Tecnologías del permitir en el cristianismo

Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia;soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.
Colosenses 3:12-13

Hemos definido las tecnologías del permitir como aquellos elementos que alivian en cierto modo el férreo control social al que se ve atada la persona por el hecho de vivir en sociedad. Frente a las tecnologías del deber y del poder, se sitúan un conjunto de procedimientos, muchos de ellos no-conscientes, no-verbalizables, que limitan los efectos deletéreos (marginación, alienación, daño físico…) al que se podría verse sometida una persona que sea incapaz de cumplir con las cuotas de deber y poder establecidas en su sociedad.

Las tecnologías del permitir son per se negativas; no pueden existir de modo aislado. Precisan que, junto a ellas, se coloque una tecnología positiva (del deber o del poder), a la cual se oponga. Yo “debo hacer” y “se me permite no deber hacer todo bien”; yo “puedo ser” y “se me permite no serlo aquí y ahora”. Pero no existe la permisividad pura, pues sin objeto al que oponerse, las tecnologías del permitir situarían a la persona en absoluta libertad para-consigo y sin-los-otros. Cuando, a nivel teórico, se diseñan modelos prototípicos de sociedades, se pueden construir sociedades de la obediencia (en las que la persona esté sometida al imperio del deber) y del rendimiento (donde las tecnologías del poder ocupen todo el espacio de control social). Sin embargo, no hay lugar para una sociedad del permitir, pues esa sociedad, de existir, se escindiría, desaparecida nada más haberse constituido.

En la historia se ha dado, por lo menos, un intento de dar cuerpo y sustancia propia a las tecnologías del permitir. Jesucristo, a través de la institución del perdón como elemento conformador de la persona humana, consiguió, en parte, positivar las tecnologías del permitir. Por una parte, dio nombre y forma a alguna de esas tecnologías (misericordia, compasión, piedad) y le atribuyó un valor moral superior al deber, a la obligación de cumplir con leyes terrenas y divinas. Por otra parte, desalienó al perdón del mal que éste “permite haber sucedido”, de modo que permitir, deber y poder fueron considerados elementos independientes entre sí. En el Cristianismo o, por lo menos en los tiempos míticos de su fundación, el perdón existía independientemente del pecado o del error cometido. Así, la confesión del pecado en la fe católica sirve para aliviar el fardo de culpa que carga el pecador sobre las espaldas de su conciencia. Y, como humanos e imperfectos que somos, vivimos en constante peligro de pecar, por lo que el perdón debe vigilar y permanecer presente en todo momento de nuestra existencia. Las tecnologías del permitir ya no necesitan de un deber o un poder para tener corporeidad plena: constituyen una continuidad temporal en la vida del creyente.

Sin embargo, esta positividad de las tecnologías del permitir no va durar mucho en el seno de la Cristiandad. La “artimaña” epistemológica de Jesucristo es útil en sociedades premodernas, esto es, donde las tecnologías del deber se conjugan con el verbo “hacer”. El pecado, en esas sociedades, es acto-en-apariencia. En el “Yo confieso” de la liturgia católica se dice “Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Esto es: el pensamiento, la palabra, la obra o la omisión que “he hecho” ha estado mal. Reconozco el mal de mis actos (mentales o físicos) y pido perdón por ellos. El Dios premoderno se fija tan solo en los productos del hombre, en sus “haceres” externos. Las leyes que incumben a la religión y a la moral estipulan los actos buenos y los actos malos. Pero, por mucho poder que se le atribuya, el Dios  premoderno no dista mucho de los dioses del Politeismo: como no son capaces de llegar a lo más profundo de la psique humana, pueden ser engañados. Así, mis actos pueden resultar externamente maravillosos, pero mi esencia como persona tal vez resulta venenosa y maligna.

La Reforma de Lutero va a ampliar los poderes divinos: ya no basta con hacer buenas acciones; ahora habrá que “ser” bueno. Dios recibe de manos de la Modernidad unas “gafas” que pueden penetrar en los resortes más profundos del alma humana. Ya no vale con parecer bueno, ahora hay que realmente serlo. La misericordia cristiana pierde fuerza con esta visión ampliada de los poderes divinos: ¿de qué vale que se me perdone el mal cometido en un acto si, en verdad, soy una persona abyecta? ¿Qué funciones le restan al sacramento de la confesión una vez que nuestras almas están predestinadas al bien o al mal? En la Modernidad las tecnologías del permitir vuelven a su lugar original, y que es la negatividad, la no existencia propia.

La pérdida de positividad de las tecnologías del permitir se verá parcialmente compensada con la preeminencia durante la Modernidad de las tecnologías del poder sobre las del deber. Porque, por muy abyecto que yo sea, siempre tengo margen de mejora: “puedo” llegar a ser mejor. El final del estatismo del universo antiguo y el giro copernicano ofrecerán a la persona la esperanza de, con la fuerza de su voluntad, alcanzará cotas más altas de virtud.

antiguedad mdoerndiad

Tal vez queda, en el catolicismo, algo de ese esfuerzo primitivo por entregar al “permitir” un espacio propio de existencia. Sin embargo, esa positividad era posible en una sociedad de la obligación en la que se juzgaban elementos visibles, exteriores a la persona (sus actos), pero no en una del rendimiento en la que se fija la atención en la “autenticidad” interior de cada persona. El Dios Antiguo toleraba la hipocresía; después de Lutero, la juzgará como el vicio más abominable.

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