La homeostasis de la desigualdad

Tant que les hommes se contentèrent de leurs cabanes rustiques (…) en un mot tant qu’ils ne s’appliquèrent qu’à des ouvrages qu’un seul pouvait faire, et qu’à des arts qui n’avaient pas besoin du concours de plusieurs mains, ils vécurent libres, sains, bons et heureux autant qu’ils pouvaient l’être par leur nature, et continuèrent à jouir entre eux des douceurs d’un commerce indépendant: mais dès l’instant qu’un homme eut besoin du secours d’un autre;   dès qu’on s’aperçut qu’il était utile à un seul d’avoir des provisions pour deux, l’égalité
 disparut, la propriété s’introduisit, le travail devint nécessaire et les vastes forêts se changèrent en des campagnes riantes qu’il fallut arroser de la sueur des hommes, et dans lesquelles on vit bientôt l’esclavage et la misère germer et croître avec les moissons.

Jean Jacques Rouseau.  Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes

Que el ser humano es un animal social, eso es innegable. Como otros mamíferos que pueblan este mundo, las personas necesitan agruparse para así poder sobrevivir a las condiciones que imperan en la naturaleza. La gran diferencia entre una agrupación humana y una animal es que la primera es capaz de superar los condicionantes genéticos para adaptarse al medio a través de la cultura. Además, transmite ese conocimiento adquirido de generación en generación, sin necesidad de mecanismos genéticos.

El ser humano-animal, concebido como lo hubiera hecho Rousseau (esto es, desprovisto de todo contacto social), no sería tan libre como lo describe el genovés. Es cierto que no existiría ningún obstáculo (tabús, censuras…) para llevar a cabo cualquier acto que gustase. Pero el repertorio de actos de esta persona sería muy limitado: estaría restringido por las condiciones genéticas (internas) y ambientales (externas). Por lo tanto, esa libertad absoluta, concebida tal como la describió el filósofo de la Ilustración, posee tan fuertes restricciones que convierten a ese hombre o mujer desocializado en un esclavo de sus circunstancias.

La sociedad humana, a través de la cultura, diseña, crea e implementa instrumentos que son capaces de superar esas limitaciones genéticas y ambientales. Un ser humano-animal, carente de otras referencias, nunca podría llegar a constituir ni siquiera un primitivo esbozo de cultura. Porque no hay cultura sin sociedad. Primero, porque para construir los artefactos teóricos y prácticos que ésta exige, se necesita de una colaboración que va más allá de acuerdos puntuales entre dos seres que viven aislados entre sí. La lengua, por ejemplo, no viene dada por la fisiología y anatomía humanas, sino que precisa de una socialización de largo plazo. Segundo, porque la transmisión de la información recogida en la cultura, así como del uso que se hace de ella, no se realizan a través del material genético, sino que exige un agrupamiento que permita su difusión horizontal y vertical a través de los diferentes miembros y generaciones. En el momento que una agrupación humana se extingue, todos los conocimientos adquiridos bien desaparecen, bien se transforman en vestigios arqueológicos.

rousseau

Además de la acumulación de saber, otro aspecto que interesa a una sociedad es la obtención de un excedente de producción. Las labores que en animales están destinadas a la supervivencia vienen trazadas en su código genético: buscar comida, cobijo, pareja… Los seres humanos socializados, por contra, han superado las restricciones naturales para la adquisición de bienes de primera necesidad a través de la cultura. Pero, para la obtención de un conocimiento más amplio y eficaz, es necesario invertir gran cantidad de bienes en producción cultural. Sin excedente no hay cultura, y los seres humanos volverían a la tierna edad salvaje de Rousseau. Y con excedente, inevitablemente, aparece la propiedad privada del mismo, esto es, el Mercado que tanto rechazan algunos pensadores.

Algunas sociedades animales también acumulan excedentes, pero las cantidades se limitan a la vida de unas pocas generaciones. Se inscriben en el código genético y están condicionadas por los ciclos ambientales. Las diferencias de cantidad acumulada de excedente entre sociedades intraespecie (de una colmena de abejas a otra, por ejemplo) van a ser muy pequeñas, si las comparamos con la descomunal desigualdad existente entre algunas sociedades humanas, a lo ancho y largo de su historia.

La sociedad, por lo tanto, podría resumirse en dos aspectos que van entrelazados el uno con el otro: cultura y excedente. Son recíprocos (la existencia de uno exige la del otro), acumulativos, pero también segregantes, pues, a diferencia de carga genética y condiciones medioambientales, no todas las sociedades, ni siquiera los miembros de una misma sociedad, poseen atributos económico-culturales similares. La sociedad aleja al ser humano de la naturaleza, la cual, bien o mal, trata de modo similar a todas las personas. Y al alejarle de la naturaleza, también rompe con esa equidad en el trato.

En un artículo anterior habíamos considerado el antagonismo existente entre  cultura y naturaleza; cómo la primera ejercía de elemento desestabilizador de la segunda, y viceversa. Allí esbozamos también un supuesto juego de homeostásis y desequilibrio entre la sociedad y sus miembros: el equilibrio del primer término exigía un desequilibrio, una desigualdad del segundo. Si la sociedad precisa que exista desigualdad en su seno, no es porque unos pocos y muy poderosos deseen apropiarse de todos los bienes y poderes. Eso también sucede. Tampoco porque, como pensaban Jean-Jacques Rousseau y Pierre-Joseph Proudhon, la propiedad privada sea un robo. Eso podría también discutirse. La desigualdad homeostática que preserva y sustenta una sociedad vendría dada por esos dos elementos que se sitúan en el origen de la misma, y sin los cuales ésta no existiría; elementos que alejan al ser humano de una naturaleza uniformizante y le abren nuevos espacios de libertad y sumisión. Renuncia, pues, a una naturaleza de carácter igualitario, pero de oferta limitada, para así poder abrazar una cultura que ofrecería la esperanza de lo infinito.

A la pregunta de si podría darse una sociedad en la cual todos los miembros poseyeran una cultura y un excedentes similares, tal vez la respuesta sea no. Puede explicarse porque el excedente, distribuido equitativamente entre todos los miembros de la sociedad (sociedad aislada, hermética a la acción e influencia personas ajenas), bien deja de ser excedente (habrá quien gaste más rápido, y sea necesaria una nueva redistribución; habrá quien, deseando inicialmente producir más, abandone su entusiasmo tras esa nueva redistribución), bien deje de ser cultura (porque exigiría, inevitablemente, la nacionalización de todos los productos tangibles y teóricos, expropiación que alejaría al ser humano de esa cultura). Sin desigualdad entre las personas que constituyen una sociedad no pueden darse ni cultura ni excedente.

Ahora bien, tampoco puede existir una sociedad entregada a un febril anarcocapitalismo donde solo las leyes del más fuerte (el que posea más excedente, el que posea más cultura) prevalezcan. Como bien se comentó en un anterior artículo, una cultura hiperproductiva, hipercontaminante desequilibra la naturaleza hasta el punto que está activa sus mecanismos homeostáticos para recuperar el equilibrio. Y de allí el cambio climático por los gases de efecto invernadero. Del mismo modo, la desigualdad que se generaría entre los miembros de una supuesta sociedad anarcocapitalista sería tan grande que estas mismas personas activarían un sistema homeostático para encontrar un nuevo punto de equilibrio: la revolución, que acabaría inevitablemente con ese sistema tan deseado por los seguidores del “estado mínimo“.

La existencia de la sociedad exige desigualdad entre las personas que la forman. Pero las personas exigen que esa desigualdad no desequilibre sus propias vidas. El grupo tiende a segregar y el individuo busca la homogeneicidad. Este es el sino contradictorio que hemos de cargar a las espaldas por haber renunciado al ser humano libre rousseauniano.

5 comentarios en “La homeostasis de la desigualdad

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