Eurocentrismo: vicio y necesidad

Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria. Solo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos ‘África’. En la realidad, salvo el nombre geográfico, África no existe.
Ryszard Kapuscinski. Ébano

Nadie podrá acusar a Kapuscinski de eurocentrista. En sus libros y reportajes periodísticos siempre intentó huir de la simplificación y los convencionalismos con los que los europeos observamos las sociedades del continente africano, en especial de la llamada África negra. Gracias a él, entre otros, aprendimos que África es un crisol de identidades humanas, si no más, por lo menos tan complejo como el que pueda existir en Europa.

Aunque después de la descolonización África quedó políticamente estructurada, a imagen y semejanza del estado-nación nacionalista, en 54 países (cifra que ha ido modificándose a lo largo de la historia contemporánea), en nuestras conversaciones solemos unificar el continente en dos únicas estructuras geopolíticas: la África negra y la África musulmana. Pero es que, además, como bien relata Kapuscinski, la división política africana actual es una ficción colonial, que para nada tiene que ver con su organización previa al siglo XIX. Así, en África existieron cientos, miles de países, reinos, clanes… Algunos de ellos quedaron desmantelados y divididos por las líneas divisorias coloniales. Otros, por el contrario, fueron anexionados junto a enemigos milenarios. En África sucede lo mismo que en Europa, donde no existen fronteras perfectas que delimiten supuestas identidades nacionales puras.

bano

África es una inmensa aglomeración humana en la que conviven espíritus, ideas, tradiciones y formas de vida absolutamente dispares, incluso antagónicas. Un conjunto de información que, tomada toda junta, se hace inabarcable y caótica. Lo extraño que no puede ser comprendido es incontrolable y, por lo tanto, peligroso. Y África, por lo menos desde los tiempos de la Edad Media, ha constituido un conjunto de saberes “extraño” a la Europa cristiana. Una “no-Europa” que, como la otra “no-Europa” árabe, se considera una amenaza para la supervivencia de las formas de vida europeas.

Como bien nos explica Edward Said en “Orientalismo”, se puede delimitar perfectamente una historia europea de las ideas sobre el islam, que parte casi desde los tiempos de la Grecia Clásica (batalla de las Termópilas) hasta los conflictos contemporáneos de Oriente Medio. Una historia de las ideas que no es neutral, objetiva y explicativa, sino que se trata de un instrumento de justificación de la superioridad europea sobre el mundo musulmán. De toda la ingente cantidad de información que producen las sociedades musulmanas, se elige sólo una pequeña parte; aquella que apoya las tesis eurocéntricas de que el musulmán es un individuo moralmente inferior al occidental. A partir de esa información, se genera un discurso, gramatical y estructuralmente impecable, que no solo va a influir en el pensamiento de los ciudadanos europeos, sino que, además, debido a la gran expansión de nuestra cultura, también va a ser decisiva en la manera de “pensarse a sí mismos” de las comunidades musulmanas.

orientalismo

 

Del mismo modo que el mundo árabe, África ha sido reducida por el pensamiento eurocentrista a un conjunto de clichés y prejuicios que sirven igual para alguien de Mali como para otro de Gabón, Mozambique o República Sudafricana. Frente al multiverso europeo, tan dispar y fecundo, se levantaría un uniforme universo africano: mil millones de personas en África serían más homogéneas en sus pensamientos y emociones que los habitantes de un bloque de viviendas en cualquier ciudad europea.

Hay, por lo tanto, en ese eurocentrismo un vicio de sometimiento, de aniquilación de la individualidad, de supremacismo occidental. Una historia justificativa que trata de situar a Europa en el centro moral de la civilización humana. Un discurso que, queramos o no, va a estar presente en nuestro modo de “pensar África” y “conversar acerca de África”. Por ejemplo, aunque no nos consideremos racistas, algunas de las posiciones y opiniones acerca de temas africanos vendrán manchadas por microrracismos, frutos estériles y peligrosos de ese discurso occidental sobre África en el que hemos madurado intelectualmente.

Pero en el eurocentrismo no solo hay vicio. También necesidad. Cuando leemos a Kapuscinski podremos encontrar pasajes en los que el periodista “generaliza” el pensamiento africano. Sucede cuando, por ejemplo, compara la forma de medir el tiempo en África y en Europa. O cuando analiza la percepción de la causalidad aquí y allá. Es entonces cuando Kapuscinski no diferencia a los africanos: los aglutina en una sola manera de manejar el tiempo o de reflexionar acerca de las causas y sus efectos. Pero su pretensión no es la de justificar una superioridad intelectual del europeo frente al africano. Y quizás tampoco la de entender el modo de operar de un supuesto pensamiento único africano. Kapuscinski simplifica, generaliza ciertos aspectos de la vida africana (y europea) para, a través de ellos, comprender mejor ciertos aspectos humanos: suyos, nuestros, de todos (africanos y europeos). Si no se realizaría esa tarea de simplificación, no podría existir comprensión alguna.

A fin de cuentas, se trataría de una historia explicativa (que no justificativa) de las ideas humanas. Pero una historia en la que no se escudriñan ideas únicas y válidas para todos los seres humanos de todos los tiempos históricos. Una historia explicativa de las ideas humanas mucho más humilde a la que aspiraban (y aspiran) los intelectuales modernos: centrada en lo particular (y no lo universal), lo efímero (y no lo eterno). Una historia explicativa de las ideas humanas que acepte las contradicciones de las diferentes sociedades, sin que éstas sean utilizadas de ariete contra nadie, ni de excusa para segregar y dominar al diferente.

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