La Justicia fuera del Paréntesis Gutenberg

El sistema judicial con el que nos hemos provisto en las democracias liberales tiene unos fundamentos absolutamente modernos, fruto de la experiencia y del pensamiento de los siglos XVIII y XIX. Aunque encuentran sus raíces en el derecho romano, los códigos legislativos actuales funcionan según una ley escrita e impresa, que es aplicada, en principio, de modo riguroso, por el juez. Como modernos que son, los sistemas judiciales podrían considerarse basados en ideas positivistas, esto es, que aunque aún no se haya conseguido una ley perfecta y universal, válida para todos los individuos de todas las sociedades y todos los tiempos, ésta se conseguirá en un futuro más o menos cercano, gracias al uso de la razón.

El Paréntesis Gutenberg es esa franja teórica de tiempo, que va desde la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg hasta la aparición de los primeros sistemas digitales de manejo de la información. Durante ese corto periodo el texto impreso recibió un estatus de autoridad, aquél que había sido arrebatado a los doctores y sabios de la Antigüedad. El texto impreso era estable, podía ser leído por decenas, cientos, miles de personas sin que éste cambiara un solo punto, una sola coma (al contrario de la tradiciones caligráfica y oral, volubles e inestables). Pero, además, se atribuyó que todas las personas que leían un mismo texto interpretaban y contextualizaban el mismo de modo parecido, y que coincidían con las interpretaciones y contextualizaciones con las que había creado el autor esa obra. Por lo tanto, la ley impresa también debía de ser interpretada y contextualizada de modo similar por cualquier experto jurista que la leyera. El ámbito de interpretación de la ley por el juez era muy limitado: tan solo le quedaba libertad a la hora de interpretar los hechos que exponían las diferentes partes en conflicto.

Por otra parte, a ese criterio de autoridad que se atribuía al texto legal escrito, se le unía la autoridad que otorgaba el Estado al juez. Éste, dotado de un prolijo conocimiento de las leyes y de una personalidad estable y conciliadora, interpretaba los hechos que tanto parte acusadora como defensora le entregaban y, en base a esa interpretación, decidía cómo había que aplicar la ley. Nadie ponía en tela de juicio ni su honestidad ni sus conocimientos. Así como un paciente acepta que el médico es quien más sabe de su enfermedad, cualquier ciudadano de a pie era consciente de que el juez poseía información privilegiada a la que él nunca accedería (y si podía acceder, jamás podría llegar a comprender).

Sin embargo, el supuesto Paréntesis Gutenberg empieza a cerrarse, y la Justicia, como otros aspectos sociales de la vida del día a día, sufre sus consecuencias. Sufre las consecuencias de seguir funcionando del mismo modo que si el texto impreso fuera tan estable y canónico como lo era antes de la democratización internet y de los sistemas de edición digital de texto. Pero ya no lo es. En primer lugar, porque probablemente su solidez era una fantasía: todo abogado, todo legalista, todo juez siempre han interpretado y contextualizado las leyes según sus conocimientos y experiencia previa. No solo el juez interpretaba los hechos: también daba un sentido personal a la ley que había sido publicada en el BOE o en la Constitución. Pero es que, además, junto a la pérdida de autoridad del texto escrito y, por ende, de la ley impresa, el juez también se ha visto mermado de esa patina de incontestabilidad con la que durante siglos se vio reconocido. En una época en la que tenemos acceso a todo conocimiento, a toda información, nos creemos que estamos en derecho a contestar y rebatir a los profesionales. Todos somos un poco médicos, arquitectos, fotógrafos, abogados, políticos… Sin embargo, poseer información no es sinónimo de comprenderla y, mucho menos, de saber utilizarla de manera juiciosa. Más aún, el torrente de datos que todos los días nos ofrecen los periódicos digitales, las redes sociales y otros vehículos de información masiva, inhiben nuestra capacidad de contraste y crítica de los datos recibidos. Nos los creemos porque no tenemos tiempo para digerirlos. Y aun así, nos creemos en condiciones de atacar decisiones tomadas por expertos que han adquirido sus conocimientos en base a un análisis crítico.

Otro aspecto específico del fin del Paréntesis Gutenberg es el ilimitado derecho de ofensa que nos conceden internet y las redes sociales. Antaño, quien no estaba de acuerdo con la sentencia de un juez tenía dos opciones: aceptarla (y criticarla en el ámbito privado con su familia y allegados) o presentar una apelación en una instancia superior. Hoy en día existe una tercera vía: publicar su versión de los hechos (su interpretación y contextualización) a la opinión pública a través de las redes sociales. Publicar el agravio sufrido por un sistema judicial imperfecto. Él (o ella), que es tan buena persona, ha sido insultado por un juez (o jueza) al recibir semejante pena (o al no recibirla el acusado o acusada). Salvo excepciones, caerá en saco roto: la masa informativa que recorre internet es tan vasta y basta que casi nadie prestará atención a sus ofensas. Sin embargo, si acepta a convertirse en juguete manipulado de alguna causa justa, podrá recibir un eco mediático con el que jamás podría soñar. Y, desde entonces, una causa particular se transforma en causa pública, general, universal. Los hechos (tanto los sucesos que sucedieron antes del juicio, como el proceso judicial en sí) se manipulan, tegiversan y se transforman en relatos míticos del bien contra el mal, de la mujer contra el heteropatriarcado, de la minoría étnica contra el racismo… Una oleada de consternación y apoyo a la víctima de la sentencia judicial recorrerá la sociedad: la Justicia está podrida y hay que echar de la jurisprudencia a los jueces que han cometido tan vil ofensa.

No voy a negar que este cambio en el modo de ver la Justicia tiene su lado bueno: la sociedad puede así concienciarse acerca de injustas situaciones que hoy son moneda de cambio habitual, pero que mañana deberían ser erradicadas por completo. El caso de “La Manada”, por ejemplo, ejemplifica ese movimiento de rechazo a una decisión judicial que, además, visibiliza una violencia sufrida, muchas veces en silencio, por decenas de miles de mujeres en España. No dudo que la información vertida acerca de este tema en facebook y twitter está manipulada. Pero, visto los datos objetivos (y probados), no es necesario entrar en disquisiciones del procedimiento judicial para comprender que la sentencia ha sido muy liviana para los presuntos violadores (digo presuntos porque en estos momentos son, legalmente, abusadores).

Otro asunto es el de Juana Rivas. La sentencia que la condena a cinco años de cárcel y seis sin patria potestad está siendo utilizada por ciertas plataformas pro-Juana y anti-Juana para criticar a la Justicia por un supuesto machismo heteropatriarcal o una excesiva benevolencia con ella. Aparecen mensajes que acusan al marido de ser un cruel y despiadado maltratador, o un mal padre (de lo que, según los jueces, no hay evidencia), así como a Juana Rivas (o al entorno que le aconseja cómo actuar) de falso testimonio. Aparecen noticias en las que Juana Rivas habría dejado los hijos al supuesto cruel y despiadado ex-marido para irse de viaje de vacaciones con su nuevo novio. El caso está rodeado de propaganda a favor y en contra de ella y de él, de modo que llega un momento que no se sabe qué es verdad, y qué pura mentira. ¿Han actuado bien los jueces en este asunto? Tal vez, al contrario que en el caso de “La Manada” sea necesario conocer más a fondo el sumario, y poseer conocimientos legales especializados, para poder dar respuesta cabal a esta pregunta. Sin embargo, la sociedad se posiciona, a favor de uno o de otro. Pero siempre en contra de la Justicia, demasiado machista o demasiado feminista.

fake
Opinión aparecida en una noticia de “El Mundo” del 29 de julio de 2018. No existe constancia de tal viaje, por lo que se podría considerar claramente como un fake.

Mientras no se interprete la Justicia de otra manera diferente, ésta seguirá funcionando dentro Paréntesis Gutenberg en el que fue concebida. Una Justicia desajustada en un mundo que se mueve dentro de una Segunda Oralidad. No quedan ni siquiera las sombras de la estabilidad  y canonicidad del texto jurídico, si es alguna vez existieron. Además, las partes en conflicto aprovechan la democratización de la edición y publicación de información a través de internet y redes sociales para, a través de la opinión pública, alterar el criterio de jueces y fiscales. Si no lo consiguen, siempre podrán echar mano del victimismo y del sentimiento de ofensa, con el que, tal vez, sin obtener réditos legales, si se consigue cierta satisfacción psicológica. Es la pena a la que se ve sometida una justicia democrática, pero de clase, que aún no ha realizado una revolución más allá de la Modernidad.

 

 

 

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