La homeostasis del Discurso del Poder

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En “Mis-Entropia: Kaos eta Ordena”, el filósofo Mikeltxo Uranga aborda, entre otros temas, las relaciones entre naturaleza y cultura, una cultura entendida como el conjunto de actividades humanas de control del entorno que emplean mecanismos no integrados en el genoma. El libro explica cómo las sociedades humanas, a través de los diferentes instrumentos que obtienen de la cultura, son capaces de dominar la naturaleza. Pero, según el filósofo, este dominio es ficticio: a medida que existe una percepción de mayor control, lo que en realidad sucede es un mayor alejamiento entre sociedad y naturaleza. La cultura, pues, desequilibraría la naturaleza y, ésta, como agente homeostático que es, tendería invariablemente a recuperar un nuevo equilibrio en base a las condiciones que le ha impuesto la sociedad humana. De ahí que, ante el descontrol ocasionado por la explotación de los recursos terrestres y la contaminación de tierra, aguas y aire, la naturaleza contesta de modo enérgico para reequilibrarse y reajustarse a través de, por ejemplo, largas sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos.

Pero, aunque suene contradictorio, esas sociedades humanas que desordenan la naturaleza, son elementos intrínsecamente homeostáticos, esto es, que también precisan de un orden interno que les permita perdurar en el tiempo. Según la tesis de Mikeltxo Uranga, esta necesidad de equilibrio en las sociedades capitalistas contemporáneas estaría llevando a la naturaleza a un punto de desorden tal que, una vez ésta ejecute sus procesos de reordenamiento, podría colocar a la humanidad al borde del desastre.

Cultura y naturaleza como elementos antagonistas: uno es agente antientrópico del otro, y viceversa. Su equilibrio se basa en desequilibrar al contrario, el cual, una vez alcanzado cierto punto de desorden, actuaría desestabilizando el elemento en homeostasis. Pero, ¿hay lugar para un estado de equilibrio mutuo, ecológico, de modo que las sociedades humanas puedan desarrollarse o, por lo menos, pervivir en un estado de óptimo bienestar sin que la naturaleza se vea afectada por ello?

Habría que analizar primero, pues, los mecanismos de homeostasis de cada uno de los dos elementos en liza: cultura y naturaleza. Del segundo nos vamos a desenteder, pues es objeto de estudio de las ciencias naturales, las cuales precisan, además, construir muy complejos modelos científicos que explican estos procesos homeostáticos naturales y que, como complejos que son, no suelen ser infalibles. La homeostasis de la sociedad, de la que trata este artículo, es más compleja y alambicada pues, al contrario de las ciencias naturales, carecemos de modelos de laboratorio y cálculos matemáticos que nos permitan interpretar, ordenar y predecir su sistema homeostático.

Mikeltxo Uranga acierta al situar al episteme en el nucleo principal de este sistema homeostático. Episteme definido según la segunda acepción de la RAE: “Conjunto de conocimientos que condicionan las formas de entender e interpretar el mundo en determinadas épocas“. En este blog nunca hemos utilizado el término episteme, aunque podría ser considerado como la suma de los conocimientos de la Tradición y del Poder (o, mejor, su Discurso). La Tradición se consideraría contenedora de los conocimientos que están en los cimientos mismos de la sociedad: son saberes previos, básicos y engendradores. Su desaparición se sentiría como un irremediable proceso de extinción de esa sociedad. El Discurso englobaría los datos y la información que maneja el Poder para controlar la sociedad: es él quien decide el ámbito de conocimiento válido sobre el cual toda persona puede desarrollar tanto su pensamiento como su obra. El conocimiento contenido en la Tradición, y sus límites, son visibles a los ojos de la sociedad, que les otorga un ilusorio atributo de inmutabilidad a lo largo de la Historia. El Discurso, por contra, no es tan aparente como la Tradición: al contener éste todos los datos y toda la información de la que el individuo puede hacer uso “correcto”, no existe modo alguno de comprenderlo y criticarlo. Se podrá abarcarlo si se realiza una arqueología del saber, esto es, un análisis de las formas y contenidos del Discurso a lo largo y ancho de la historia. Otra opción aparte de la arqueología, es la crítica del Discurso desde fuera del Discurso, pero ésta convierte automáticamente a la persona que lo enjuicia en marginada, loca, alienada…

¿Quién controla la episteme? Autores como Foucault, Deleuze o el propio Uranga consideran que  las propias instituciones generan el episteme a través del cual someten a la sociedad. Dentro de esas instituciones podrían incluirse todas las formas de poder vertical, piramidal, donde unos pocos gobernarían los destinos y voluntades de unos muchos: gobiernos, iglesias, multinacionales, mass-media… De este modo los más poderosos podrían hacer y deshacer a su antojo todas las tropelías y abusos necesarios para mantener su posición dominante. Desde este blog no se ha restado importancia a los poderosos, a esas instituciones que gobiernan la sociedad, la cultura, la economía, pero cuesta imaginar que un proyecto tan complejo pueda haber sido preconcebido, impulsado e implementado por una minoría.

Probablemente la episteme no pueda ser plenamente controlada por los poderosos. Es por ello que se habla de un Poder, poder horizontal, en el cual se incluyen a todos los individuos que forman parte de una sociedad, sean o no miembros de las instituciones. Ese Poder heterogéneo, relacionado y recíprocamente influenciado por otros poderes, como lo son la Tradición y el Mercado, sería el encargado de desarrollar los límites del Discurso, esto es, del conjunto de datos, información, conocimientos del que puede disponer un individuo para realizar sus cavilaciones y actos. Al contrario de la episteme de Foucault, Deleuze y Uranga, el Discurso no sería propiedad de unos privilegiados. Sería una creación coral, miscelánica, en la que todas las personas incluidas en esa sociedad tendrían una cuota de participación. Cuota ni homogénea ni idéntica para cada individuo. Habrá quien influirá más en el Discurso y, entre ellos, sin duda están las instituciones. Pero su influencia no será monopolística; el poder de las instituciones nunca llegará a arrinconar al de la sociedad completa. El Discurso no es creado por las instituciones en contra de la sociedad. El Discurso es creado por la sociedad en contra de los miembros que conforman esa sociedad.

La sociedad como elemento engendrador del Discurso es un ente abstracto, sin existencia propia. Todos formamos parte de ella, pero nadie ni nada la contiene o puede personarse como referencia prototípica. La sociedad engendradora del Discurso es memética: su fin es inmortalizarse a lo largo y ancho del tiempo, aunque para ello tenga que actuar en contra de los miembros que la conforman. Para sobrevivir busca el equilibrio, y la desigualdad social, tan desequilibrante para las personas individuales, tal vez sea un mecanismo homeostático que, lejos de debilitar a la sociedad, la perpetúa. Las instituciones, al acaparar gran parte del poder político y económico, generarían por sí mismas una situación de desigualdad manifiesta por la cual la sociedad engendradora del Discurso los premiará, con mayores cuotas de Poder.

Doble juego, pues de homeostasis. Por una parte, la naturaleza y la sociedad entrarían en conflicto de equilibrios a través de la cultura. Ésta desequilibraría a la naturaleza pero equilibraría la sociedad. La respuesta homeostática de la naturaleza se observaría, por ejemplo, en el cambio climático y el efecto invernadero, los cuales tienen un impacto deletéreo en las formas de vida humanas. Por otra parte, la sociedad y sus miembros chocarían a través del Discurso. Éste hace perdurar a la sociedad a través de los tiempos, aunque el precio a pagar sea el malestar de las personas. Las revoluciones podrían considerarse, de este modo, como los mecanismos autorreguladores que permiten a las personas trocar el Poder y, con ello, alterar el orden del Discurso. O por lo menos intentarlo, no siempre con éxito.

Ante la pregunta previamente formulada (¿hay lugar para un estado de equilibrio mutuo, ecológico, de modo que las sociedades humanas puedan desarrollarse o, por lo menos, pervivir en un estado de óptimo bienestar sin que la naturaleza se vea afectada por ello?), solo cabe responder con otra pregunta: ¿hay lugar para un estado de equilibrio mutuo de modo que todos los individuos que conforman una sociedad puedan desarrollarse o, por lo menos, vivir en un estado de óptimo bienestar sin que la supervivencia de la propia sociedad se vea afectada por ello? La respuesta afirmativa o negativa de la segunda podría ayudarnos en esclarecer la primera.

6 comentarios en “La homeostasis del Discurso del Poder

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