Revolución sexual y feminismo (I): Tradición y Poder

La sexualidad, como todo elemento conformador del ser humano, ha precisado de una homogeneización y una normalización para así poder ser organizada y controlada por la sociedad. Tal vez en los tiempos presociales (que no prehistóricos, pues antes de la aparición de la escritura ya se sabe que los seres humanos vivían en grupos, clanes y familias) existía realmente una sexualidad liberada, esto es, una sexualidad no organizada. La necesidad de mantener lazos permanentes con otras personas exigió cambios en el comportamiento sexual. Así, dependiendo de la sociedad, dependiendo de las circunstancias en las que vivían las personas que la formaban, la sexualidad fue limitándose a un conjunto autorizado de ritos y procedimientos. Así, hay sociedades en las que no existe el concepto de matrimonio o pareja estable, y los hijos fruto de las relaciones sexuales son criados por la tribu. En estas sociedades probablemente no encajaría una pareja monógama que haya decidido criar por su cuenta a sus criaturas. Por contra, en otros lugares se exige la concreción por vía legal y espiritual del matrimonio entre un hombre y una mujer para poder establecer relaciones sexuales “morales”. Huelga decir, que en estos casos tampoco se toleraría ese supuesto “amor libre” tribal anteriormente descrito. Por muy permisiva que sea una sociedad, las opciones sexuales toleradas siempre serán mucho menos diversas que las censuradas.

La socialización de la sexualidad, posiblemente, nace en la Tradición. Ya sea por superstición, ya sea por práctica operativa, las primeras normativas acerca de la sexualidad aparecen en el mismo momento en el que nace la sociedad, en el mismo momento que un grupo de hombres y mujeres decide, bien de modo voluntario, obligado o por imposición violenta, hacer vida en común. Su creación, modificación y estabilización siguen las pautas de los “memes” de Richard Dawkins: solo triunfarán aquellas leyes restrictivas acerca de la sexualidad que son capaces de mantener al grupo unido y, por ende, que este sobreviva en el tiempo. Así, en nuestras sociedades, la  sexualidad intrafamiliar y monógama ha vencido a la sexualidad tribal y de múltiples parejas: no porque sea moralmente superior, sino porque las sociedades basadas en la familia  tuvieron más éxito que las estructuradas alrededor de la tribu.

El Poder, altamente imbricado con la Tradición, modificó esa primigenia forma de control sexual. Ofreció un discurso oficial acerca de la sexualidad, aceptado tanto por los hombres como por las mujeres, porque cuando aquí se habla de Poder con mayúsculas, se refiere a un poder horizontal, donde todos los ciudadanos tienen una cuota de poder, aunque éste no se reparte de manera democrática. Y el Poder con mayúsculas, en el caso de nuestra sociedad judeocristiana, entregó la mayor cuota de poder al sexo masculino. El Poder es machista, y con él la sexualidad se transformó, a partir de entonces, en un elemento de control social dirigido por hombres hacia/contra los mismos hombres y las mujeres.

Aparte de monógama y heterosexual, atributos de la Tradición, a la sexualidad se le añadieron otros que procedían del mismo Poder: así, la mujer era el elemento pasivo del acto sexual, carente de todo deseo y apetencia. La mujer no podía desear sexo, pues no estaba biológica o moralmente capacitada para ello. Por contra, al hombre se le atribuyó la parte activa de la sexualidad, el elemento dominante y deseante. La mujer no goza y no busca; el hombre goza y busca. Al hombre, por lo tanto, para mantener su status viril, se le exigía una cuota de penetraciones, de la que la mujer no solo se veía exonerada (en este caso, de cumplir una cuota de ser penetrada), sino que, además, su máxima virtud se ubicaba en la ausencia de ellas (Virgen María).

En una sociedad anclada en la Tradición y el Poder, como es la judeocristiana, la sexualidad no se podía exteriorizar. La exposición pública de la sexualidad era dañina para una sociedad asexuada. Por lo tanto, los actos correspondientes al sexo quedaban vinculados a la intimidad de la pareja y, si no era así, se situaban en la marginalidad, allá donde la sociedad ya no estaba y, por lo tanto, no podía verse manchada.

La sociedad de la Tradición y el Poder, a fin y a cabo sociedad premoderna, está vinculada a los verbos deber y hacer. No importaba lo que se pensara, o cuales fueran los sentimientos: la exteriorización del alma a través de los actos debía cumplir con la moralidad y la virtud. Y en este “deber hacer”, el sexo masculino sufría de una terrible y esquizofrénica dualidad: por una parte debía cumplir con una cuota de penetraciones pero, al mismo tiempo, esa obligación no podía alterar la convivencia asexuada de la sociedad. Las sociedades no pueden tolerar contradicciones, pues son fuentes de interminables crisis, revoluciones e involuciones que pueden acabar por destruirlas. Es por ello que el Poder necesita de instrumentos que absorban las contradicciones del sistema de control que él mismo ha impuesto. Además de “deber hacer”, también se “permite hacer”; y en ese permitir se cuentan las violaciones, violencia de género, la prostitución y, más recientemente, la pornografía. Todas ellas son para-mecanismos de control social que se sitúan a los márgenes de la misma. No son permitidos en el seno de la sociedad, pero se toleran si se ejecutan en la intimidad de la pareja o en sórdidos clubs de carretera.

La sexualidad no es el único elemento constitutivo de la persona que está homogeneizado y normalizado por la Tradición y el Poder. Desde nuestra forma de vestir hasta la alimentación, pasando por vivienda, salud, sueño, educación… todo ello ha sufrido una jibarización de opciones, de modo que, incluso los más transgresores, no se plantean ir mucho más allá de los límites establecidos. Algunos modos no autorizados están vigilados de cerca por el tabú (incesto, antropofagia…), pero otros se desembarazaron de esas cadenas y tan solo puede ser controlados por las leyes (pedofilia, drogas, okupación). Pero en la sexualidad, tal vez, es donde mejor se pueda observar ese reparto inequitativo de las cuotas de Poder entre el sexo masculino y femenino, así como los para-mecanismos (prohibidos pero tolerados) que neutralizan las contradicciones de un sistema que ha situado a la penetración como atributo ineludible de la virilidad en un ambiente poco propicio para su ejecución.

2 comentarios en “Revolución sexual y feminismo (I): Tradición y Poder

  1. […] Y sin embargo, la Tradición y el Discurso evolucionan: opciones sexuales que antaño estaban prohibidas son aceptadas por la sociedad y, al contrario, otras que bien podían considerarse como “normales”, reciben el grueso candado de un tabú. La historia de la sexualidad en Europa no es, por lo tanto, una unidad homogénea que ha permanecido invariable desde la adopción de la fe cristiana, allá en los remotos tiempos del alto medievo, hasta las transformaciones sociales contemporáneas. Tal vez sea cierto que formas y actos sexuales permitidos en tiempos antiguos (homosexualidad, pedofilia, incesto…) fueron prohibidos por la Iglesia Católica. Pero la historia de los mores sexuales europeos es fecunda en infidelidades, orgías y otros escándalos. Incluso en los tiempos de las guerras religiosas, cuando la Reforma y la Contrarreforma asfixiaban los usos y costumbres de los europeos. Por ejemplo, se conjetura que el astrónomo Tycho Brahe murió durante una bacanal durante la que pretendía obtener el placer mediante la retención voluntaria de la orina. Si es cierta o no esta anécdota, poco importa; lo significativo es la idea de que, en el siglo XVII existían ese tipo de fiestas y actos placenteros. […]

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