El totalitarismo como intento monopolizador del control social

La sociedad humana, como producto híbrido de la cultura y la genética que es, necesita de unos elementos de control que van más allá de lo que nos puede ofrecer la naturaleza con la información recogida en el código genético. En este blog hemos trazado una clasificación de estos elementos de control social, en la que los dividíamos en un estrato subconsciente (tecnologías del poder, deber y permitir), un estrato preconsciente (Discurso) y, por último, un estrato consciente (Tradición, Política y Mercado). Por supuesto que esta clasificación, como cualquiera que se precie, toma unas referencias y deshecha otras, por lo que bien podría haber presentado otras hechuras, niveles y conceptualizaciones. Pero lo interesante de esta clasificación del control social es que permite visualizar los límites de la acción política para con la sociedad. La Política influye de manera manifiesta sobre la Tradición y el Mercado. Pero, a la vez, Tradición y Mercado son capaces de controlar y condicionar la acción de la Política.

Indudablemente, aunque la Política se asienta sobre un concepto de poder vertical (de unos pocos hacia/para/contra unos muchos), es el poder horizontal (el Poder con mayúsculas), quien tolera y permite la constitución de esa pirámide de autoridad. Y, con ello, Política y Discurso, Discurso y Política, entablarán una relación que va a ser definitiva y definitoria para su construcción y renovación.

La Política no es capaz de ejercer dominio sobre todas las áreas de control social. Presenta limitaciones inherentes a su definición (es un órgano creado por personas y, por lo tanto, desprovisto de omnipresencia y totipotencia), y a la escasa área de jurisdicción que le ha sido asignada. Pero, además, las influencias que la Tradición y el Mercado ejercen sobre la propia Política van a frenar y acotarla. La acción política en las democracias liberales posee una inmensa capacidad de controlar ciertos aspectos de la vida en sociedad a través de las leyes y del monopolio de la violencia. Pero, por muchas leyes promulgadas, y por muchos castigos ejemplares se sentencien, habrá siempre acciones acometidas por las personas que quedarán fuera de su ámbito de control.

En la Antigüedad y los primeros tiempos de la Modernidad, la Política se dedicaba a la Política. El tirano ejercía su poder absoluto a través de la promulgación de leyes escritas a la medida de sus necesidades, así como gracias a un sistema de coerción violenta que permitía castigar a los infractores de dichas leyes. Algunos grandes pensadores políticos modernos, como Montesquieu, pusieron como objetivo  la modificación de esas leyes del tirano, injustas para todos, pero sobre todo discriminatorias, como elemento necesario y suficiente para alcanzar cotas más altas de justicia social. Otros filósofos de la época, como Rousseau, no otorgaban a las leyes tanto poder, y no las consideraban elementos “suficientes” (tal vez sí necesarios). Por unas u otras razones históricas, Montesquieu prevaleció sobre Rousseau durante las primeras revoluciones políticas modernas. Así, todo el ímpetu de cambio de las protodemocracias liberales se centró en las leyes y en la Política. De ahí, que en la actualidad, las democracias liberales tengan ese “algo” incompleto, insatisfactorio, imperfecto, pues la democracia que éstos gobiernos aseguran o quieren asegurar solo afecta a una pequeña (pero importante) fracción del control social.

Algo sucedió durante los siglos XIX y XX. Y esto fue la construcción de la Historia como verdadera ciencia humana. Los datos que se recogían de tiempos pasados y que, hasta entonces, revoloteaban anárquicamente por los anaqueles de los doctos y eruditos, fueron entonces, depurados, clasificados y compartimentalizados. Y, dependiendo de la sistemática, metodología y, por qué no, también ideología, la Historia tomó diferentes carices y enfoques. Así, desde la facción historicista de esta nueva disciplina, se comenzaron a analizar las tradiciones, los prejuicios y los elementos culturales supuestamente inherentes a cada sociedad, de modo que se actualizó y se le ofreció soporte científico a la segregación cultural, a la estanqueidad de las naciones y, junto a descubrimientos en el área de la biología (Darwin, Mendel…), al racismo moderno. La ciencia histórica aprendió a manipular la Tradición, a generar mitos fundacionales de naciones allá donde nunca se había visto uno; a pergeñar justificaciones que permitieran a los gobiernos actuar “en nombre de la nación” o, mucho mejor “en nombre de la voluntad del pueblo”.

Otra transformación clave de estos dos siglos consistió en el nacimiento de la ciencia económica, y la preponderancia del capitalismo como sistema universal de intercambio de bienes y capitales. Adam Smith, entre otros, fue capaz de vislumbrar el Mercado como elemento independiente del gobierno, de la Política, con sus propias leyes, sus propios recursos. Para Karl Marx, quien al contrario de Adam Smith, fijó su atención más en el proceso (trabajo) que en el producto (excedente), el Mercado era un motor dialéctico de transformación de las sociedades. La fuerza del Mercado era tal para Marx que, tal vez por primera vez en la historia del pensamiento europeo, la Política, tan venerada hasta entonces por los revolucionarios liberales, quedaba relegada a un segundo plano. Un pensamiento que, de un modo u otro, también han aplicado los políticos neoliberales contemporáneos. El Mercado se emancipaba así de la Política.

 Los tiranos solo se habían preocupado hasta entonces de la Política. Los revolucionarios modernos también. Sus tiranías y sus democracias habían resultado siempre imperfectas, inestables, frágiles. Pero, con el conocimiento adquirido a lo largo del siglo XIX y parte del XX se constituyó un movimiento totalitarista que trató de llevar a la Política más allá de los poderes y atribuciones que habían sido asignados por sus predecesores. Si hay algo que diferencia a los estados totalitarios de las antiguas dictaduras, esto es el intento, por parte del gobierno, de dominar todos los elementos conscientes del control social: la Política, la Tradición, el Mercado.

El gobierno de las personas hacia/para/contra las personas siempre ha sido el elemento más visible en este sistema de control, y también el más accesible. A través de unas elecciones democráticas o, en su defecto, por un golpe de estado o una invasión militar, un grupo de individuos toma el control de las instituciones políticas: de las leyes y de los sistemas de coerción que estas leyes justifican. Lo que va a diferenciar a estos dictadores de los antiguos tiranos es el contenido ideológico de su puesta en escena: previamente han manipulado, mediante las hábiles malas artes de los historiadores que comen de sus manos, la historia de la nación: sus mitos fundacionales, sus héroes y villanos, la justificación de la existencia (y superioridad) de ese estado-nación, en comparación con los estados-nación vecinos. La Tradición, hasta entonces elemento independiente de la Política, se pone al servicio de la misma a través de esa burda manipulación de la Historia.

La nacionalización de los sistemas de producción será el siguiente paso que den los dictadores totalitarios. Esta nacionalización será bien completa, como sucedió en los estados comunistas, bien se tratará de una tutela paterno-filial de la que los empresarios obtendrán no solo pingües beneficios, sino el respaldo absoluto de los gobernantes (tal como sucedió durante los fascismos europeos). Así, el Mercado queda en manos de la Política.

El totalitarismo fue (y es), por lo tanto, un intento de dominio absoluto de una sociedad mediante el monopolio del estrato consciente de control social: Política, Mercado y Tradición. De este modo la sensación de robustez y potencia estatal era mucho mayor que el de las débiles y pazguatas democracias liberales, o de las tiranías de corte antiguo, donde el propio dictador era la persona más tiranizada. No es de extrañar, por lo tanto, las admiraciones que en su día despertaron (y despiertan) esos regímenes cuyo campo de acción iba más allá de la mera acción política: eran capaces de inmiscuirse en todos y cada uno de los asuntos que afectaban a la sociedad. No es de extrañar, tampoco, que en algunos ciclos políticos de nuestra postmodernidad aparezcan movimientos ideológicos que propugnen un sistema totalitario. Suele suceder en momentos de incertidumbre, crisis, indignación mal vehiculizada…

Pero hay dos elementos que los regímenes totalitarios no pudieron controlar. El primero fue el Discurso, la episteme, el conjunto de saberes que maneja una sociedad, y que ofrece un marco de verdad. Éste está regido por el Poder, poder horizontal y, por muy omnipotente sea el poder vertical que ejercen los dictadores totalitarios, nunca podrán llegar a manipular todo este conjunto de datos e información. Tal vez, hoy en día, con el big-data, los metaanálisis, los modelos complejos de predicción y la ciencia Google, el Discurso esté más cerca de caer en manos de un poder vertical, de una o unas instituciones (políticos, empresas…), pero nunca podrá ser manejado y manipulado en su completitud. El segundo, es la emoción de la persona, aquella parte del ser humano que está al margen del yo-social, aquellos pensamientos, creencias y experiencias propias y personales, muchas veces imposibles de compartir, y que se escapan a todos estos sistemas de control social. Discurso y emoción garantizan que la Política, a su pesar, nunca será capaz de manejar todos y cada uno de los resortes de la sociedad y, siempre, dejará un poso de completitud, insatisfacción y decepción.

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