La desigualdad homeostática de la Justicia

La sociedad es necesaria para la adquisición y conservación de cultura, así como para el acopio de excedente; ambos elementos imprescindibles para que las personas incluidas en esa sociedad superen los límites impuestos por la naturaleza. La naturaleza trata por igual a todos los individuos, de modo que sus posibilidades de supervivencia  en ambiente aislado son similares (el material genético y las condiciones atmosféricas locales son similares para todas las personas, con desviaciones que siempre se mueven dentro de unos límites infranqueables).  La sociedad, sin embargo, aleja a las personas de la naturaleza, con lo que se disminuye la dependencia de éstas a los avatares fisiológicos y meteorológicos. El precio a esta emancipación frente a la naturaleza tiene un precio: las desigualdades entre individuos excederán a las ya preexistentes por genética y ambiente. Sin desigualdad no hay producción cultural; sin desigualdad no puede acumularse excedente. El equilibrio de la sociedad precisa de un desequilibrio entre los individuos. Cuanta más desigual sea una sociedad, tanto más equilibrada se encontrará. No es extraño, por lo tanto, que grandes pensadores conservadores hayan vaticinado un “final de la historia” en aquellos momentos de máxima homeostasis social (por ejemplo, tras la caída de los regímenes comunistas, a finales del siglo XX), pero también máxima desigualdad entre individuos (sobreestímulo de las políticas económicas neoliberales en los gobiernos de Thatcher, Clinton o Aznar). Sin embargo, llegado un punto de desigualdad, los individuos reaccionan violentamente contra esa sociedad de la cual forman parte, pero que les atenaza con condiciones de franca desventaja. Entonces llega el momento de las revoluciones, ya sean según el concepto moderno o posmoderno.

La Justicia, como institución encargada de guardar las leyes que rigen los aspectos no tradicionales, nace en el momento en el que se crean las primeras sociedades complejas. Tal vez recibió en unos primeros momentos la labor de velar y conservar los mores de un modo más eficaz que las reuniones de ancianos o estructuras chamánicas de la tribu. Pero, más tarde, un aparato judicial cada vez más complejo se encauzó hacia la organización de la Política. La Justicia no tiene como fin a la persona, sino la sociedad. No observa la individualidad, sino el aspecto común. Como instrumento del Poder, sirve para limitar el área de libertad del individuo, así como para clasificar, alienar y controlar. La Justicia no actúa sobre personas individuales, sino personas sociales. Ayuda a la Tradición y al Poder en su tarea de estabilización de la sociedad, aunque para ello haya que actuar en contra de los individuos que la forman.

Como instrumento que pertenece a la sociedad, y no a las personas, la Justicia intervendrá a favor de la primera, aunque sea en detrimento de los segundos. Es por ello que favorecerá el equilibrio homeostático de la sociedad a través de la justificación y la apología de la desigualdad. Poco importa qué régimen esté implantado en una sociedad (tiranía, monarquía, oligarquía, democracia liberal, comunismo…), que la Justicia, inevitablemente, tenderá a reconocer a través de sus leyes y sus veredictos que, aunque las leyes puedan ser iguales para todos (por lo menos en democracias), éstas distinguen entre individuos, hasta el punto de tratarlos de diferente modo.

Cuando se dice que la Justicia sufre un vicio de clase, se refiere a que fomenta la desigualdad entre personas, favoreciendo a unas frente a otras. Pero no hay que confundir vicio de clase con privilegio. Si la Justicia ampara y beneficia a unos, no lo hace reconociendo la singularidad de esos afortunados individuos. La Justicia no trabaja con personas, sino que las objetiviza en función de su utilidad social. El vicio de clase es la expresión de esa acción desequilibrante, necesaria para la conservación de la homeostasis de la sociedad. Mientras la Justicia pertenezca a la sociedad, existirá vicio de clase. Las personas incluidas en las diferentes clases (favorecidas-desfavorecidas-marginadas) podrán cambiar; incluso podrá darse una ampliación de la clase favorecida (como, tal vez, suceda en las democracias). Pero, como instrumento homeostático de sociedades de cultura y excedente, nunca podrá sacudirse ese vicio de clase que, un día tras otro, solivianta las buenas conciencias de las sociedades democráticas. Que sea inevitable no debe ser vivido como un hecho trágico; no podemos, no debemos aceptar sentencias que evidencien ese vicio de clase. Hay que rebelarse contra ellas; aunque el fruto de nuestras reivindicaciones no sea, quizás, revertir el orden judicial, sino más bien, modificar el reparto de clases (… y con ello, vuelta a la cólera).

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