Optimistas contra decadentistas (I)

First, we should stop seeing every unsolved problem as the symptom of a sick society, as if we had the right to a perfectly affluent and harmonious world, and any shortcoming the work of evil saboteurs. Until the messiah comes, problems are inevitable; they come with living in an indifferent universe­. We should appreciate the precious institutions like liberal democracy, science, markets, the rule of law and international organizations, that have made life so much safer, healthier and more peaceful than it was in the past.
Steven Pinker en una entrevista a “The Washington Post”

La Historia es una disciplina compleja, si es que se quiere configurar una lectura imparcial de la misma. Son tantas las informaciones que se recogen del pasado, que la constitución de un relato que aúne a todas ellas tal vez sea técnicamente imposible o, tal vez, en caso de lograrse, se asemeje más a un cuento surrealista o un cuadro abstracto, a los que solamente se puede lograr discernir algún sentido con la mente absolutamente clara y abierta a la estupefacción.

Una Historia del Todo sería como una exploración global de la Tierra. El aventurero que se propondría tal hazaña debería realizar un trayecto errático, cambiando la dirección de sus pasos constantemente para, finalmente, no llegar a ningún sitio. Y es que, tal vez, esa sea realmente el sino de la Humanidad: el eterno viaje a ninguna parte. Es por ello que los exploradores más realistas aceptan partir en busca de nuevas tierras y aventuras a sabiendas que no van a poder abarcar toda la extensión terrestre. Y toman una dirección fija: norte, sur, hacia arriba, siguiendo un río o  penetrando un inhóspito desierto. Se saben victoriosos cuando alcanzan el objetivo de su expedición, pero jamás creerán que lo han visto todo, o que las tierras que ellos han visitado engloban la totalidad de la Tierra. Saben que, hacia el este, oeste, hacia abajo y más allá de aquel mar hay otros territorios, otras orografías, otras gentes con las que ellos no se han encontrado y que, tal vez, jamás conocerán.

Los historiadores necesitan, para construir un relato histórico inteligible, de una brújula que guíe sus investigaciones y su acopio de información. Seleccionan datos y olvidan otros muchos que, si fueran incluidos en sus trabajos, alterarían el curso de “su” relato. Pero, al contrario del explorador, que sabe y acepta que su viaje no engloba toda la Tierra, que el suyo no es un viaje “absoluto”, hay historiadores (o políticos) que consideran que existen tesis y opiniones más ciertas, más verdaderas y, por ende, más “oficiales” que otras. Al contrario que los hitos de los grandes descubridores, que son acumulativos y que permiten descubrir nuevas tierras a partir de otras ya descubiertas, los historiadores son incapaces de construir un “atlas” de la historia que sume todos esos relatos que, aunque todos ciertos, a primera vista puedan resultar ciertamente contradictorios.

Dos ejemplos de este modo de “hacer” historia son los decadentistas y los optimistas. Los primeros formarían parte de la historia construida desde una ideología conservadora. Los segundos, por el contrario, pertenecen a la rama liberal de la disciplina. Los decadentistas consideran que la humanidad debe ser analizada, no globalmente, sino por agrupaciones de individuos (pueblos, naciones, civilizaciones) que presentan unas características (raza, lengua, cultura…) similares. Estos grupos se desarrollan de modo aislado de los otros, de modo que se puede tomar cualquiera de ellos y analizar su nacimiento, juventud, madurez y, en caso de que haya llegado, su decadencia y muerte. No hay transiciones entre pueblos, entre naciones, entre civilizaciones: existe un año 0 de su fundación, como si antes de esa fecha no existieran seres humanos poblando ese territorio; y otro año de su muerte, como si tras la desaparición del grupo, desaparecen también todos sus miembros. Los decadentistas se dedicarían a buscar, entre los legajos de la historia, datos que confirmen esta teoría, así como indicios que permitan descubrir dónde se inicia esa decadencia grupal que acabará con la inevitable muerte de esa forma social. El decadentista suele mitificar el pasado, descubre en él ciertos aspectos éticos y morales que han desaparecido de la sociedad actual: el hecho de encontrar pretéritas formas de “ser” subjetivamente mejores que las contemporáneas suele ser un argumento eficaz para las tesis decadentistas.

Los optimistas, por su parte, construyen una historia global, universal, en la que forman parte todos los seres humanos de todos los pueblos, naciones y civilizaciones. Consideran que la Humanidad forma una unidad histórica y que, como tal, debe ser así estudiada. Al contrario del relato cíclico de creación-destrucción de grupos humanos de los decadentistas, los optimistas construyen una historia positiva, en continua expansión y progreso. Su objetivo es encontrar datos que demuestren que la sociedad global contemporánea es mejor que todas las anteriores. Así como el decadentista mitifica el pasado, el optimista diviniza el presente. Así como el decadentista centra sus investigaciones en la moral, los optimistas suelen aprovecharse de los avances tecnológicos (que al fin al cabo, como formas acumulativas de conocimiento, siguen un patrón inevitablemente positivista) para construir su relato acerca del “mejor de los mundos conocidos”.

A pesar de la gran distancia epistemológica entre estas dos corrientes, existe un nexo de unión que las conecta, y éste es el reconocimiento de un supuesto “destino histórico”. Así como el explorador que sigue una ruta inexplorada, lo hace para alcanzar una meta, los historiadores decadentistas y optimistas diseñan un relato histórico que muestra cómo los seres humanos han caminado y caminan por este mundo según un patrón definido de actuación que, ineludiblemente, se repite de sociedad en sociedad y de generación en generación. La historia decadentista coloca al ser humano en un grupo social que, a lo largo de su existencia, sufrirá unas transformaciones que se asemejan a las de un cuerpo vivo. La historia optimista, por el contrario, ve inevitable el progreso y una prosperidad ascendente de la Humanidad. A fin y acabo, nuestro futuro está programado a pesar de nosotros. Y estos historiadores, desde la lectura de ciertos pasajes del pasado, pueden delinear las líneas maestras de los sucesos futuros. La disciplina histórica como un ejercicio de discernimiento de un modelo (matemático-estadístico a lo Steve Pinker, o hermenéutico a lo Oswald Spengler) que predice nuestro avenir. A fin y a cabo, las historiadores decadentistas y optimistas formarían parte de un mismo grupo intelectual, cuyo fin último sería ese schicksal acerca del cual platicaron los filósofos de finales del siglo XIX y principios del XX (Nietzsche, Heidegger, Kierkegaard…).

Un comentario en “Optimistas contra decadentistas (I)

  1. […] Optimistas y decadentistas observan nuestras vidas como si estuvieran guiadas por el destino. Éste nos dirigirá hacia un objetivo (optimistas) o bien nos obligará a repetir sin cesar un sistema cíclico de nacimiento-madurez-muerte (decadentistas). Un ser humano, de manera individual o, tal vez, colectivamente en grupos aislados en el espacio y en el tiempo, bien podrían zafarse de las ataduras que rigen ese destino. Pero al final, la Humanidad (en caso de los optimistas) o la Nación (en caso de los decadentistas) cumplirá de modo inmutable los designios: para la primera, un progreso ilimitado hacia una sociedad cada vez mejor y más justa; para el segundo, su destrucción en manos de unos bárbaros. […]

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s