El diálogo entre diferentes más allá de los paradigmas

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Charla. Eugene Von Blaas (1843-1931)

Thomas S. Kuhn describió el concepto de “paradigma” enfocado hacia las disciplinas científicas experimentales. Sin embargo, tal vez hayan sido las ciencias humanas las que más se han beneficiado de este revolucionario modelo epistemológico, el cual alteró (tal vez para siempre) el modo de pensar acerca del desarrollo del conocimiento, hasta entonces  monopolizado por el  positivismo. Y es que, según Kuhn, cualquier disciplina científica genera nuevos conocimientos en base a un saber previo, los paradigmas. Éstos dan a este saber básico un valor de “verdad”. Sin embargo, ya advirtió Kuhn que dos disciplinas diferentes no tenían por qué utilizar la misma base de conocimientos, esto es, los mismos paradigmas. Lo que para una es una certeza incuestionable, para otro puede resultar una falacia. Es por ello que, a veces, la comunicación entre científicos adscritos a diferentes disciplinas encuentre más obstáculos que incluso personas que hablan diferentes idiomas.

En nuestras conversaciones cotidianas suelen obviarse los temas paradigmáticos, pues se considera que éstos conforman la base misma de nuestras conversaciones. Sin embargo, cuando el diálogo torna a discusión, y ésta se violenta, los interlocutores suelen dirigir sus alegatos hacia las bases más primitivas donde asienta su opinión, y la del que se sienta enfrente: el principio de no-contradicción (buscarán en el contrario cualquier resquicio que demuestre que éste ha formulado algún comentario contradictorio) y la batalla de los paradigmas. En esta última, el debate se enquista y estanca en una discusión sin puerta de salida acerca de los valores de verdad de cada contendiente. Y, como lo que es verdad para mí, seguirá siéndolo por mucho que tú me expliques en qué consisten tus valores de verdad, nuestro diálogo entrará en un torbellino de monólogos no escuchados (porque utilizan “idiomas” diferentes) que repetirán sin cesar esa base paradigmática de datos sobre la cual hemos construido nuestra opinión.

Me pregunto si es posible avanzar en el diálogo y el entendimiento si se obvian, por las dos partes, las diferencias paradigmáticas de sus discursos. Obviar es aceptar que el otro establezca sus opiniones en un valor de verdad a veces muy distante del mío; pero, a cambio, recibiré la misma condescendencia. Tal vez, una vez se haya atravesado ese punto negro y se penetren en asuntos más superficiales y baladís, la tensión del debate se relaje e, incluso, puedan alcanzarse algunos acuerdos de mínimos.

En el tema catalán, por ejemplo, pudiera bien darse una discusión entre un republicano y un unionista: el primero consideraría “presos políticos” a Oriol Junqueras y los demás ex-consejeros encarcelados. El unionista, sin embargo, no aceptaría el apelativo de “presos políticos” y utilizaría el de “políticos presos” o incluso los de “supremacistas encarcelados” o, más contundentemente, “golpistas”. A partir de aquí, es difícil que se vislumbre un mínimo entendimiento. Además de buscar contradicciones en el discurso ajeno, ambos contendientes se van a enzarzar en un enrocamie n nto paradigmático (mi-verdad es la-verdad; tu-verdad es la-mentira) que puede acabar en serios acaloramientos y conatos de violencia verbal o física (tras lo cual se iniciaría la guerra del victimismo, esto es, una batalla mediática para demostrar que cada cual ha sido la víctima y el contrario, el verdugo).

¿Se pueden obviar los paradigmas en esta conversación? Imaginemos que el unionista permite que el republicano hable de “presos políticos”, aunque no acepte ese término. Y que el republicano tolere la acusación de “golpistas” utilizado por el unionista. En realidad no están de acuerdo, pero permiten que la discusión fluya y suba un peldaño, alejándose de los tensos vericuetos de la no-contradicción y el paradigma. A un nivel más superficial tanto republicanos como unionistas seguirán mostrando sus diferencias, pero éstas ya son menos graves y menos definitivas (y definitorias). Y así, la conversación, en vez de un yermo campo de batalla, se transformará en un vergel de intercambio de opiniones, entre las cuales tal vez encuentren alguna en la que ¡se pongan de acuerdo!

Vivimos en tiempos de exageración, donde todo opinador se atrinchera detrás de un muro de justificaciones, y donde nuestra fina piel no soporta la más mínima ofensa. Con estos mimbres no hay espacio para el debate, a no ser entre miembros de la misma facción, que se autoestimulan eternamente con nuevas propuestas que no son más que repeticiones de las anteriores, contaminadas por el sesgo de autoconfirmación. Tal vez la tolerancia (que no aceptación) hacia los paradigmas del interlocutor nos permitiría abrir una pequeña puerta a la comprensión de sus opiniones, reduciría la tensión en las discusiones y, finalmente, permitiría alcanzar pequeños principios de acuerdo. Pequeños, muy pequeños comparados con las diferencias paradigmáticas entre ambos discursos. Pero inmensos si se compara con el desencuentro y la violencia que se habrán evitado.

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