La Singularidad y los modelos complejos

La singularidad tecnológica es el advenimiento hipotético de inteligencia artificial general. La singularidad tecnológica implica que un equipo de cómputo, red informática, o un robot podrían ser capaces de auto-mejorarse recursivamente, o en el diseño y construcción de computadoras o robots mejores que él mismo. Se dice que las repeticiones de este ciclo probablemente darían lugar a un efecto fuera de control -una explosión de inteligencia-​ donde las máquinas inteligentes podrían diseñar generaciones de máquinas sucesivamente más potentes. La creación de inteligencia sería muy superior al control y la capacidad intelectual humana.
Fuente: Wikipedia

Somos humanos. Necesitamos predecir el futuro. Antiguamente se echaba mano de los oráculos, pitonisos y brujos. Aún hoy en día ciertas profecías, generalmente dentro de un contexto religioso, son consideradas como válidas por muchos fieles (como, por ejemplo, las profecías de Nostradamus y de Fátima, o el mismísimo fin del mundo detallado en el Apocalipsis). Sin embargo, desde el advenimiento del Racionalismo, allá en la Edad Moderna, los científicos y filósofos rechazan estos métodos de adivinamiento. Consideran que las predicciones acerca de nuestro futuro deben ser realizadas siguiendo criterios racionales, esto es, analizando los datos presentes, comparándolos con los pasados y, a partir de complejos cálculos de interacciones multivariantes,  obtener un resultado satisfactorio que, en este caso, no es otro que una predicción. Es lo que se llama modelo.

Uno de los temas acerca del futuro más comentado en los corrillos tecnológicos es el supuesto advenimiento de la Singularidad: ese momento en el que las máquinas sean capaces por sí solas de autocrearse y automejorarse y, por lo tanto, superen las barreras de control impuestas por los humanos. Desde un punto de vista científico, se trata de un tema muy interesante, pues la Singularidad exigiría una importante dosis de innovación y la necesidad de un conocimiento muy exhaustivo de las tecnologías de pensamiento y aprehensión. La literatura y el cine han aprovechado la Singularidad en cientos de obras futuristas que muestran una humanidad sometida al imperio de las máquinas (The Matrix).

Nada que reprochar a aquellos que trabajan y viven alrededor del concepto de la amenaza de la Singularidad. Como es humano preocuparse por el futuro, también es humano escudriñar potenciales enemigos que nos puedan superar en capacidad tecnológica e inteligencia y, por lo tanto, bien esclavizarnos y dominarnos, bien eliminarnos de la faz de la Tierra. De hecho, esa es una de las metas de la búsqueda de vida extraterrestre: conjurar la amenaza del advenimiento de una posible raza superior de alienígenas. Ahora bien, el problema viene cuando la Singularidad está cerca o, con otras palabras, cuando ponemos fecha y hora a la llegada de tal acontecimiento. ¿Por qué la llegada de la Singularidad se producirá en 2045, y no antes ni después?

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Moore’s Law Transistor Count 1971-2016

Esta predicción no ha sido realizada con bolas de cristal o cartas de tarot, sino que es el fruto de un complejo cálculo en el que se tienen en cuenta ciertas variables que influyen en la adquisición y desarrollo de inteligencia artificial. Una de estas variables es, por ejemplo, la ley de Moore, que explica cómo  el número de transistores incluidos en la fabricación de un ordenador se duplican cada dos años. Y, a mayor número de transistores, mayor capacidad y rapidez de cálculo. Hecho que se considera imprescindible para la consecución de la Singularidad.

Los modelos sobre los que se basan estas predicciones solo pueden tener en cuenta aquellas variables conocidas y controladas que afectan al objeto de predicción. La ley de Moore es una variable conocida (por lo menos, se supone que la inteligencia artificial precisa de sistemas ultrarrápidos y eficientes de cálculo numérico) y controlable (puede ser medida, registrada, clasificada y comparada). Sin embargo existen otras variables que no pueden ser incluidas en la ecuación del modelo de predicción. Algunas, que son conocidas, no se incluyen en el cálculo porque, simplemente, no existen ni tecnología ni medios para su medición, registro, clasificación y comparación. Así, por ejemplo, se sabe que la inteligencia humana no puede ser reducida a un simple coeficiente de inteligencia obtenido a través de unos tests. Se sabe de su existencia, pero su comprensión es limitada. Así, no puede compararse realmente la inteligencia humana con una supuesta inteligencia computacional y, por ende, se trata de una variable que no puede incluirse en la ecuación predicitiva de la Singularidad.

Por otra parte existen variables ignoradas que, de conocerse, tendrían una influencia definitiva en el modelo. Como no existen, por lo menos, desde un punto de vista científico, no se pueden tener en consideración.

Las variables controlables, no controlables y desconocidas existen en el momento en el que se diseña el modelo. Evidentes o no, existen cuando el grupo de científicos realiza el complejo cálculo multivariante con el que predecirá el destino de la Humanidad. Pero, aunque se diera el caso que todas esas variables pudieran entrar en esa ecuación, que todas fueran conocidas, controlables y transformadas en un número, el resultado no sería del todo fiable. Porque todas ellas solo constituyen una parte del fenómeno futuro, que es lo predecible, esto es, el conjunto de procesos preexistentes y necesarios para que se produzca un suceso.

Además de lo predecible, también existe una parte impredecible que va a influir decisivamente en el fenómeno. Lo impredecible surge del azar, de novo, sin necesidad de que existan en el ambiente componentes preexistentes que le den forma y contenido.

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Los modelos solo pueden controlar una pequeña parte de los sucesos que van a influir en el futuro. De ahí que su capacidad de predicción sea similar a la del adivino de circo. En el caso de la Singularidad, se está tratando de mostrar un futuro, tal vez desolador, tal vez feliz, en el cual el ser humano se convertirá, bien en una marioneta de las máquinas, bien en un ser todopoderoso cuya única labor será la de pulsar el botón de encendido y apagado de esas supuestas superinteligencias artificiales. Y para ello, se basan única y exclusivamente en unos pocos parámetros que tienen que ver más con la tecnología que hoy en día se está desarrollando (supercalculadoras, sistemas con capacidad de autoaprendizaje…) que con la verdadera y real definición de inteligencia.

Hace medio siglo los modelos que calculaban la realidad del ser humano para principios del III milenio indicaban que ya, para entones, se habrían establecido colonias en otros planetas del sistema solar (sobre todo en Marte). Para ello tenían en cuenta el espectacular avance que la tecnología aeroespacial había sufrido en doce años, desde el lanzamiento del Sputnik I, en 1957, hasta la llegada de Neil Armstrong a la Luna, en 1969. Sin embargo, a fecha de hoy, la situación es otra. Por no ir, no se va ni a nuestro satélite vecino. Incluso la mayor potencia mundial, que es EEUU, ha perdido la capacidad de envío de misiones tripuladas al espacio. Tan solo Rusia, y tal vez China, poseen el equipamiento necesario para transportar astronautas al espacio de modo regular. Marte es una quimera, un sueño que se sabe imposible. ¿Qué falló en ese modelo que predecía una humanidad vagando felizmente por el Universo? Pues falló que solo tenía en cuenta ciertas variables. Se despreciaron incluso algunas que sí se conocían, y sí podían ser calculadas (como el impacto económico de enviar una misión tripulada a Marte, teniendo en cuenta del oneroso dispendio del proyecto Apolo). Por ejemplo, no se pensó que, una vez enviados unos astronautas a Marte, estos tenían que volver (y si es posible, sanos y salvos). Pero Marte se trata de un planeta similar a la Tierra, con una gravedad y una atmósfera que hay que salvar para reintegrarse al espacio. Esa tecnología no existía entonces (no era necesaria, pues las misiones tripuladas trabajaban en ambientes de gravedad casi cero) ni existe ahora.

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Concorde. Fotografía de Eduard Marmet.

Otro ejemplo de modelo fallido podemos encontrarlo en la industria aeronáutica. El Concorde, que realizaba vuelos comerciales transatlánticos a velocidad supersónica, hacía suponer que, en el futuro, que es hoy, cualquier distancia entre dos puntos cualesquiera de la Tierra podría ser cruzada en menos de dos horas, gracias a la implementación comercial de vuelos suborbitales (con aviones del tipo North American X-15). Hoy, en realidad, ya no existen vuelos comerciales supersónicos. El Concorde resultaba muy atractivo, pero a la postre era un cacharro muy poco rentable. Curiosamente, los modelos predictivos de transportes ultrarrápidos han abandonado la variable aérea (vuelos supersónicos o suborbitales) y recurren ahora a otras tecnologías mucho menos desarrolladas, con límites y fronteras poco definidos y, por lo tanto, con mayor tolerancia a la fantasía. El Hyperloop es uno de ellos.

Como conclusión, no creo que la Singularidad llegue en 2045. Tampoco que el Hyperloop sea el medio de transporte del futuro. Sin embargo, las visiones tanto de una como otro permiten a los científicos y tecnólogos poner un horizonte, un objetivo, hacia los cuales dirigir sus esfuerzos. También son un instrumento ágil y atractivo para comunicar a los legos tanto los avances de la ciencia como las proyecciones futuras de la misma. Sin embargo, los modelos predictivos son lo que son y fallan lo que fallan. Sus resultados hay que tomarlos con cautela. Y todas las acciones políticas y sociales que se implementen en base a los resultados de estos modelos deben ser, ante todo, mesuradas, supervisables y, sobre todo, reversibles: no sea que hayamos tomado decisiones políticas erróneas basados en predicciones inexactas.

3 comentarios en “La Singularidad y los modelos complejos

  1. […] Una de las reacciones más humanas que surge en momentos como el que vivimos es el de la búsqueda de culpables de la crisis que asola nuestras casas, calles, empresas y hospitales. Y, como no, solemos encontrar a nuestros chivos expiatorios en las figuras de los políticos que tienen que dar la cara día tras día en los medios de comunicación, además de tomar decisiones a veces drásticas e impopulares; pocas exitosas, muchas inefectivas y, todas, desde la incertidumbre. En el mundo en el que nos ha tocado vivir, poseemos unos excelentes sistemas de salud y de control de epidemias. Excelentes pero imperfectos: no podía ser de otro modo. Aunque los sistemas digitales y los algoritmos que cada vez más controlan nuestro día a día se afanen en convencernos de lo contrario, la vida humana no puede reducirse a hechos y acciones que puedan manejarse desde la no-contradicción aristotélica o el racionalismo cartesiano más estricto. Nuestros sistemas no son infalibles. El futuro no se controla a través de modelos complejos de predicción. […]

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