Cultura y Ecología

La tradición europea, vinculada estrechamente con el judeocristianismo, ha considerado al ser humano un ente diferenciado y aislado del mundo natural. Desde las páginas del Génesis, donde la creación del mundo y de hombre y mujer se produce de manera casi independiente, la sociedad ha interiorizado, ya en capas muy profundas del pensamiento, que la naturaleza es un objeto que ha sido puesto en la Tierra para su uso y disfrute. Esta desigualación entre personas y mundo natural (desigualación que coloca a las primeras en una posición de franca superioridad respecto a la segunda) ha permitido la creación de un gradiente de desigualdad y un acúmulo de excedente (“expoliado” de la Naturaleza) con el que desarrollar productos culturales necesarios para alejar a las personas de esa misma Naturaleza. Esto es, que la obtención de recursos no naturales, no inscritos en el cógido genético, y transmitidos tanto horizontal como verticalmente en la sociedad, lo ha sido a expensas del objeto del que se trataba de abandonar.

No todas las sociedades diferencian la Naturaleza y la Humanidad. Los aborígenes australianos, de tradición nómada, tienen como objetivo en la vida dejar el mundo como lo encontraron al nacer. Por lo tanto, toda manipulación del medio ambiente que tenga como objetivo la supervivencia de la persona debe reducirse a lo estrictamente necesario.

Tanto el teocentrismo (el cual sitúa a Dios como el centro de la vida social y política humana, pero otorga a las personas un rol de mediador necesario y directo con él), como el antropocentrismo (donde la persona se despoja de la tutela divina, y pasa a tomar control de la sociedad) separan a la persona de la Naturaleza que le rodea. El ser humano es dueño de la Naturaleza y está en su derecho hacer uso de ella según sus necesidades, sin rendir cuentas a nadie, ni a nada. Salvo a Dios, tal vez.

Ciudades, fábricas, automóviles, consumo masivo de bienes y productos… El ser humano toma todo lo que necesita de la naturaleza, sin sentirse parte de la misma, sin estar obligado a restituir la parte arrebatada. El gradiente cultura-Naturaleza se desestabiliza a favor de la primera y en contra de la segunda. Pero, como en todo sistema cerrado, cuando la Naturaleza alcanza un grado de inestabilidad que suspera sus sistemas reguladores, esta actúa para recuperar de nuevo el equilibrio. El cambio climático es el resultado de ese nuevo juego de equilibrios. Sequías extremas, ciclones, crecidas de ríos, aumento del nivel del mar… Fenómenos que, sin duda alguna, desestabilizan a la Humanidad y su capacidad de produción cultural.

La ecología trata de resituar ese juego de equilibrios entre la cultura y la Naturaleza. El ser humano ya no es “otra cosa” aparte del conjunto de seres vivos que habitan el planeta Tierra. Es parte de esa comunidad. No está en una posición de superioridad tal que se le haya conferido el privilegio de la inmunidad, sino que es un elemento en interrelación con los demás. El daño que se produzca a la Naturaleza, también tendrá consecuencias negativas en la persona.

Es complejo, sin embargo, inculcar este pensamiento ecologista en una sociedad que lleva miles de años instalada en la idea de la Humanidad emancipada de la Naturaleza. Se trata de un paso similar al que durante el siglo XVII dio la sociedad europea cuando aceptó las tesis heliocéntricas y dió carpetazo al movimiento geocéntrico con el que había aprehendido el Universo desde, por lo menos, los tiempos de Ptolomeo. En este caso la Humanidad se observa a sí misma en el centro de la Naturaleza, un centro además aislado de la periferia; un centro estático alrededor del cual gira todo el complejo entramado de la biosfera. La revolución ecológica llegará cuando seamos acapaces de abandonar ese centro inmovil y nos resituemos en esa periferia, armonizados con sus ritmos y movimientos.

Pero, aún así, este giro copernicano nunca podrá ser completo. Porque la Humanidad, para que lo sea, necesita de cultura, y esta cultura es la negación misma de la Naturaleza. El ser humano seguirá degradando, dañando la naturaleza en pos de esa produción de objetos culturales. Necesitará de un gradiente de desigualdad entre cultura y Naturaleza, siempre a favor del primero. Y tendrá que obtener, a partir de recursos naturales, de un excedente que le permita producir cultura. El daño a la Naturaleza no cesará en una sociedad ecologista. Un daño tal vez menor, tal vez inevitable: pero, a fin y acabo, se tratará de una noxa contra la Naturaleza que, irremediablemente, tarde o temprano, nosotros también sufriremos.

La cuestión primordial, por lo tanto, no es plantear la ecología como una cesación de la producción industrial y tecnológica; tal vez ni siquiera pactar un “decrecimiento” que adecue la cultura producida a unas supuestas necesidades sociales. El eje de toda solución entre la Humanidad y la Naturaleza es aceptar, de una vez por todas, que existe una incompatibilidad entre cultura y Naturaleza, que son elementos antihomeostáticos y que, produzcamos como produzcamos, siempre vamos a inestabilizar a la Naturaleza. Y, a partir de la aceptación ese hecho humillante para el ego humano (“no podemos tenerlo todo: o cultura o Naturaleza”), el cual ya está muy dañado tras haber sido expulsado del centro de la “Creación” de la Tierrra, tratar de construir un nuevo modelo de producción cultural. Cuál, lo desconozco, pero está claro que el hiperconsumismo contemporáneo no es, ni de lejos, la opción más deseada.

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