Poder vertical

Que las  otras naciones sean tributarias, no de vuestra autoridad política, no de vuestro gobierno, sino de vuestros talentos y vuestras luces; y forzadlas a sumisión por vuestras buenas acciones.  Existe una dictadura para los pueblos que no repugna a aquellos que se someten a ella; es la dictadura del genio. Convocad pues al genio ante vosotros; establecerlo en vuestro territorio, para que así ejerza su propio poder y reine por su influencia; que él encuentre templos entre vosotros, y que los pueblos que os rodean acudan a adorarle y servirle.
François-Antoine Boissy d’Anglas.

La sociedad humana se aleja de la naturaleza. Utiliza normas y leyes propias, no definidas en el sistema de almacenamiento y transmisión propio de esta: el código genético. Normas y leyes que están diseñadas para que la sociedad alcance, con mayor o menor éxito, su objetivo principal, y que es la producción de cultura. Para lograr esa meta, la sociedad debe obtener un excedente de material y, a la vez, generar un gradiente de desigualdad entre sus miembros. Como analizamos en el capítulo anterior, la desigualdad entre personas no se trata de un hecho natural; los rangos de diferencias fisiológicas que se miden entre los seres humanos son muy limitados, si se comparan estos con las tremendas desigualdades culturales que se pueden cuantificar entre los miembros de una misma sociedad. Pero la persona no debería aceptar ese injusto reparto de excedente y de cultura. Y contra ello se rebelará ese pedazo desalienado de la persona que funciona independientemente de la sociedad; llámese éste el yo-no-social o la parte irracional  del individuo.

A lo largo de decenas de miles de años los seres humanos hemos vivido en sociedades humanas, todas ellas desiguales e injustas, pero también más o menos estables. Tan solo cortos momentos de desequilibrio (guerras, revoluciones, desastres medioambientales) han puesto en jaque a estas comunidades e, incluso, han llegado a destruirlas. Pero, a pesar de la intensidad y emoción con la que se viven las crisis, los tiempos interregnum son, en realidad, una muy pequeña porción de la historia de una sociedad. Si sucediera lo contrario, si la inestabilidad fuera la nota predominante, se perdería el potencial de producción de excedente y, así, la sociedad perecería víctima de su incapacidad de crear cultura. Una comunidad, por lo tanto, se constituye, se establece y pervive  cuando es capaz de neutralizar las fuerzas que tienden a segregarla; esto es, la individualidad, la irracionalidad, el yo-no-social. En otras palabras: una sociedad se constituye como tal cuando es capaz de establecer un sistema de control social.

El control es efectivo cuando una persona, o un grupo de personas, cumplen una serie de reglas que, de manera espontánea, nunca estarían dispuestas a observarlas: desde el respeto por la propiedad privada hasta el cumplimiento de las normas de circulación, existe un yo-no-social, un punto de irracionalidad, dentro de cada persona que se niega a aceptarlos. Pero la mayoría de nosotros no robamos, y no nos saltamos un semáforo en rojo.  Porque la violación de estas reglas debe llevar implícito un castigo, sea este físico (privación de libertad, tortura, pena de muerte), pecuniario (resarcimiento económico) o de cualquier otro tipo (como lo puede ser la retirada del carnet de conducir). No hay control sin castigo: no hay control sin violencia. Para que el control sea efectivo, pues, debe existir un agente violento (o potencialmente violento) cuya superioridad sea evidente y notoria para todos los miembros de una comunidad. Y a ese agente lo denominaremos “poder”.

Se puede ejercer el poder de modo vertical, piramidal: desde unos pocos y muy poderosos hacia/con/contra unos muchos y débiles. Es el poder de las instituciones. De las instituciones políticas (gobiernos, ejércitos, policía, jueces); de las instituciones económicas (grandes empresas, latifundistas); de las instituciones tradicionales (iglesias, reuniones de ancianos). Son ellos los que dictan las leyes sobre las que se asienta la sociedad, y las vigilan para que se cumplan. Es un poder que se ejerce desde la visibilidad de su potencial violento; el poder vertical debe mostrarse públicamente ante la sociedad, demostrar de lo que es capaz en caso de que alguien se atreva a quebrantar sus normas. Pero, además deberá también visibilizarse mediante castigos ejemplares: la prisión o la ejecución pública; el despido laboral o el desahucio; la excomunión o el repudio.

Ese poder vertical, tan visible, es un efecto de la desigualdad sobre la que se asienta la sociedad: allá arriba, intocables en sus tronos, se situarían los poderosos, personas imperfectas y mortales, idénticas a las que desde abajo levantan la cabeza para obedecer sus órdenes. La violencia otorga al poder vertical algo de presocial, de salvaje. Aunque esta se practique de forma más o menos edulcorada, tamizada y distorsionada, poco difiere de la que ejercen los animales más fuertes contra los más débiles. Es por ello por lo que el poder vertical no es un objeto puramente cultural, sino que presenta atributos naturales, posiblemente escritos en nuestros genes. El poder vertical no solo es control social, sino también control individual, pues el poderoso no actúa siempre movido por un fin colectivo, sino por intereses absolutamente personales, espureos e irracionales. Sus miedos, caprichos e iras influirán sobremanera en la interpretación que realice en cada momento de su poder. La masa social, la base de la pirámide, no solo contemplará la capacidad de violencia del poderoso, sino también su aleatoriedad y arbitrio. Las instituciones, compuestas por personas, todas ellas con sus componentes racionales e irracionales,  no podrán desligarse de esta tara, lo cual supondrá en muchas ocasiones el descrédito y la desconfianza de una gran parte de la sociedad.

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