Del relativismo a la incertidumbre: el escepticismo humanista

Porque nada más estulto que la sabiduría inoportuna ni nada más imprudente que la prudencia descaminada, y descaminado anda quien no se acomoda al estado presente de las cosas, quien va contra la corriente y no recuerda el precepto de aquel comensal de «O bebe, o vete», pretendiendo, en suma, que la comedia no sea comedia. Por el contrario, será en verdad prudente, quien, sabiéndose mortal, no quiere conocer más que lo que le ofrece su condición, se presta gustoso a contemporizar con la muchedumbre humana y no tiene asco a andar errado junto con ella. Pero en esto, dirán, radica precisamente la Estulticia. No negaré que así sea, a condición de que se convenga en que tal es el modo de representar la comedia de la vida.
Elogio de la locura. Erasmo de Roterdam

El análisis lineal de los hechos históricos permite rememorar una suma de acontecimientos que van desde una situación pasada hasta una contemporánea. De este modo se puede explicar y entender de dónde partimos para llegar allí donde nos encontramos. Tal vez ésta sea la única sistemática posible, pues la información acerca del pasado es tan amplia, tan ambigua e, incluso, tan retocada por intereses pretéritos y presentes, que no es posible comprender nuestro presente desde un caos informativo del pasado. Así, no queda otra opción que la selección lineal de información histórica. Ésta se puede realizar desde la hipótesis hacia la tesis, esto es, aceptando datos históricos que, aunque pueden contradecir y destruir nuestros planteamientos iniciales, su inclusión en la teoría final refuerzan la veracidad histórica (historia explicativa). O también puede realizarse de modo inverso, “picoteando” de los anaqueles de la historia aquella información que se adapta y apoya nuestra hipótesis (historia justificativa). En ambos casos se obviarán, olvidarán y marginarán cientos, miles de datos que, si bien han convivido en espacio y tiempo con aquellos que conforman el eje de las teorías históricas, no les son útiles.

En este blog hemos construido una historia del pensamiento lineal que va desde una época premoderna, de verdades sólidas, externas e independientes a la persona, a una sociedad postmoderna donde la verdad es líquida, todo-relativa. La tesis principal en la que nos hemos apoyado ha sido el “error” de los modernos por tratar de alcanzar por medios humanos esa verdad sólida que antaño era potestad de los dioses. Cómo la verdad sólida premoderna, que se hallaba en un espacio exterior, inalcanzable para la cogitación humana, era fagocitada (con más fracaso que éxito) por el individuo moderno. Cómo los conceptos de idea verdadera e idea útil, bien definidos y diferenciados en la Antigüedad, eran mezclados y fusionados por las teorías modernas: lo útil debería ser, además de útil, universalmente verdadero; esto es, no contradecible. Cómo el criterio de autoridad, que era la base a partir de la cual se construía todo saber premoderno, no era realmente destruido por los modernos, sino que éste quedaba consignado, encajonado, dentro de los textos impresos en tipos móviles (y de ahí el supuesto paréntesis Gutenberg).

Para construir esta historia lineal del pensamiento es necesario desdeñar ciertos datos, ideas, obras y acontecimientos que, de ser tenidos en cuenta, desdibujarían el esquema simplista, pero comprensible, que nos lleva desde la verdad sólida premoderna hasta la verdad líquida postmoderna. Pero estos datos, ideas, obras y acontecimientos tuvieron lugar en la historia, y se concatenan, abrazan y relacionan con aquellos que sí se han tenido en cuenta para construir nuestra linealidad histórica. Aceptarlos no debería porqué afectar al valor de la teoría propuesta. Eso sí, eliminarían de raíz los intentos de generalizaciones y uniformidades.

Nunca existió una verdad sólida premoderna pura, como tampoco hoy en día nos manejamos con puras ideas líquidas. La historia no es lineal; gira, da curvas, retrocede y avanza, se desdobla, se pierde y se encuentra… Y así, hay un momento de esta historia  de las ideas donde se produce la transición entre lo antiguo y lo moderno. Un momento en el que esa verdad sólida deja de ser propiedad de los dioses y se convierte en preciado fruto de deseo por filósofos y científicos. Tal vez ese momento sea el Renacimiento. En aquella época los dioses todavía eran contenedores de la Verdad. Ésta seguía siendo externa, inalcanzable para el ser humano. Y como tal, los pensadores humanistas no la buscaban. Diferenciaban esa idea verdadera, que había sido revelada por los dioses y entregada a los mortales en sagrados libros, de la idea útil, que permitía construir el día a día de la persona, de la sociedad, del mundo. Sin embargo, si bien respetaron el criterio de autoridad divino que pesaba sobre la idea verdadera, se atrevieron a criticar y juzgar la verdad útil. No toleraban la autoridad de los doctos teólogos sobre los asuntos mundanos, y se osaron a levantar la voz para exigir una nueva herramienta que permitiera mejorar aquellas verdades útiles que sustentaban la sociedad. Al modo de Sócrates, cuestionaban. Al modo de Sócrates, eran escépticos.

La Europa del Renacimiento acababa de recibir entusiasmada una de las innovaciones más revolucionarias de la Historia: la imprenta de tipos móviles. Con ella, el conocimiento que estaba preso en los códices amanuenses medievales, se extendió por todo el territorio europeo. El número de lectores aumentó, aunque el analfabetismo continuara siendo la norma en una sociedad aún feudal. La cultura se laicificó; dejó de ser propiedad de intelectuales de la Iglesia Católica. Pero el libro impreso, probablemente, aún no poseía esa autoridad casi sagrada que le otorgaron los modernos. La cultura se transmitía de modo impreso, pero se consumía todavía en modo oral-caligráfico.

De este modo, el pensamiento humanista es una transición entre el antiguo y el moderno. Por una parte, acepta la incapacidad humana de dominar la Verdad, y a la vez desafía las tradiciones que someten la sociedad. Aplican la razón, pero no a hechos y elementos absolutos, universales, no contradictorios, sino a temas terrenales, cercanos, concretos. Disfrutan del boom cultural que les ofrece la imprenta, pero sin considerar al libro como portador de un conocimiento estable, autónomo, canónico y unidireccional. Practican el escepticismo, pero no desde un punto de vista negativo. El relativismo es el escepticismo negativo: reniega de toda verdad parcial, pues considera que la única meta aceptable es la Verdad Absoluta. Los humanistas no buscaban la Verdad; tan solo se afanaban por crear verdades parciales más morales y más útiles.

Otra característica del pensamiento humanista es la amplitud de su Discurso. Y es que, como bien explica Foucault en su “Historia de la locura en la época clásica”, si bien  en el Renacimiento existían los conceptos de tabú y locura, las ideas no compatibles con el Discurso no eran aisladas y silenciadas. El loco vivía en sociedad, se mezclaba con los cuerdos y su discurso alternativo podía ser atendido por aquellos que le rodeaban. Don Quijote de la Mancha o Hamlet no podrían haber sido escritos uno o dos siglos más tarde: a sus protagonistas les hubieran encerrado en un manicomio. El pensamiento humanista no alienaba al diferente y al rival; los aceptaba para combatirlos con las armas del escepticismo. Combatir pero no destruir. El escéptico opina, pero no niega.

El pensamiento humanista no solo es propio de una época, de unas circunstancias y de unos personajes, sino que ha existido a lo largo y ancho de la historia del pensamiento. A pesar de la preeminencia durante la era moderna de la búsqueda de la Verdad Absoluta, de conceptos universales no contradictorios que puedan servir de modelo para todos los seres humanos, también ha existido una corriente, más humilde, más ignota, en la que, aceptando los límites de la razón humana, se buscaban herramientas de pensamiento menos presuntuosas, pero más más aplicables al día a día.

El escepticismo humanista no sabe de ideologías o posicionamientos extremos: Tzvetan Tódorov, Javier Gomá, Daniel Innerarity… practican ese pensamiento en la incertidumbre, esa cogitación de lo pequeño, de lo limitado. No buscan redefinir el mundo tal como lo conocemos para transformarlo en un paraíso terreno. No ofrecen interpretaciones definitivas del ser humano y de la sociedad en la que vive. El ámbito de aplicación de sus teorías es más mundano, menos universal. Abandonan la búsqueda de la idea verdadera, de la verdad sólida, para centrarse en la búsqueda de ideas útiles.

¿Por qué la modernidad “humanista” no triunfó? ¿Por qué fue desplazada por la modernidad “racionalista”? Eso se pregunta Toulmin en “Cosmópolis”. Tal vez el monoteísmo y el aristotelismo ha moldeado tanto el pensamiento europeo que ya no es capaz de tolerar esa incertidumbre y ese escepticismo de los que saben que nunca llegarán a conocer la Verdad. Preferimos la certidumbre rígida y segura que la duda escéptica. Es cierto que el pensamiento humanista fue derrotado por el análisis, la ciencia y el empirismo, pero pervive aún en el espíritu crítico europeo. Es por ello que, de cierto modo, el escepticismo humanista abre una puerta alternativa al relativismo postmoderno contemporáneo. Otra Modernidad fue posible; otra Modernidad es posible.

Un comentario en “Del relativismo a la incertidumbre: el escepticismo humanista

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