Poder horizontal

Además del poder vertical, en las sociedades humanas se da otro tipo de poder, mucho más invisible, y tal vez por ello más eficaz: el poder horizontal o, simplemente, el Poder. Es aquel que es detentado por los yo-sociales de todas las personas que forman una comunidad, y se ejerce hacia/con/contra cada persona. Al contrario del poder vertical, el Poder es ostentado por todos. Sin embargo su distribución no se realiza de manera democrática (esto es, con cuotas de Poder homogéneas), sino más bien parademocrática. Parademocrática porque, aunque todas las personas reciben una cuota de participación en el Poder, habrá quien obtenga una cuota más generosa y quien se tenga que conformar con menudencias. Incluso existe una parte de la sociedad, en teoría minoritaria, a la que se niega su participación alguna sobre este poder. Son los marginados, los desheredaros, los parias.

 A diferencia del poder vertical, la violencia que ejerce el Poder es coactiva-pasiva: cuando los yo-sociales de todos nosotros observan que una amenaza planea sobre la sociedad, estos tratan de neutralizarla mediante la marginación, aislamiento o rechazo del objeto peligroso.

El Poder no es visible: nada ni nadie lo encarna ni lo representa. No posee unas normas o leyes escritas. Se trata de la comunidad humana misma defendiéndose. Defiende esa desigualdad, necesaria para la producción de cultura, y que va más allá de esa división entre poderosos y sometidos, entre ricos y pobres. Defiende el acúmulo de excedente en unas pocas manos. Defiende la necesidad de existencia de productores que no reciban su cuota proporcional de excedente. El Poder defiende a la sociedad, si fuera necesario, incluso de las propias personas que la forman.

¿Cómo se reparten las cuotas de Poder? Michel Foucault introdujo el concepto de episteme como el marco de conocimiento que se adecuaba a una “verdad” impuesta desde un poder. Todo el saber que un individuo o una sociedad utilice o produzca, y que se sitúe fuera de los límites de ese marco, se considerará “incorrecto”, “erróneo”, “falso” o incluso se le expulsará al tenebroso reino de la “idea delirante” de la locura. Michel Foucault atribuyó a las instituciones la capacidad de creación del episteme. Sin embargo, el episteme es un conjunto de saberes demasiado amplio, intrincado, interconectado, flexible con múltiples excepciones. No es rígido, sino adaptativo: su contenido varía continuamente, adecuándose a las necesidades de la sociedad productora de cultura. La episteme no puede ser obra de una institución, por muy poderosa que sea. Esta tan solo es un conjunto de mortales, más o menos capaces, pero limitados e imperfectos, incapaz de una obra tan compleja. Ni siquiera en la actualidad, con los sistemas de ciencia algorítmica que desarrollan los grandes imperios tecnológicos, la episteme puede ser controlada íntegramente por un poder vertical. Por ello, tal vez, al contrario de lo que piensa Foucault (o Edward Said, entre otros), la episteme no es obra de las instituciones, sino más bien de ese sumatorio de yo-sociales que conforman una sociedad, esto es, del poder horizontal. Así, todos participaríamos de su creación y de su modificación, a la vez que nuestra voluntad de saber quedaría definitivamente controlada y estereotipada por esa obra coral. Las instituciones, al detentar una gran cuota de Poder, también influirán efectivamente sobre la episteme, pero nunca llegarán a absorberla y monopolizarla. Eso sí: como las acciones de las instituciones son preclaras a los ojos de la sociedad, sus efectos sobre el episteme también serán evidentes y cuantificables: las instituciones no dominarían la verdad que recoge la episteme, pero sí dejarían una profunda huella visible sobre ella.

La episteme, considerada como guardiana de la verdad que rige una sociedad, no solo enmarcaría el territorio donde una persona puede pensar, crear y utilizar cultura de manera segura, sin que nadie pueda considerarla farsante o loca. También seleccionaría, ordenaría y clasificaría ese conocimiento permitido, de modo que el saber de una sociedad podría jerarquizarse, no solo en “verdadero” o “falso”, sino también “más verdadero” y “menos verdadero”.  Y, a partir de esta jerarquización de la verdad, también se seleccionarían, ordenarían y clasificarían las personas, según su afinidad y cercanía al saber “más verdadero”. La cuota de Poder entregada a cada persona por la sociedad dependería, por lo tanto, de esa graduación. Quien esté más próximo a la verdad de una sociedad, recibirá más Poder. Quien, por el contrario, no represente, no contenga, una sola línea de esa verdad, será condenada a la marginación y a la locura.

No hay duda de que existe una clara relación entre Poder y poder vertical. Las instituciones acaparan unas mayores cuotas de Poder que el resto de la sociedad. La capacidad de influencia sobre el Poder de un gobernante, un potentado o un gurú, es muy superior que el de un ciudadano de a pie. Pero, al contrario del poder vertical, que se ejerce de persona a persona, nadie nunca tendrá tanta cuota de Poder como para controlarlo monopolísticamente. Es más, si los poderosos se colocan en la cima de su poder vertical, es porque el Poder lo permite o, por lo menos, lo tolera. Un tirano, por cruel y poderoso que sea, si no obtiene el beneplácito del Poder, caerá indefectiblemente tarde o temprano, y de su efímero reinado no quedará piedra sobre piedra.

Todo sistema de clasificación es parcial y subjetivo: La posición que ocupa un objeto depende, más que de sus propiedades reales, de los criterios, muchas veces arbitrarios, que se utilizan en la confección de la clasificación. Y así sucede el caso del uso de la verdad social como regla de ordenamiento social. La verdad social no es la Verdad con mayúsculas, absoluta y objetiva, sino una de las muchas verdades parciales y limitadas que pueblan la cultura humana. En una sociedad democrática liberal, como puede ser la española, podríamos considerar que el Poder se rige por los siguientes criterios de verdad social: sexo, raza, nivel económico, profesión, domicilio, religión. Y se juzgaría que están más cerca de esa verdad los hombres, blancos, heterosexuales, de medio-alto poder adquisitivo, con trabajos no manuales, que vivan en ciudades y cuya religión sea la católica, agnóstica o atea. Cuantos más de estos ítems cumpla la persona, más cuota de Poder se le otorgará. No es que el Poder sea masculino (en él participan la misma cantidad de hombres que de mujeres, algo que no sucede, por ejemplo, en el poder institucional), pero sí machista. Y elitista. Y racista. Si es machista, elitista y racista, lo es en función de la desigualdad que el machismo, el elitismo y el racismo son capaces de ofrecer a la sociedad. La mujer negra, bisexual, pobre, empleada del hogar en un pequeño pueblo rural y musulmana seguirá participando del Poder; obtendrá su cuota, al igual que el hombre blanco. Pero su voz, su visibilidad y su capacidad de influencia se verán muy reducidas, casi silenciadas, frente a quien representa prototípicamente esa “persona verdadera” del Poder.

En resumen, los sistemas de control social son aquellos que permiten gobernar el yo-no-social de las personas, y aseguran el excedente y la desigualdad necesarios para la producción de cultura. Se divide en un poder ostensible, casi ostentoso, de unos pocos hacia/con/contra unos muchos, que es el poder vertical. Y un poder más difícil de percibir, menos evidente, de todos hacia/con/contra todos: el poder horizontal, o Poder. Las instituciones detentan el poder vertical. Necesitan no solo un potencial violento que asegure que la masa social obedecerá sus designios, sino también que esa masa social, o el Poder que emana de ella,  tolere, permita,  incluso justifique su existencia.

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