La democracia de la Élite

In real markets, agents make bad choices. They are often ignorant, misinformed, and irrational. Yet, markets tend to punish agents for making bad choices, and they tend to learn from their mistakes. For instance, if you fail to pay your bills, your credit rating declines and you have a harder time getting loans. If you fail to do research and buy an unreliable car, you suffer from repair bills. In contrast, when people in government make bad choices, the political process almost never punishes them. Studies show that voters are terrible at retrospective voting—they do not know whom to blame for bad government—and so politicians are not punished for making bad choices.
Jason Brennan, Libertarianism: What Everyone Needs to Know

En democracia existe una actitud, universalmente humana diría yo, de desacreditar a los votantes de opciones contrarias a las nuestras: que si los que votaron a favor del Brexit son viejos, que si los que votaron al PP en Galicia en las elecciones de 2016 vivían en el campo, y no en las ciudades (misma imputación que se ha vertido a los votantes del PSOE en las elecciones andaluzas de 2018)… Al final estas acusaciones tienen un solo objetivo: situar la capacidad de razonamiento político del votante contrario uno o dos peldaños por debajo del nuestro. Si son viejos, es que muchos ya están demenciados y, los que conserva algo de raciocinio, son unos egoístas que solo piensan por sus pensiones. Si viven en pueblos o ciudades pequeñas, son unos paletos, ignorantes y, por lo tanto, más manipulables que nosotros, cultos votantes de ciudades cosmopolitas.

pptwit
Tweet aparecido tras la victoria del PP en las elecciones gallegas de 2016. Fuente: Minutodigital

La democracia liberal que hemos adquirido a lo largo de los dos últimos siglos en Europa ofrece voz y voto a todos y cada uno de los ciudadanos, independientemente de status económico, cultura, sexo, raza, religión… Cuando ya pocas barreras quedaban por derribar, se aprobó una ley en España que permite participar en las elecciones a los discapacitados mentales. Pero no siempre ha sido así. Hasta la II República las mujeres no podían participar en unas elecciones. Y si pudieron votar, no fue gracias a los votos de algunos partidos de izquierda presentes en aquellas Cortes Constituyentes de 1931, pues estos consideraban a la mujer como un objeto altamente manipulable por curas y obispos, y que, indefectiblemente, votarían a la derecha. Otro ejemplo de esta no universalidad del sufragio se puede ver en Francia, ya que, hasta 1848, el derecho a voto dependía del nivel de ingresos (o de los impuestos que se declaraban), de modo que aquellos ciudadanos que no alcanzaban ciertas cuotas eran desprovistos de ese derecho.

El sufragio universal es incómodo. Para todos. Izquierda o derecha. Liberales o conservadores. De pueblo o ciudad. Los resultados de unas elecciones visibilizan ciertos aspectos de la vida social que pueden resultar desagradables según los ojos de quien mire: la victoria de la izquierda alternativa en grandes capitales (Municipales 2015), el surgimiento de la extrema derecha en Andalucía (Autonómicas 2018), el frente de bloques constitucionalista e independentista en Cataluña (Autonómicas 2017)… Es por ello que hay quien aboga de recortar el derecho a voto, de modo que solo voten en las elecciones aquellos que “lo merecen”. Y por “merecer” se pueden dar tantas variantes como opciones políticas existan (cada opción considerará que algunos “mereceres” son más merecidos que los otros, en función de sus intereses).

La epistocracia es un concepto acuñado por el filósofo libertariano Jason Brennan, que lo define como “un sistema en el cual sólo pueden ejercer el derecho a voto por sufragio electoral aquellas personas que tengan cierto conocimiento sobre Ciencias Sociales y se encuentren lo menos sesgados posibles”. Con ello este filósofo quiere asegurar que la decisión que salga de las urnas será la mejor para todos. Llama la atención en esta definición dos conceptos: “Ciencias Sociales” y “menos sesgados posibles”. ¿Por qué Ciencias Sociales? ¿Aquellos que están doctorados en Políticas o Sociología son capaces de tomar decisiones más válidas que los que somos legos en esas disciplinas? ¿Cómo es posible que las cúpulas de todos los partidos políticos, independientemente de su signo político, estén saturadas de licenciados en Derecho, Ciencias Políticas y otras Ciencias Sociales? ¿No deberían estar “todos a una” agrupados en un único partido “correcto”? ¿Y cómo se mide el “sesgo”? ¿Qué base paradigmática se utilizara para calcularlos? ¿El árbitro será un marxista, un objetivista, un socialista o un fascista?… Tarde o temprano, el resultado de la instauración de ese régimen epistocrático acabaría en una oligarquía: primero, porque se institucionalizaría una lectura única, oficial y “no sesgada” de las Ciencias Sociales, de obligado cumplimiento si se quiere participar en política; y segundo, porque el acceso a esas ciencias políticas se iría limitando paulatinamente a una élite, dejando la mayoría de la ciudadanía sin opción de sufragio.

Cuando leo opiniones como las de Jason Brennan me acuerdo de la escena de la película “Lo que queda del día”, donde un político (señor Spencer) deja en evidencia al mayordomo (señor Stevens) en asuntos de alta política y utiliza la ignorancia de éste para corroborar su tesis de que la plebe no debe inmiscuirse en esos temas:

En un anterior artículo se discutió acerca de la tendencia actual de exigir políticos prometeicos, perfectos, con estudios en universidades prestigiosas, experiencia en ámbitos privados y altas esferas, así como el dominio de cuantas más lenguas mejor. Guapos, jóvenes, de cuerpos atléticos: Emmanuel Macron, Pedro Sánchez, Justin Trudeau, Jacinda Ardern… que serían el contrapunto liberal del otro perfil en boga en el panorama político internacional, y que es el de los machos brutos: Donald Trump, Quim Torra, Mateo Salvini, Vladimir Putin…  En aquel artículo se explicaba la diferencia entre técnica y política, entre el conocimiento sosegado y profundo de un tema técnico y la imposibilidad de trasladar a la esfera política esos conocimientos y esas acciones. La política es la toma de acciones en la incertidumbre; la técnica es la toma de decisiones en la certidumbre. Es por ello que los tecnócratas, como Emmanuel Macron, pueden fracasar estrepitosamente, pues tratarán de llevar a la práctica política aquellas acciones que tan buenos resultados le han reportado en el ámbito reducido y limitado de los asuntos que ellos tan bien conocen (como puede ser, por ejemplo en el caso de Macron, la banca).

 

Foucault_ForSite
Foucault en Teheran. 1978. Fuente: https://philitt.fr/2017/11/29/la-modernite-tragique-de-michel-foucault/

La epistocracia da un paso más allá de esta tecnocracia prometeica que acabamos de describir. A partir de ahora, ya no solo los elegibles tendrán que cumplir unos requisitos curriculares. Los electores también deberán demostrar que son dignos de introducir un voto en la urna. Que tienen conocimientos suficientes como para “no meter la pata” y elegir al candidato correcto. Pero, por suerte o por desgracia, el conocimiento teórico en Ciencias Humanas no va eliminar la posibilidad de que el político que elijamos sea un zoquete inexperto. O peor aún, un fanático salvaje. El mismísimo Michel Foucault, gran filósofo y estudioso de los sistemas de pensamiento, fue embelesado por el ayatolah Jomeini quien, tras el derrocamiento del Sha de Persia, instauró un terrible régimen autoritario en Irán. Es cierto que el Jomeini de los años de exilio en Francia no tenía nada que ver con el fanático autócrata que luego resultó ser. Y que la dictadura del Sha no era ciertamente un edén paradisíaco donde todos los súbditos persas vivieran confortablemente. Pero Michel Foucault, eminencia en Ciencias Humanas, experto como nadie lo ha sido en los sesgos discursivos y en la lectura más-allá-del-texto, eligió mal. “Votó” erróneamente. Dio su apoyo al Diablo. Y, como Foucault, cualquiera de nosotros, por muy doctos y conocedores del mundo en el que vivimos nos supongamos, no estamos libres de caer en el mismo error que él. Así que, si hemos de meter la pata, hagámoslo de manera plural y ecuménica. Los éxitos sabrán mejor cuanto con más se compartan. Y las culpas se disiparán más cuantos más votantes hayamos sido engañados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s