Revolución sexual y feminismo (y III): Las revoluciones posmodernas

A mediados de siglo (XIX) los doctores llegaron a comprender cómo funciona el mecanismo de la reproducción, lo que tuvo varios efectos: por un lado el útero dejo de ser la guía de la percepción médica de la vida femenina, y toda la atención se centró en los ovarios (…) (La) teoría del semen femenino sirvió durante siglos para justificar el derecho de la mujer a experimentar orgasmos (…) El descubrimiento del óvulo dejó claro que el orgasmo femenino era innecesario.
“Carmela ya no vive aquí: el viaje sin retorno de las mujeres españolas” de Lucía S. Naveros

Durante la Modernidad se han producido tres revoluciones que han reconfigurado el modo de sentir y vivir la sexualidad. Sin embargo, ninguna de esas revoluciones implicó una extensión del área permitida de sexualidad, sino que todas ellas desplazaron el espectro sexual de unas áreas de permisividad a otras. Algo que en el siglo XVI era considerado noble y honrado como, por ejemplo, el matrimonio por conveniencia familiar, en el siglo XX se había ya transformado en un tabú que violaba la intimidad del individuo y cercenaba su libertad de elección.

Durante la Modernidad se va a poner en cuestión el criterio de autoridad que siglos atrás atenazó el pensamiento europeo. El escepticismo humanista y el racionalismo cartesiano derribaron viejas supersticiones y, junto a ellas, cayeron algunos prejuicios vinculados con la sexualidad. Es por ello que las revoluciones sexuales modernas se centraron más en rebatir los modos sexuales de la Tradición que en reorganizar el control sexual ejercido desde el Poder. Así, la modificación de los hábitos sexuales interesó y benefició más a los hombres que a las mujeres, las cuales obtuvieron cierta cuota de libertad sexual solo porque era necesaria para implementar los nuevos espacios de sexualidad permitidos a los hombres (sexo pasional). La Tradición basculaba, pero el Poder salía indemne de las revoluciones modernas: al hombre se le seguían exigiendo las cuotas de penetración y la mujer no dejaba de ser considerada como mero receptáculo de esas penetraciones.

Los tiempos de Posmodernidad no son revolucionarios. O no lo son, por lo menos, según la definición moderna de “revolución”, esto es, un proceso de cambio social que abarca cuatro etapas: revolucionismo (definición ideológica), revolución (cambio violento u obligado por una minoría o mayoría social), revolucionando (extensión de los cambios a toda la sociedad) y revolucionado (culmen del proceso revolucionario). Las revoluciones posmodernas han hipertrofiado el revolucionismo y el revolucionando, a la vez que han debilitado la revolución, y han perdido la fe en un revolucionado perfecto. Por ello, los cambios sociales posmodernos son muy lentos pero, a la larga, mucho más eficaces y más amplios que los modernos. Así, el Poder durante la Posmodernidad sufre de continuas modificaciones “a pequeños” que transforman radicalmente a la larga su control social (porque eso es el Poder: un instrumento de control social pre y parademocrático). Entre los más importantes cambios sufridos por el Poder durante las revoluciones posmodernas están, sin duda, la ampliación de las cuotas de Poder en manos de las mujeres y la inclusión dentro de su Discurso de opciones sexuales que, antaño, se situaban en la marginalidad (LGTB). Y es que el Poder no es una estructura vertical, piramidal, donde unos señores muy poderosos ejercen su influencia sobre los más débiles. Eso también existe, y es poder, pero no poder con mayúsculas. El Poder es horizontal, donde todos los integrantes de la sociedad participamos, aunque no con la misma cuota.

El primer efecto de este nuevo reparto de las cuotas de Poder se puede observar, aunque todavía tímidamente, en ciertos logros feministas contemporáneos. Por una parte, la mujer deja de ser simbólicamente un objeto sexual, para así convertirse en persona sexualmente empoderada. Este cambio no se dio en las revoluciones de la modernidad: aunque entonces a la mujer se le otorgó un rol activo en la relación sexual, nunca dejó de ser catalogada como “objeto penetrable”. De objeto penetrable, pero activo, la mujer pasa a ser considerada como persona sexualmente empoderada. Esta transformación es vital, definitiva: la mujer se coloca al mismo nivel que el hombre en el acto sexual: el acoso sexual, las violaciones y micromachismos como los piropos ya no serán nunca más tolerados o justificados, pues éstos no son cometidos sobre un objeto, sino sobre un ser humano.

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“El trofeo es… Broomsticks”. Publicidad de una marca de pantalones, en 1967

 

Por otra parte, aunque también tímidamente, se han empezado a cuestionar los paramecanismos de control social relacionados con la sexualidad masculina. Por ejemplo, los prostíbulos, nunca legalizados, mas nunca clausurados por orden judicial, se sitúan al margen de la sociedad. Allí acuden todas las noches cientos de miles de hombres para cumplir con sus cuotas de penetración exigidas por el Poder. Se tratan de penetraciones que rompen con el orden social establecido, pero que se toleran porque se realizan fuera de la sociedad ordenada. Las mujeres que ejercen allí la prostitución se encuentran tan invisibilizadas socialmente que son tratadas como verdaderos, y no solo simbólicos, objetos sexuales. De ahí la tolerancia de las autoridades hacia ese tipo de explotación física, psíquica y sexual. Sin embargo esta tendencia está revertiéndose: en la sociedad ya se ha aparcado el debate sobre la legalización de la prostitución, a la vez que empieza a reivindicarse una prohibición real y efectiva de la misma.

Pero las revoluciones sexuales posmodernas no solo han consolidado a la mujer como persona sexualmente empoderada. Un segundo efecto de esta transformación social viene del reconocimiento de otras sexualidades que antaño eran consideradas inmorales, incluso patológicas. La homosexualidad, bisexualidad, transexualidad… eran elementos tabú dentro del Discurso que ordenaba la sexualidad de la sociedad. Estaban excluidos de la normalidad. En la actualidad, sin embargo, el Discurso ha aceptado estas opciones sexuales y las ha incluido dentro del repertorio tolerado. Se trata, tal vez, de uno de los pocos ejemplos en los que el Poder no solo transloca el espectro sexual de su Discurso, sino que además, lo amplía. Huelga decir que otras opciones sexuales como el poliamor, el onanismo y la asexualidad también comienzan a encontrar su hueco dentro de ese sistema de control social.

Las revoluciones modernas alteraron la tradición sexual. Las posmodernas han modificado los esquemas del Discurso del Poder. Sin embargo, esta extensión-translocación de la sexualidad no la ha liberado completamente de los controles sociales. Todavía hay formas toleradas y censuradas de sexualidad. El incesto, la poligamia-poliandria, la pederastia y la zoofilia están prohibidos. Aunque nos parezca una restricción normal y lógica, tenemos que reconocer que está modelada por el Discurso del Poder. Desde lo más profundo de nuestra psique, éste nos coarta, configura nuestras estructuras básicas de pensamiento, de modo que si juzgamos abominable la zoofilia, no es porque lo sea per se (que también puede que lo sea), sino porque nuestros juicios de valor están controlados por el Poder. En otras geografías y en otros tiempos la poligamia y la pederastia estaban permitidas, incluso socialmente aceptadas, no porque estas personas no fueran unas depravadas (que también podían serlo), sino porque el Poder aceptaba estas prácticas dentro de su catálogo de sexualidad normalizada.

Como revoluciones posmodernas que son, esto es, sin imposición brusca y violenta y sin opción de futura completitud, las revoluciones feministas que conciernen a la sexualidad no tienen capacidad de transformar de manera rápida y absoluta su objetivo principal: el Poder. Es por ello que todavía no se haya borrado la representación de la mujer como objeto sexual (activo o pasivo). Pero esta morosidad no solo es fruto de las características de la revolución posmoderna, sino también de la naturaleza propia y el fin del Poder. Si las estructuras de control social dirigidas por éste se alteraran súbitamente, la sociedad que rige podría desarbolarse y perecer. Otros temas a discutir serían a) si merece la pena conservar esta sociedad cimentada sobre este Poder y este Discurso; y b) cuál es la alternativa que nos depararía su abolición.

Un comentario en “Revolución sexual y feminismo (y III): Las revoluciones posmodernas

  1. […] Por último, cuando a veces se habla de “avance y expansión” de cierto hecho social, cultural, político, científico o tecnológico lo que realmente se produce es una “traslación sin expansión”. Un claro ejemplo se puede observar en la sexualidad. La sexualidad premoderna no era menos constreñida que la moderna: simplemente cayeron ciertos tabús que la limitaban: abrieron la sexualidad a nuevos espacios nunca antes explorados. Pero, a la vez, se constituyeron nuevos tabús que censuraron formas sexuales antaño aceptadas. Tal vez, solo durante la Posmodernidad, con la democratización del Poder y el acceso a él de la mujer, no solo se ha traslocado el hecho sexual, sino que también se ha expandido. […]

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