Tecnologías del deber. Tecnologías del poder.

La sociedad del rendimiento está dominada en su totalidad por el verbo modal poder, en contraposición a la sociedad de la disciplina, que formula prohibiciones y utiliza el verbo deber. A partir de un determinado punto de productividad, la palabra deber se topa pronto con su límite. Para el incremento de la producción es sustituida por el vocablo poder. La llamada a la motivación, a la iniciativa, al proyecto, es más eficaz para la explotación que el látigo y el mandato. El sujeto del rendimiento, como empresario de sí mismo, sin duda es libre en cuanto que no está sometido a ningún otro que lo mande y lo explote: pero no es realmente libre, pues se explota a sí mismo, por más que lo haga con entera libertad. El explotador es el explotado. Uno es actor y víctima a la vez. La explotación de sí mismo es más eficaz que la ajena, porque va unida al sentimiento de libertad.
Byung-Chul Han. La agonía del Eros

Las estructuras complejas, como lo son las sociedades, producen información en cantidad y calidad tales, que tomada toda junta se trasforma en un caos inescrutable. Por ello, el análisis de estas estructuras exige un trabajo previo de selección de información, categorización y clasificación. A partir de estos datos se pueden realizar análisis teóricos en los que el “ruido” ambiental de la información no seleccionada (marginada) no afecta a la hora de validar o rechazar la hipótesis estudiada. El resultado suele ser ética y estéticamente impoluto, pues se opera con objetos prototípicos, aislados de otros objetos que pudieran perturbar el producto de los mismos. Lo que en la naturaleza es una variable, en el laboratorio de lo teórico se convierte en constante. A diferencia de un laboratorio experimental (de física o química), donde se pueden analizar el efecto de la modificación de las constantes sobre una variable, en el laboratorio de las teorías sociales no hay modo de controlar y modificar a capricho esas constantes; así, la constante elegida por el investigador social va a influir poderosamente en el resultado de la variable, sin que se pueda ni siquiera cuantificar el valor de esa influencia.

El análisis de la sociedad postmoderna (Byung-Chul Han, Gianni Vattimo, Zygmunt Bauman…) suele asentarse sobre estos cimientos teóricos. El ser postmoderno solo puede estudiarse si se eliminan de su circunstancia vital todos aquellos elementos no postmodernos (tradiciones, conocimientos razonados, irracionalidad…). De esta manera, desnudo y puro de contaminaciones no-postmodernas, el ser postmoderno se disecciona y descuartiza escrupulosamente para extraer de él un conocimiento teórico, el cual posteriormente se utilizará como herramienta de interpretación de la sociedad actual. Pero nuestra sociedad no es pura-postmoderna; en ella participan elementos no postmodernos que, no solo influyen en nuestro modo de ser, hacer y pensar, sino que también alteran ese mismo componente postmoderno que, en los libros de los grandes filósofos, se observa tan límpido y claro. El ser postmoderno teórico no se ajusta al ser postmoderno práctico.

En la cita con la que se inicia este artículo, Byung-Chul Han aporta un concepto teórico muy interesante: el de la sociedad del deber frente a la del poder. La sociedad del deber hace referencia a una sociedad antigua, premoderna, estratificada en clases y donde primaba el criterio de autoridad. El individuo de una sociedad del deber era esclavo, en sus acciones y decisiones, de la sociedad en la que estaba instalado. Si esto era posible, era gracias a la existencia de unas tecnologías del deber que ataban al individuo a un conjunto de obediencias hacia objetos externos a él (al pueblo donde vivía, al gremio en el que trabajaba, a la iglesia de su confesión, al señor). El deber se dirigía, sobre todo hacia el verbo “hacer”. El producto del verbo “hacer” se recolecta en el exterior del individuo, allí donde se localizan los objetos a los que se debe obediencia. Así, por ejemplo, alguien podía ir a misa todos los domingos (hacer), aunque en el fuero interno no creyera en divinidades (ser). En este tipo de sociedades se controlaba el “deber ser” a través del “deber hacer”. Por otra parte, las tecnologías del deber distribuían el “tener” según la estratificación social. En las sociedades antiguas, no se “debía tener” porque, simplemente, “se tenía lo que había que tener”.

Las sociedades modernas cambian de verbo modal: de “deber” se pasa a “poder”. El sistema de control, encarnado en tiempos antiguos por dios, rey y terruño, se abstrae y pasa a los dominios de la razón: una razón democrática, pues está a disposición de todos los individuos, independientemente de su status social. Nadie encarna nunca más a la autoridad: la razón es la referencia que debe guiarnos. Y, como ya apuntaba Rousseau en su Émile de 1762:

Nacemos débiles, necesitamos fuerzas; nacemos desprovistos de todo, necesitamos asistencia; nacemos estúpidos, necesitamos juicio. Todo cuanto no tenemos en nuestro nacimiento y que necesitamos de mayores nos es dado por la educación. Esta educación nos viene de la naturaleza, o de los hombres o de las cosas. El desarrollo interno de nuestras facultades y de nuestros órganos es la educación de la naturaleza; el uso que nos enseñan a hacer de tal desarrollo es la educación de los hombres; y la adquisición de nuestra propia experiencia sobre los objetos que nos afectan es la educación de las cosas.

El ser humano es imperfecto, pero “puede” perfeccionarse. “Puede” alcanzar el status de excelencia que, antaño, solo era permitido para los dioses. La persona moderna deja de ser esclava: se libera de los objetos externos a los que rendía pleitesía. Ya no necesita el control familiar, gremial, espiritual o político: el puesto de control se aloja ahora en el interior del individuo. Las tecnologías del poder sustituyen a las del deber. Además, el “deber hacer” antiguo será sustituido por el “poder ser” moderno. Porque, por muy excelsas que sean las obras que realicemos, si estás no parten de un “ser” también excelso, nos arriesgaremos a ser tachados de hipócritas. Por otra parte, las tecnologías del poder liberarán al “tener” de los rígidos preceptos del “deber”. A partir de ahora, sin el yugo estamentario, las personas “podrán tener”; y ese “tener”, como el “ser” y el “hacer” será perfectible. ¿Cómo se mide la perfectibilidad que alcanzan esos “ser” y “hacer”? Harta compleja empresa, más subjetiva que objetiva. Sin embargo, ¿cómo se mide la perfectibilidad del “tener”? Por el acopio y acúmulo de capital. A diferencia del “ser” y “hacer”, el “tener” puede ser cuantificable de manera objetiva. No es de extrañar, pues, que los orígenes de la sociedad moderna se sitúen en el luteranismo y calvinismo: por el principio de predestinación, dios premiaba a las almas más puras y bondadosas con bienes terrenos y éxitos empresariales.

Llega un momento en el que la sociedad del poder se agota: la fe en ese positivismo, ese eterno progreso, se desvanece. Nunca “podremos ser” ideales. Nuestros actos tampoco nunca llegarán a la perfección. Las tecnologías del poder entran en crisis, pues son incapaces de sustentar una sociedad basada en el “poder ser” y “poder hacer”. Lo único que sí pervive inalterable es el “poder tener”. El acúmulo material sí entiende de reglas positivistas: “podemos tener cada vez más y más”, hasta el infinito. Y así, en la Postmodernidad, el “ser” y el “hacer” dejan paso al “tener”. Somos lo que tenemos (Calvino), y hacemos lo que tenemos (Adam Smith).

Sin embargo, este esquema (Antigüedad-deber-hacer, Modernidad-poder-ser, Postmodernidad-poder-tener) solo se sostiene en el papel. Nunca han existido, ni existirán, sociedades puras del deber o del poder. Todas las personas que han habitado este mundo han “debido” y han “podido”, y han dado una importancia desigual a sus “ser”, “hacer” y “tener”. Por eso prefiero hablar de tecnologías (del deber, del poder), más que de sociedades. Las tecnologías del deber y del poder conviven, se apoyan las unas sobre las otras, e influyen con distinta intensidad en la vida, obra y pensamiento de los ciudadanos, que nunca fueron, ni son, ni serán, esos arquetípicos que bosquejan en sus tratados los grandes intelectuales teóricos.

5 comentarios en “Tecnologías del deber. Tecnologías del poder.

  1. […] Las tecnologías del deber y del poder han estado presentes en todo momento histórico de la humanidad, con momentos de predominancia de una sobre otra. Una lectura rígida (o muy historicista) de la historia de las ideas, puede llevar a la conclusión de que el devenir histórico de la humanidad supone la sustitución de las tecnologías del deber por las del poder, hasta que llegue un momento en el que la segunda invada todas las áreas de existencia de una sociedad. De la misma manera, desde una posición capitalista, donde prima el aspecto económico de la sociedad, se puede valorar el hecho de la preponderancia del “poder tener” contemporáneo como un signo de evolución positiva de la especie social. Sin embargo, probablemente, la humanidad no está predestinada a un final de la historia donde toda tecnología del deber sea sustituida por las del poder, y donde el “tener” acabe siendo la medida absoluta del “ser” y “hacer”. […]

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