Control social y emoción

Cuando, desde este blog, comparamos sociedad y persona, da la impresión que la segunda es un elemento completamente alienado a la primera, de modo que todo pensamiento y acto están controlados y censurados desde la comunidad donde reside. En cierta medida eso es correcto: los objetivos de la persona como parte de una sociedad no tienen que coincidir con los de esa misma persona como individuo. Cuando ambas entran en conflicto, la parte social es la que suele imponerse, pues la sociedad ha establecido una serie de mecanismos, más o menos profundos, más o menos visibles, criticables y modificables, que tienen como fin el control social del individuo.

Por una parte, en lo más profundo del core social se situan las tecnologías del deber y del poder, contrabalanceadas con las del permitir. A un nivel más consciente se dispone el argumentario del Discurso, esto es, el conjunto de datos, información, opiniones y actos que una sociedad considera como válidos y aceptables. Es dentro de los límites de este Discurso que la sociedad se va a constituir como tal, y va a ser en este ecosistema de información que ésta va a producir cultura y excedente. Toda aquella producción mental que esté fuera del Discurso será expulsada al reino de la locura. El Discurso, a diferencia de las tesis de Michel Foucault, no tiene que ser diseñado e implementado por instituciones de poder vertical (gobiernos, iglesias, poderosos empresarios), sino que es el producto coral y multívoco del poder horizontal, en el que todos formamos parte, pero no todos con la misma cuota (y las instituciones, es verdad, detentan una gran cuota, pero tan grande como para ejercer una influencia monopolística).

Junto al Discurso o, tal vez, en un escalón de inteligibilidad superior, se sitúan los otros tres poderes que controlan la sociedad (y a los miembros que la componen): la Política, la Tradición y el Mercado. Sin duda alguna, no se tratan de poderes estancos, sino que se va a entretejer entre ellos una vasta red de interrelaciones e influencias. Ellos son los motores que van a crear esa desigualdad homeostática, necesaria para la supervivencia de la sociedad.

Aunque a una sociedad la denominemos democrática, esto es, que el reparto del poder es equitativo entre cada uno de sus miembros, ésta distribución homogénea realmente solo afecta a la Política. Las democracias liberales inspiradas por Montesquieu hipertrofian el poder de la ley, superponiéndolo frente a los otros poderes establecidos. Sin embargo, la ley no puede con todo. A pesar de que, a través de sus influencias, la Política, en cierto modo, modifica el Discurso, la Tradición y el Mercado (y viceversa), estos tres poderes, incluso en democracias liberales, funcionan en modo pre y parademocrático, repartiendo desiguales cuotas de participación entre las personas afectadas por ellos. No se pueden democratizar el Discurso, la Tradición ni el Mercado, ergo una democracia liberal  siempre será democracia imperfecta.

CONTROL SOCIAL
Esquema del control social

Por lo tanto, una sociedad está sujeta a unas tecnologías del deber y del poder (contrabalanceadas por tecnologías del permitir), las cuales establecen cuatro tipos de poder, socialmente entrópicos pero alineantes, desequilibrantes, incluso destructivos para la persona individual. Tan solo la Política y sus leyes contarían con instrumentos en cierto modo democráticos.

Así, el rol de la persona como ente individual queda totalmente borrado en una sociedad. Se transforma en persona social, arrastrada por la corriente todopoderosa de esos poderes. Los límites de su pensamiento le son impuestos por el Discurso: antes incluso que se haga consciente, su pensamiento está ya controlado por él. Desde la Tradición recibe una serie de exigencias y deberes a los que se tiene que someter so pena de violar unos preceptos que, en teoría (pero no en la práctica), se gestaron a la par que la sociedad (y de ahí su carácter casi sagrado). El Mercado impone su ley de producción y consumo de excedente, la cual la persona la observa como si fuera una ley universal, inevitable, tal como la ley de la gravedad. Solo si tiene la oportunidad de vivir en una sociedad democrática, se podrá intervenir activamente en la Política, y así modificar las leyes que de ella emanan.

La sociedad tiende a promover un mayor equilibrio, una mayor homeostasis, pero esa tendencia genera un gran desequilibrio y desigualdad entre sus miembros. Esta dualidad entrópica-antientrópica no está exenta de consecuencias. A mayor desigualdad, mayor riesgo de Revolución. La Revolución no es un poder; ni siquiera es un modo que tienen las personas en tanto como individuos de intervenir en la sociedad. La Revolución se sitúa fuera de la sociedad, porque la Revolución no favorece la homeostasis social. Al contrario, debilita y desequilibra la sociedad, hasta el punto de destruirla. La Revolución no controla la sociedad; genera un nuevo sistema de control social.

Sin embargo, las revoluciones, por lo menos desde el punto de vista de la Modernidad, nunca son completas. No son completas porque solo actúan sobre la parte consciente del mecanismo de control social, esto es, sobre la Política, la Tradición o el Mercado. Durante las revoluciones modernas del siglo XIX el único elemento que se consideró necesario transformar fue el político, a través del cual se creyó poder dominar el Mercado y anular la Tradición. Sin embargo poco o nada actuaron sobre estratos más profundos del control social, como lo es el Discurso. En el siglo XX, sin embargo, ha sido el Mercado, personificado en el capitalismo, quien ha sido objeto de renovación por parte de las revoluciones. Pero, a pesar de lo lejos que aparentemente se ubican las ideas anticapitalistas y las de los grandes tiburones de Wall Street, sus bases discursivas son idénticas. Tan solo la doctrina marxista fue capaz de abrir un espacio de pensamiento no coincidente con las tesis liberales; espacio de pensamiento que, por desgracia, está hoy en día en fase de aniquilamiento, y que la oficialidad neoliberal ha marginado a un espacio que colinda con la locura.

Como hemos dicho, la democracia posee un efecto limitado sobre el sistema de control de la sociedad. La Revolución no actúa sobre él, sino que lo transforma. Parece que no queda, pues, posibilidad alguna de que las personas puedan escapar a la alienación que exige la sociedad. Sin embargo, no olvidemos que la sociedad es un conjunto de personas individuales. Un conjunto que nunca jamás podrá ser regido por leyes todo-racionales, por mucho que hayan tratado de probar lo contrario los anarquistas, libertarianos y comunistas. A la dualidad entrópica-antientrópica en la que se desenvuelve la sociedad, cabe añadir la dualidad racional-irracional de los seres humanos. Éstos no actúan siempre guiados por la razón, sino que en sus acciones juegan un papel muy importante las emociones. Emociones que, aunque no siempre, escapan al ferreo control de la sociedad. Son las emociones lo que lleva a la persona individual a superar ese “personaje” social al que está obligado interpretar. Son esas mismas emociones, en parte, la causa de que, junto a las tecnologías del deber y del poder, también se toleren unas tecnologías del permitir. Las emociones superan el ámbito discursivo oficial, aunque no siempre la persona se atreva a manifestarlas abiertamente. Por último, las emociones tienen porqué aceptar las leyes que la Política impone, por muy democráticas que sean, ni las del Mercado o la Tradición, por inexorables que parezcan.

Las emociones, como manifestación del lado irracional del ser humano, son la clara señal de que, no importa lo rígida o inflexible que sea una sociedad, que el individuo siempre poseerá una singularidad y una independencia que ningún sistema de control podrá jamás arrebatar.

3 comentarios en “Control social y emoción

  1. […] A lo largo de decenas de miles de años los seres humanos hemos vivido en sociedades humanas, todas ellas desiguales e injustas, pero también más o menos estables. Tan solo cortos momentos de desequilibrio (guerras, revoluciones, desastres medioambientales) han puesto en jaque a estas comunidades e, incluso, han llegado a destruirlas. Pero, a pesar de la intensidad y emoción con la que se viven las crisis, los tiempos interregnum son, en realidad, una muy pequeña porción de la historia de una sociedad. Si sucediera lo contrario, si la inestabilidad fuera la nota predominante, se perdería el potencial de producción de excedente y, así, la sociedad perecería víctima de su incapacidad de crear cultura. Una comunidad, por lo tanto, se constituye, se establece y pervive  cuando es capaz de neutralizar las fuerzas que tienden a segregarla; esto es, la individualidad, la irracionalidad, el yo-no-social. En otras palabras: una sociedad se constituye como tal cuando es capaz de establecer un sistema de control social. […]

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