Optimistas contra decadentistas (y II)

No tenemos, por tanto, ninguna razón válida para esperar que alguna repetición aparente del desarrollo histórico siga llevando un curso paralelo al de su prototipo. No hay duda de que, una vez que creamos en una ley de ciclos vitales que se repiten -una creencia nacida de especulaciones sobre semejanzas y analogías o quizá heredada de Platón-, encontramos con toda seguridad su confirmación histórica en casi todas partes. Pero es éste meramente uno de los muchos casos de teorías metafísicas aparentemente confirmadas por los hechos; hechos que, si se examinan más de cerca, resultarán haber sido seleccionados a la luz de las mismas teorías que deberían poner a prueba.
Karl R. Popper. La miseria del historicismo

Optimistas y decadentistas observan nuestras vidas como si estuvieran guiadas por el destino. Éste nos dirigirá hacia un objetivo (optimistas) o bien nos obligará a repetir sin cesar un sistema cíclico de nacimiento-madurez-muerte (decadentistas). Un ser humano, de manera individual o, tal vez, colectivamente en grupos aislados en el espacio y en el tiempo, bien podrían zafarse de las ataduras que rigen ese destino. Pero al final, la Humanidad (en caso de los optimistas) o la Nación (en caso de los decadentistas) cumplirá de modo inmutable los designios: para la primera, un progreso ilimitado hacia una sociedad cada vez mejor y más justa; para el segundo, su destrucción en manos de unos bárbaros.

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Gráfica de progreso humano según los optimistas creyentes

Ahora bien, habría que definir qué es ese destino sobre el cual se construye la historia pasada, y en base al cual se está pre-escribiendo nuestro futuro. Porque, en ello, tal vez también se encuentren diferencias y similitudes entre optimistas y decadentistas. Los creyentes religiosos de uno y otro bando no tendrán ningún tipo de problema en nombrar la fuente original del destino: el diseño inteligente. Los optimistas observarán una creación divina históricamente lineal, un producto con capacidad propia de acumulación de mejoras. Esta acumulación tal vez pueda representarse mediante una gráfica exponencial en la que el límite superior, que nunca se alcanzará, es dios. Los decadentistas, por su parte, considerarán a la Creación como un conjunto de acontecimientos con un principio y un final. Las sociedades humanas se constituirán según imágenes de esa Creación: los pueblos, naciones y civilizaciones remedarán a esos cosmológicos Génesis y Apocalipsis. Un buen ejemplo de este modelo de destino se describe en “La decadencia de Occidente” de Oswald Spengler.

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Pero el destino no precisa de la existencia de un dios que guíe a los seres humanos hacia su futuro. Basta una programación interna, que sería natural y propia a las sociedades o un mecanismo orgánico explicado por la biología. Los decadentistas no creyentes encontrarán en la historia de las sociedades pautas que se repiten sin cesar, y que pueden ser aplicadas a cualquier sociedad pasada, presente o futura. Así como Newton demostró eficazmente cómo funcionaba la gravedad sin necesidad de explicar en qué consistía su naturaleza, los decadentistas no creyentes siguen la senda del destino sin entrar en detalles sobre qué es realmente. Los optimistas no creyentes podrán hacer uso de los conocimientos en biología, genética y teorías evolutivas para desarrollar su concepción de destino. Un claro (y magnífico) ejemplo es la teoría del “gen egoísta” impulsada por Richard Dawkins. Según esta teoría, todos los seres vivos no serían más que máquinas de conservación de moléculas químicas con capacidad de copia y replicación: los genes. Todos los actos del ser humano (y de todos los animales y plantas) estarían programados para perpetuar en el tiempo esas moléculas. La evolución permitiría a los genes progresar en sus mecanismos de conservación, de modo que el fin último de la vida sobre este planeta sería la consecución de moléculas genómicas eternas.

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En mi adolescencia, queriendo huir tanto de la indiferencia ateo-agnóstica, como de las tesis religiosas sobre el sentido de la vida, diseñé una teoría “optimista” sobre la vida que bien podría situarse a camino entre las gnósticas y las agnósticas, y que ahora la definiría como un planteamiento espiritual de las teorías de Dawkins (de quien nunca había oído hablar). En ésta, la materia que conforma el universo presentaría dos estados: el imperfecto (espíritu, materia-en-potencia o, a partir de ahora, potencia) y el perfecto (materia-en-sí o, a partir de ahora, materia). El esquema es simple: la potencia tendería a materia, pero los mecanismos espontáneos de paso de potencia a materia (sintexis, con “x”) son raros, por lo que la potencia buscaría vías alternativas para su perfeccionamiento. La vida sería un “tercer estado” transitorio de la materia: el resultado de la conexión entre la potencia y la materia. El fin último de la vida, pues, sería descubrir vías de transformación de la potencia en materia, un proceso que se realizaría de modo ecológico (colaboración intra e interespecie) e histórico-evolutivo. Aunque en esta teoría la vida del ser humano vuelve a ser una herramienta (si en Dawkins está en manos de unas moléculas químicas, aquí tendría un encaje más “físico-cuántico”), al contrario del “gen egoísta”, aquí sí podría localizarse un “alma” (humana, animal, vegetal), que se ubicaría en esa conexión potencia-materia, vínculo “dador de vida”.

El destino: gnóstico o agnóstico; físico, químico o histórico; cíclico o progresivo. A fin de cuentas el ser humano, en su aprehensión del universo que le rodea, necesita conocer un fin cosmológico que llene de sentido su vida. Y es que si la existencia no poseyera un único sentido, una dirección, que nos dirija hacia un objetivo, quizás solo quedaría el absurdo y el nihilismo. Es por ello que, tal vez, sea necesaria esa lectura lineal de la historia. Además, una historia unidireccional no solo nos permite trazar un sentido cronológico comprensible, sino que, además, apoya ciertas tesis, optimistas o decadentistas, que dan cierto sentido a la existencia de la Humanidad. Tal vez sea  cierto que esa búsqueda de un objetivo final nos sea inevitable; tal vez es eso lo único que diferencia a los seres humanos del resto de la naturaleza. Pero lo que sí podríamos prevenir que la lectura unidireccional monopolice las disciplinas históricas. Así como el explorador que se dirige hacia el norte acepta que al sur quedarán tierras que él nunca llegará a pisar, deberíamos aceptar que nuestro relato histórico no es único. Que existe la posibilidad de establecer una lectura multimodal de la historia, sin un destino fijo o un objetivo al que dirigir todos los esfuerzos contenidos en el relato histórico. Así nos enseñan, por ejemplo, los aborígenes australianos con sus songlines: un viaje a lo largo del tiempo, la geografía, lo físico y lo espiritual, que se mezcla, se entrelaza y permite una visión, quizás menos detallada, pero mucho más amplia y coral que los relatos europeos, llenos de fechas, reinos y batallas.

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