La homeostasis de la globalización

La sociedad es un elemento necesario para la creación y conservación de cultura y excedente. Y, para su pervivencia a lo largo del tiempo, precisa que existan desigualdades entre las personas que la forman. El desequilibrio entre individuos es condición de equilibrio social. Pero, a su vez, esta desigualdad, llevada al extremo, pone en grave peligro a los miembros más vulnerables de la sociedad. Lo que es homeostático para la sociedad, es desequilibrante para la persona. La revolución sería, pues, la respuesta de las personas ante la agobiante homeostasis desestabilizadora de la sociedad.

La ficción nacionalista en la que Europa se haya sumergida desde el siglo XIX nos ha hecho (y todavía nos hace) creer que la sociedad englobada en el interior de un estado-nación es un ente autónomo, con existencia independiente de todos los demás. De allí que el juego de equilibrios sociedad-individuo se haya estudiado tomando como referencia el paradigma celular de la sociedad-nación. Por ejemplo, la dialéctica de clases y la lucha obrera que tomó Marx como principios de sus teorías políticas, económicas y sociales solo puede funcionar dentro de un sistema social hermético, casi de laboratorio de experimentación, donde las influencias exteriores, bien no tengan lugar, bien operen mediante mecanismos regulados (es decir, que las variables externas se transformen en constantes).

Esa ficción era sostenible tanto en el papel como en la realidad. Por una parte, la lentitud de los medios de transporte de tracción animal, primero, y la aristocratización de los vehículos más rápidos, más tarde, alimentaban la quimera de unas fronteras políticas estancas, tanto para personas, como para bienes y capitales. Los visados y los aranceles eran los símbolos de esa ilusoria fragmentación perfecta de los diferentes grupos humanos. Por otra parte, la transmisión de información a grandes distancias, no solo era escasa (si la comparamos con los terabytes que circulan hoy en día por los cables de fibra óptica transatlánticos), sino que, además, gran parte de esa información se distribuía de modo impreso (libros, revistas, panfletos…). La información que atravesaba las fronteras de los estados-nación, además de limitada, se encuadraba dentro del, también ficticio, paréntesis Gutenberg, donde el texto impreso gozaba de una estabilidad y un criterio de autoridad que limitaba su apropiación y asimilación por otras sociedades, supuestamente diferentes culturalmente (por lengua, por tradición, por historia), que la sociedad-fuente.

Barreras geográficas y culturales apoyaban la ficción nacionalista de identidades sociales estancas. El conflicto homeostático que equilibraba a la sociedad pero desequilibraba a los individuos que la componían se jugaba dentro de los límites del estado-nación. Las revoluciones no tenían por qué afectar directamente a los países colindantes (como así realmente sucedió con la Revolución Francesa y la instauración de los regímenes comunistas), pero sí se observaba un riesgo de “contagio”, fruto de esa visión organicista de las sociedades y las naciones. Así como, ante una epidemia, el aislamiento de los enfermos protege a los sanos, existía la creencia de que el aislamiento político e ideológico de una sociedad “revolucionaria” evitaría la destrucción de las estructuras etáticas “tradicionales”.

Pero ese mundo restringido, en el cual funcionaban las teorías basadas en la impermeabilidad del estado-nación, ya ha dejado de existir. La mecánica clásica de Newton era (y sigue siendo) válida para objetos de dimensión “humana”, pero falla cuando se aplica a partículas subatómicas o a galaxias. Del mismo modo la ficción nacionalista yerra en una época en la que los medios de transporte de largas distancias se democratizan, el Paréntesis Gutenberg se cierra y da paso a una Segunda Oralidad.

En la aldea global no existen sociedades separadas por vastos mares y alambradas. Existe una sola sociedad, la humana. Y como sociedad que se precia, sigue rigurosamente los preceptos homeostáticos exigidos para su buen funcionamiento y mantenimiento: por una parte, una acción antihomeostática contra la naturaleza; y por otra, un estado de desigualdad entre sus miembros. Y así como la contaminación del planeta y sus efectos deletéreos son obra, no de una sociedad y un nación-estado en particular, sino de la humanidad en su conjunto, el desequilibrio entre personas ya no solo opera intramuros de unas supuestas fronteras políticas, sino en el cómputo global de ciudadanos de este mundo.

La globalización ha reducido las distancias existentes entre estados-nación. Aunque las balsas que los migrantes africanos utilizan para cruzar el mar Mediterráneo parezcan (y sean) frágiles y peligrosas, los motores fuera borda que utilizan convierten en horas los días que se tardaba en alcanzar a vela Lampedusa desde las costas libias. Por otra parte, durante el Paréntesis Gutenberg, las informaciones venidas del exterior no se interpretaban para consumo interior: la riqueza y ostentación de la que hacían gala los norteamericanos y europeos no estaban al alcance de los mexicanos o los marroquís. Las admiraban, las envidiaban, pero tal vez se sentían “indignos” de poseerlas, pues el Discurso de Occidente los reducía a seres humanos de inferior categoría. Ahora, sin embargo, cualquier información puede ser interpretada y contextualizada según urgencias y deseos: tengo derecho a no morir de miseria, y acudiré ahí donde sea necesario.

La sociedad global contemporánea ha alcanzado un altísimo grado de homeostasis pero, al mismo tiempo, deja en evidencia las tremendas diferencias existentes entre sus miembros. Y este desequilibrio conlleva una contrarrespuesta inevitable: la revolución de las migraciones. La persona migrante huye de su lugar de nacimiento para tratar de mejorar su calidad de vida tanto o casi tanto como la de los residentes ¿nativos? de su nuevo hogar. La migración es, por lo tanto, un instrumento de uniformización entre individuos. Uniformización, equilibrio… proceso fatal para la sociedad, que exige de desigualdad para la producción de cultura y acúmulo de excedente.

La migración no es un fenómeno nuevo. El género homo, desde que es género homo, se ha desplazado de un lugar a otro en busca de comida y cobijo. Se han producido grandes migraciones durante la prehistoria alrededor del mundo, hechos que explican que ninguna persona actual posea una dotación genética pura, y todos seamos descendientes mestizos y bastardos de unos ancestros que, pobres ellos, no sabían nada de derecho transnacional. Antes de la aparición de los estados-nación ya se habían testimoniado otros grandes éxodos humanos, como los que provocaron la caída del Imperio Romano de Occidente. Desde la constitución de los estados modernos, allá en el siglo XVII, se han ido sucediendo desastres bélicos y calamidades climáticas que han obligado a decenas de millones de personas a desplazarse de un lugar a otro. Aquello contra lo que con tanto ahínco combaten los populistas de extrema derecha pertenece a la esencia misma del ser humano. Pero ellos no temen al migrante, sino a la constatación de que esas fronteras que ellos consideran sagradas e inamovibles, hoy en día muestran su verdadera esencia: la pura no existencia.

2 comentarios en “La homeostasis de la globalización

  1. […] La sociedad es necesaria para la adquisición y conservación de cultura, así como para el acopio d…; ambos elementos imprescindibles para que las personas incluidas en esa sociedad superen los límites impuestos por la naturaleza. La naturaleza trata por igual a todos los individuos, de modo que sus posibilidades de supervivencia  en ambiente aislado son similares (el material genético y las condiciones atmosféricas locales son similares para todas las personas, con desviaciones que siempre se mueven dentro de unos límites infranqueables).  La sociedad, sin embargo, aleja a las personas de la naturaleza, con lo que se disminuye la dependencia de éstas a los avatares fisiológicos y meteorológicos. El precio a esta emancipación frente a la naturaleza tiene un precio: las desigualdades entre individuos excederán a las ya preexistentes por genética y ambiente. Sin desigualdad no hay producción cultural; sin desigualdad no puede acumularse excedente. El equilibrio de la sociedad precisa de un desequilibrio entre los individuos. Cuanta más desigual sea una sociedad, tanto más equilibrada se encontrará. No es extraño, por lo tanto, que grandes pensadores conservadores hayan vaticinado un “final de la historia” en aquellos momentos de máxima homeostasis social (por ejemplo, tras la caída de los regímenes comunistas, a finales del siglo XX), pero también máxima desigualdad entre individuos (sobreestímulo de las políticas económicas neoliberales en los gobiernos de Thatcher, Clinton o Aznar). Sin embargo, llegado un punto de desigualdad, los individuos reaccionan violentamente contra esa sociedad de la cual forman parte, pero que les atenaza con condiciones de franca desventaja. Entonces llega el momento de las revoluciones, ya sean según el concepto moderno o posmoderno. […]

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  2. […] La sociedad humana se aleja de la naturaleza. Utiliza normas y leyes propias, no definidas en el sistema de almacenamiento y transmisión propio de esta: el código genético. Normas y leyes que están diseñadas para que la sociedad alcance, con mayor o menor éxito, su objetivo principal, y que es la producción de cultura. Para lograr esa meta, la sociedad debe obtener un excedente de material y, a la vez, generar un gradiente de desigualdad entre sus miembros. Como analizamos en el capítulo anterior, la desigualdad entre personas no se trata de un hecho natural; los rangos de diferencias fisiológicas que se miden entre los seres humanos son muy limitados, si se comparan estos con las tremendas desigualdades culturales que se pueden cuantificar entre los miembros de una misma sociedad. Pero la persona no debería aceptar ese injusto reparto de excedente y de cultura. Y contra ello se rebelará ese pedazo desalienado de la persona que funciona independientemente de la sociedad; llámese éste el yo-no-social o la parte irracional  del individuo. […]

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