructura de las revoluciones científicas”, la ciencia moderna es fecunda en datos que contradicen las teorías más reconocidas y aceptadas. Datos que, si fueran tomados en serio, destruirían todo el constructo teórico sobre el cual se cimienta el conocimiento de una cierta disciplina científica. Y es que, según Karl Popper, la ciencia no está diseñada para encontrar verdades, sino para crear teorías no refutables. Sin embargo, todos los días, en todos los laboratorios científicos del mundo, surgen datos que refutarían automáticamente la teoría previa. Su aceptación exigiría una revolución científica que diseñara una nueva teoría que fuera capaz de explicar esos datos. Del mismo modo, la medicina científica recibe todos los días, cientos de miles de pacientes que ponen en peligro el paradigma anatomoclínico.

El científico, cuando se encuentra ante un dato que refuta el paradigma, opera de dos modos: bien se echa la culpa a sí mismo (considera que el fallo no está en la teoría, sino en el método de medición o en la calibración de los instrumentos), bien trata de introducir una excepción a la teoría general, que es a lo que se llama articulación del paradigma. El médico que se enfrenta a un enfermo sin lesión orgánica, por su parte, también cuenta con un vasto arsenal de recursos para neutralizar esa amenaza al paradigma: bien se considera “no capacitado” y lo deriva a otro especialista; bien insiste en la aplicación de exploraciones complementarias, cada vez más agresivas; o bien destierra al paciente del reino de los enfermos de cuerpo y lo envía a los de espíritu, esto es, el de los locos. Además, existe la posibilidad de articular, de cierto modo, el paradigma anatomoclínico mediante la descripción de una nueva enfermedad, que no se rige por criterios anatomopatológicos, sino que se enuncia a través de la conjunción de un número de síntomas específicos. Se le da un nombre a un cuadro sindrónimo del que se desconoce todo, excepto sus repercusiones externas, sus síntomas. Así nacen patologías como la fibromialgia o el síndrome de fatiga crónico.

Todas las soluciones que ofrece el médico a este tipo de paciente resultan insatisfactorias. La ausencia de ningún dato que demuestre lesión orgánica le obligará a errar de especialista en especialista sin recibir remedio alguno. La aplicación de exploraciones cada vez más agresivas, además de no resultar decisivas para el diagnóstico, sitúan al paciente en riesgo de graves iatrogenias. Y la negación de la enfermedad física (“todo eso lo tienes en la cabeza”) es el colofón con el que el paciente pierde la fe en la medicina científica. Tan solo pueden encontrar cierto alivio cuando un médico, aunque sea incapaz de curarla, designa con un nombre la enfermedad que padece. La angustia que genera el caos desordenado de la patología se resuelve parcialmente cuando los síntomas se clasifican, se ordenan, se les da un valor de anomalía  y, finalmente, se atribuye un nombre y unos apellidos a la misma. Solución digna, mas en muchos casos insatisfactoria.

No es de extrañar, pues, que los enfermos expulsados del templo de la medicina científica busquen cobijo en otras terapias. No tiene que ver con el nivel cultural de una sociedad; tampoco con las deficiencias de la educación científica en las escuelas, a las que ciertos positivistas de pancarta hacen alusión. Los enfermos que acuden a la homeopatía, al reiki o a la curandería no tienen por qué ser unos ignorantes, unos incultos, unos ingenuos. Tal vez son pacientes defraudados con la medicina científica, que no ha sido capaz de encontrar un remedio que calme su sufrimiento. Muchos de ellos han sido incluso marginados por ésta, de modo que se niega el estatus de “enfermedad” a sus padecimientos físicos.

Que la población visite las consultas de medicina alternativa no es un fracaso de la sociedad moderna; tampoco significa que ésta siga anclada en primitivos atavismos y supersticiones. El relativo éxito de estas terapias es un claro síntoma de decepción hacia la medicina científica que, en vez de aceptar su incapacidad para lidiar con estos enfermos, los aparta de su camino, los desprecia. Las terapias alternativas poco o nada van a ayudar realmente al enfermo pero, por lo menos, saben de sus limitaciones y se dedican a acompañar al enfermo en su padecimiento.

Un tratamiento homeopático no alivia la lumbalgia. Pero, a falta de lesión que explique ese dolor de espalda (hernia discal, artrosis…), la medicina científica tampoco va a ser capaz de curarla; como mucho podrá aplacar el dolor con tratamientos sintomáticos, como lo son los analgésicos y antiinflamatorios. Medicina alternativa y científica fracasarán ambas en su objetivo; pero mientras la primera lo sabe, lo acepta y dedica sus esfuerzos al manejo del paciente (no de la enfermedad), la segunda se obcecará vanamente en descubrir una causa orgánica y un remedio eficaz. La homeopatía no tendrá efecto beneficioso, más allá del efecto placebo y de la satisfacción de una buena relación médico-paciente. La medicina científica, por contra, en su lucha denodada contra la enfermedad (y no a favor del enfermo), podrá llegar a utilizar técnicas exploratorias invasivas (discografías), tratamientos de eficacia dudosa (infiltraciones con corticoide, ozonoterapia), incluso agresivas cirugías (fijaciones vertebrales). El resultado de uno y otro enfoque será el mismo: fracaso. Sin embargo, al contrario de la homeopatía, la medicina científica puede poner en riesgo la salud del paciente a sabiendas de la escasa repercusión positiva de estas medidas.

La medicina científica tiene un límite, y éste es la enfermedad que no se encuadra dentro del paradigma anatomoclínico. Las medicinas alternativas, por su parte, tienen en ese mismo paradigma, la frontera que jamás deberían cruzar. De hecho, cuando en una enfermedad se demuestra una causa orgánica de la misma, así como una lesión estructural (ya sea a nivel orgánico, tisular, celular o genético) que sea compatible con los síntomas, estas terapias no científicas deberían dar un paso atrás, aceptar su inferioridad frente a la medicina científica, y dejar que ésta trate lo mejor posible la enfermedad que aqueja al paciente. Las fracturas, cánceres, infecciones… no son un campo de la medicina alternativa.

Sin embargo, bien podrían aprender algo los médicos de los homeópatas, herboristas y curanderos: cuando no hay causa orgánica al dolor y al sufrimiento, cuando no existe diagnóstico certero para un enfermo, quizás la función de la medicina no sea la de llegar hasta el origen del mal; sino acompañar al paciente en su padecimiento hasta que éste, tal vez, con el tiempo, se alivie y desaparezca. Dejar, así, que la naturaleza realice su trabajo sanador, lejos de injerencias poco saludables, y sin el riesgo de incurrir en iatrogenias que poco o nada van a ayudar a la resolución del cuadro clínico. Pero, para ello, el médico deberá renunciar, aunque sea por un momento, aunque sea por un solo paciente, a su visión anatomoclínica: a tratar al enfermo y no la enfermedad; a manejar el todo y no una parte. Abandonar Cnida para regresar a Cós. Un camino complicado, pues exige abjurar del sentido positivista de la medicina moderna; de esa fe en la resolución, a través de la razón, de todo mal físico que asola los cuerpos de hombres y mujeres. Humildad, en resumidas cuentas.

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