Hacia el final del estado-nación

Hum, quizá no debería decir esto, pero considero que los Estados-nación fueron algo que casi nadie se creía pero que hubo que inventar en su tiempo por razones eminentemente pragmáticas.
Jürgen Habermas

Vivimos en un territorio global que ha sido dividido y estructurado en estados-nación, los cuales se pueden apreciar en cualquier mapa político. El concepto de estado-nación está tan enraizado en nuestro modo de ver las sociedades, que consideramos imposible imaginar un mundo sin fronteras ni aduanas. Y sin embargo, ya vivimos en ese mundo.

No siempre han existido estados-nación, aunque muchos historiadores (sobre todo, aquellos que comen de las manos de los poderes políticos) construyen una historia nacional basada en un estado-nación que retrocede hasta casi tiempos prehistóricos. El nacimiento del estado-nación tampoco fue el final de un proceso evolutivo y madurativo de las sociedades, tal como piensan historicistas y nacionalistas. Y es que, si Europa, en el siglo XVII, dio pie a la constitución de esta forma política, no fue por convencimiento de sus dirigentes, ni por el progreso de la razón y la ciencia, sino por pura y simple necesidad.

Durante los más de mil años que distan entre la caída del Imperio Romano de Occidente (476) y el final de la Guerra de los Treinta Años (1648) se impuso el modelo feudal: el territorio nacional se dividía en feudos, donde los señores ejercían un poder casi absoluto sobre sus súbditos (nivel subnacional) . Además, a un Papa ecuménico le era otorgado el derecho de hacer y deshacer reyes y emperadores (nivel transnacional). El poder nacional, encarnado por el rey, debía mantener equilibrios entre estos poderes subnacionales y transnacionales.

Sin embargo, a finales de la Guerra de los Treinta años el modelo feudal estaba agotado: por una parte los onerosos gastos militares exigían nuevas configuraciones de levas e impuestos que pasaban obligatoriamente por restar poder e influencia a los señores feudales. Por otra, el Papa perdió influencia en aquellos territorios donde había vencido la Reforma, y los que se mantenían aún fieles a Roma, se desembarazaron de sus maquinaciones e intrigas. El soberano nacional, que en aquellos momentos estaba encarnado por el rey, acumuló todos aquellos poderes que hasta entonces estaban dispersos por dentro y fuera de la nación. Nacía el estado-nación.

Este nuevo orden político dio pie a las monarquías absolutas (Continente Europeo) o monarquías parlamentarias (Reino Unido), en las cuales las fronteras del país eran claras y netas, y el poder real era ejercido sobre un elemento, el estado-nación, aislado de todos los demás. Justo en el momento en el que triunfaban los descubrimientos astronómicos de Galileo y las teorías mecánicas de Newton, el estado-nación fue equiparado a un sistema planetario: en el centro, el Sol (el monarca absoluto), y los diferentes planetas (súbditos) que giraban alrededor de él, más o menos cerca de él según su estamento. Fue en en este momento, además, que los intelectuales de la época comenzaron a crear los fundamentos teóricos que sostenían este nuevo modo de estructurar la política europea. Aunque todavía a un nivel más cultural-histórico que político, allí se fraguó la lucha entre las visiones liberal e historicista del estado-nación; lucha que ha llegado irresoluta hasta nuestros días. Los liberales solo aceptaban la Ley, y los códigos legales que la recogían, como urdimbre básica generadora de la nación. Así, un súbdito y un ciudadano de un país solamente tiene una obligación para con el estado-nación: respetar la Ley. Los historicistas, por el contrario, consideraron que el estado-nación es el fruto de un proceso histórico evolutivo que tiene su origen en el nacimiento de un supuesto “pueblo”. Así, el súbdito o ciudadano de una nación debía, además de respetar la Ley, cumplir con una serie de requisitos: lengua, raza, religión, familia, cultura…

Las revoluciones del siglo XIX trajeron un cambio de propiedad en el soberano de la nación: de las manos del monarca absoluto pasó a los gobernados: el súbdito se transformó en ciudadano. Sin embargo, los cimientos del estado-nación no se vieron alterados, sino tal vez retocados mínimamente para dar cabida a la representación de una soberanía más amplia y coral. Tras el fracaso de la Constitución liberal de 1792 en Francia, los defensores del historicismo se hicieron fuertes e impusieron su definición intelectual de estado-nación: nacía el nacionalismo político.

A pesar de la vigencia del paradigma del estado-nación tal y como se fue concretando a lo largo del siglo XIX, éste vive en continua crisis, sostenido a base de articulaciones y excepciones. Ya ha desaparecido esa visión perfecta, hermética y pura del estado-nación, tal y como propugnaban los primeros intelectuales historicistas. El poder ya no se acumula en las manos de un soberano, sea éste un monarca absoluto o la ciudadanía de una nación. Como sucedía en tiempos feudales, el poder se dispersa a niveles subnacionales y transnacionales. Así, las naciones han entregado a sus regiones y municipios parte de ese poder, pues éstos han demostrado ser más eficaces en la provisión de ciertos servicios. Por otra, la constitución de regiones económicas y políticas (TLCAN, Unión Europea…), y la influencia que ejercen ciertos organismos internacionales no elegidos democráticamente (OTAN, FMI, Banco Mundial…) abren la puerta a la pérdida de soberanía nacional y su entrega a estructuras que superan el ámbito del estado-nación.

Por otra parte, la ilusión de unas fronteras perfectas se ha disipado completamente. En primer lugar, porque nunca existió esa perfección en la demarcación de límites nacionales. En segundo lugar, porque las aduanas son permeables a bienes, capitales y cultura. Tan solo las alambradas y los mares frenan las masas desesperadas de seres humanos que buscan un futuro mejor. Pero, aún así, ni esas vallas, ni las furiosas aguas de los mares y océanos pueden evitar que cientos de miles de personas penetren esas fronteras, aquéllas que un día se consideraron inexpugnables. Con esto, la falsa ficción de una identidad pura se desvanece. Ya no existe, o no puede existir, una definición unívoca de qué es ser español, catalán, vasco. Cada persona, cada ciudadano, interpreta su españolidad, catalanidad o vasquidad según lo considere oportuno, sin que desde poderes externos puedan imponerle un modelo único de identidad.

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Fuente: Twitter

El estado-nación desaparece. Su poder se reparte a nivel subnacional y transnacional. Las fronteras ya no aíslan. Los ciudadanos no constituyen una masa homogenea con la misma lengua, raza, religión, cultura… Y sin embargo, hasta que no se produzca una nueva revolución política, como sucedió al final de la Guerra de los Treinta Años, el paradigma del estado-nación permanecerá inalterable. Sus funciones, más allá de las operativas, serán meramente sentimentales: una bandera, un himno, una historia manipulada por historiadores apesebrados… un equipo de fútbol que, nunca más, representará esa idea generatriz de estado-nación que aún está presente en la mente de todos nosotros.

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