La ceguera desde los extremos

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Conversación nocturna. Edward Hopper (1949)

Nadie posee toda la verdad, sino que nos manejamos en función de verdades parciales pero absolutamente válidas para los entornos donde nos movemos. Si fuéramos capaces de recoger todas esas verdades parciales pero válidas que corretean por nuestras mentes humanas, su suma nunca sería igual a una Verdad Absoluta, sino a una nueva veracidad, igual de parcial que la de cada una de sus partes. Es por ello que nuestra aprehensión de las cosas y las ideas externas no se maneja en términos de verdad-mentira, espectro de veracidad muy restringido y limitado, tal vez solo válido para estudios de matemáticas y lógica, análisis teóricos, y algunos experimentos científicos realizados en laboratorio. El principio de no contradicción aristotélico no puede ser trasladado a la vida en sociedad.

El área de consenso de la verdad sería aquella hipotética región epistemológica situada entre una Verdad Absoluta y no contradictoria y un todorrelativismo, donde no existe veracidad alguna. La persona situaría sus ideas de verdad entre esos dos fronteras, más o menos cerca de una u otra dependiendo del tema y de la sistemática de recogida de conocimiento alrededor de ese tema. Su idea de verdad, verdad parcial y limitada, se situaría probablemente en una órbita alrededor de la Verdad Absoluta que es similar a la de otras personas: las verdades parciales coorbitan.

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Que se sitúen en una misma región del área de consenso no significa obligatoriamente que esas dos ideas coorbitantes sean compatibles entre sí o, mejor dicho, que las personas que piensan esas verdades acepten que otras verdades parciales estén tan cerca de la Verdad Absoluta como la suya propia. Yo suelo considerar mi verdad parcial como Verdad Absoluta, pues el condicionamiento monoteista-aristotélico sobre el que se funda mi pensamiento me obliga a manejarme en fórmula binaria: 1 o 0, verdad o mentira: no hay lugar para otra opción. Dicho de otro modo, si una verdad parcial ajena contradice mi verdad parcial, la transformo automáticamente en mentira absoluta.

En toda conversación (en la que se produzca comunicación bidireccional) se van a exponer verdades parciales, verdades que en la mayor parte de las veces van a contradecir, bien de forma fragmentaria, bien de forma completa, nuestras propias verdades parciales. Y sin embargo, la mayor de las veces aceptamos y toleramos escuchar y aprehender ideas que en cierta medida “mienten las nuestras”. El choque entre verdades incompatibles solo aparece en ciertas ocasiones, donde la tensión del diálogo aumenta y se generan acaloradas discusiones… ¿en qué se diferencian, pues, esos momentos de diálogo de los de debate?

Primero, el área de consenso de la verdad no surge espontáneamente, sino que se precisa de un mutuo acuerdo, generalmente inconsciente, entre las personas que dialogan. Segundo, además de aceptar la existencia de un área de consenso, es necesario determinar hasta qué grado de contradicción se va a aceptar como verdadera una verdad parcial. Si se decide que el diálogo se mueva en altos grados de contradicción, habrá una gran libertad y tolerancia acerca de las opiniones que se viertan. Por contra, a menor grado de contradicción, menor flexibilidad ante datos que puedan poner entre dicho una de las verdades parciales.

La moderación, según este esquema, no es una posición de equidistancia o neutralidad, sino la adopción tanto de una amplia área de consenso de la verdad como de un alto grado de aceptación de la contradicción en las opiniones. Desde la moderación se pueden defender con rigor ideas, así como criticar y debatir aquello que no encaje en nuestra verdad parcial. Asimismo se tolerará, hasta cierto punto, las verdades parciales de los contrarios, así como las contradicciones en las que puedan llegar a caer en sus discursos. El precio: recibir el mismo trato desde el otro lado de la conversación.

No siempre es fácil dialogar desde la moderación. En los tiempos de exaltación que nos tocan vivir, son las posiciones más radicales y duras las que se imponen sobre las más tolerantes. A un extremo y a otro se afilan las hachas de guerra y se disponen a entablar discusiones que, más que diálogos constructivos, se convierten en sordas diatribas que tratan de demoler el ideario del contrario, convertido aquí en auténtico enemigo. Por una parte se reduce el área de consenso hasta el punto de considerar a nuestra verdad parcial como Verdad Absoluta. Así, la verdad parcial del enemigo se transforma automáticamente en mentira. Por otra parte no se tolera contradicción alguna: cualquier atisbo de falla en el discurso contrario servirá como boquete a través del cual lanzar la artillería pesada que ofrece el aristotélico principio de no-contradicción. Y, como parciales que son todas nuestras verdades, y los dos contendientes corren el riesgo caer en contradicciones, los discursos se tornan más defensivos, menos naturales, más vacíos.

Puede generarse en el seno de la sociedad moderada una obligación de “tomar partido”, esto es, alejarse de los senderos de la moderación para abrazar una u otra corriente extrema. Cuando se mira con simpatía a un extremismo, se acaban por aceptar las normas de juego que éste impone en las discusiones: por una parte la negación de la validez de otras verdades parciales (porque la suya es la Verdad), la aplicación rigurosa del principio de no-contradicción (en contra de las opiniones diferentes), y restricción de todo análisis exhaustivo de las ideas en liza (no sea que se demuestre alguna contradicción destructiva en el discurso propio). Por lo tanto, la conversación se transformará en una trivial batalla dialéctica de tweets y slogans.

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Derecha-izquierda, independentismo-unionismo, nacionalismo-liberalismo, Real Madrid-Barcelona… Hay quien pueda pensar que las ideas y opiniones que generan debate probablemente se organizan y ordenan linealmente, de modo que a cada extremo de esa línea se sitúan las posiciones más radicales. Supuesta línea en cuyo centro se ubicarían los moderados, los neutrales, los equidistantes. Sin embargo, probablemente no exista tal disposición real de las ideas, y somos nosotros mismos, bien de manera autónoma o bien guiados por la sociedad, quienes clasificamos y ordenamos las opiniones y posturas según unos criterios volubles y caprichosos. Más bien, todas las ideas se emplazarían en una nube desordenada, donde, por ejemplo, la distancia entre la extrema izquierda y la extrema derecha es similar que entre cualquiera de estas actitudes y el centro moderado. Sin embargo, no podemos aprehender lo caótico, lo desordenado. Necesitamos organizar las ideas, clasificarlas. Y también censurarlas. Quien se sitúa en un extremo tenderá a transformar las opiniones en contra en tabús tan profundos que exigirán su eliminación del discurso vigente en la sociedad, para lanzarlo a la marginalidad de la locura. Las posturas radicales, lejos de defender con rigor y vigor sus ideas, son ciegas a otras formas de razonar, otras formas de pensar, otras verdades, más o menos imperfectas, pero posiblemente tan válidas como las propias.

2 comentarios en “La ceguera desde los extremos

  1. […] Revolución no, pero sí sería tal vez necesario un cambio de mentalidad y una mayor humildad para ampliar el área de consenso en nuestros debates. Fomentar esos lugares de encuentro en la palabra comunicada (tolerancia de contradiciones, cambios de paradigma, limitación de la superioridad moral) sobre aquellos otros que, por el contrario, tan solo favorecen las posturas extremas e intolerantes, y asfixian a toda postura moderada (que no equidistante). […]

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