¿Fue la Edad Media más intolerante que la Edad Moderna?

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Festín burlesco. Jan Mandijn (1500-1560)

Ya en el Renacimiento se observaba a la Edad Media como una época oscura y decadente; un largo milenio durante el cual la Humanidad sufrió un retroceso social, cultural y tecnológico. Todavía aún hoy se compara esta con el esplendor de Grecia y Roma, por un lado, y el resurgir de las ciudades europeas durante los siglos XV y XVI, por el otro. De ella tan solo se destacan una supuesta intolerancia religiosa, un control político feudalizante, y un alto grado de analfabetismo, monopolizada la cultura por una todopoderosa Iglesia.

En primer lugar, para realizar una comparativa, previamente hay que establecer unos criterios sobre los cuales generar una graduación. Así, la escala de Mohs, en geología, analiza solamente la dureza de los minerales, dejando otros aspectos físicos aparte. Si solo se tiene en cuenta esta escala, el diamante “dura para siempre” porque es el elemento más duro de la escala. Sin embargo, el diamante es muy frágil, y puede romperse con facilidad (de hecho, gracias a esa propiedad física puede ser tallado y usado en joyería). Tomando una perspectiva un poco más amplia, el diamante no es tan eterno y robusto como puede hacernos pensar una escala de dureza. Lo que sucede en ciencias naturales, también ocurre en ciencias humanas, y en el caso que nos ocupa, en particular, el juicio de valor histórico que realicemos acerca de la Edad Media dependerá, en sobremanera, de qué criterios de comparación elijamos para ello.

Cuando se compara la Edad Media europea y, sobre todo, el feudalismo de la Europa Occidental, con las civilizaciones clásicas de Grecia y Roma, se suele tomar como referencia el mundo metropolitano. Frente a las luminosas Roma y Atenas se sitúan las ciudades despobladas, pobres de la Alta Edad Media. Focos de cultura contra focos de enfermedades epidémicas. La Antigüedad Clásica es urbanita; el Medievo es rural. Sin embargo, nada tan lejos de la realidad: la inmensa mayor parte de la población de las culturas de Roma, Grecia y la Europa Medieval vivían en el campo. Eran agricultores y ganaderos. Mayoritariamente analfabetos. La distribución de las riquezas y del estatus político desigualaba la población, de modo que solo los ciudadanos, patricios y nobles (por ese orden cronológico),  exiguas minorías, disfrutaban de un nivel de vida aceptable.

Quienes consideran a la Antigüedad Clásica superior en artes, suelen tomar de referencia la literatura, la pintura, la escultura. Homero contra Gonzalo de Berceo; los escultores griegos contra las gárgolas medievales; el Panteón de Agripa contra las oscuras iglesias románicas… Pero, ¿realmente se produjo una involución en las artes? Frente al monopolio urbanita de acumulación de arte en las ciudades clásicas ¿no se extendió esta más allá de las metrópolis, hacia modestos burgos, durante los años posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente? Es verdad que la figuración, aparentemente tosca y naíf de los canteros medievales, no puede compararse con la de la Venus de Milo o los frisos del Partenón… ¿pero ello es óbice para considerarlos inferiores? ¿debemos considerar, entonces, inferior el arte abstracto contemporáneo al tenebrismo barroco?

En segundo lugar, tal vez no exista esa ruptura tan clara entre épocas históricas, como tampoco existen aislamiento y hermetismo entre civilizaciones o culturas. La historia se trata de un continuo devenir de la Humanidad, sin transiciones, sin rupturas en el espacio ni en el tiempo, como si la llegada de Cristóbal Colón a América o la Revolución Francesa supusieran un hecho revolucionario donde todo lo previo se destruye y, una vez hecha tabula rasa, se construye una sociedad absolutamente nueva a partir de mimbres absolutamente diferentes. Tal vez no hay un hecho antiguo, medieval o moderno, más allá de los criterios utilizados por los historiadores para clasificar, diferenciar y estratificar espacial y temporalmente los diferentes hechos de la Humanidad. Estos (los historiadores) precisan, como diría Michel Foucault, anudar, entretejer acontecimientos y vidas para así crear un relato continuo-discontinuo, en el que largos momentos de supuesta estabilidad se vean alterados por cortas épocas de revolución. De este modo, y solo de este modo, puede desarrollarse un concepto de historia lineal, un relato en el que se pueda vislumbrar una teleología, un destino, prefijado o no, que dé cierto sentido a nuestra existencia. Pero la concatenación de hechos históricos exige olvidarse de muchos otros; se pierden muchos acontecimientos, muchas vidas, que no se adaptan a esa línea histórica “oficial”. La historia de la Humanidad es en realidad, mucho más disgregante, más expansiva, menos homogénea que los libros de los historiadores nos quieren hacer pensar.

Por último, cuando a veces se habla de “avance y expansión” de cierto hecho social, cultural, político, científico o tecnológico lo que realmente se produce es una “traslación sin expansión”. Un claro ejemplo se puede observar en la sexualidad. La sexualidad premoderna no era menos constreñida que la moderna: simplemente cayeron ciertos tabús que la limitaban: abrieron la sexualidad a nuevos espacios nunca antes explorados. Pero, a la vez, se constituyeron nuevos tabús que censuraron formas sexuales antaño aceptadas. Tal vez, solo durante la Posmodernidad, con la democratización del Poder y el acceso a él de la mujer, no solo se ha traslocado el hecho sexual, sino que también se ha expandido.

La tolerancia social funciona de modo similar a la sexualidad. En la Edad Media se daba cierta permisividad en los mores y costumbres: así, se aceptaba el discurso “loco” y marginal, el cual vivía en la vecindad, o incluso en la misma casa, que el discurso “sano”, el mainstream. Es cierto que era motivo de chanza y de burla, pero el tonto del pueblo vivía en el pueblo. El rey Lear desvariaba en su castillo. Don Quijote paseó su insanidad por todo el territorio español. El discurso diferente se señalaba con el dedo acusador de aquel que se cree que está en el ejercicio de la verdad: se señalaba, pero no se ocultaba, no se le impedía mostrarse en sociedad con sus raídas vestiduras. Todo cambió durante la Edad Moderna y, sobre todo, tras las guerras de la religión. El espiritu de la no-contradicción ganó peso y lo diferente, lo extraño y lo incompatible con el mainstream sufrieron una marginación mucho mayor de la que conocieron durante los tiempos del Medievo y el Renacimiento. Al loco y al marginado se les expulsó de la vida en sociedad. Dejaron de ser el blanco de desprecio porque fueron encerrados en cárceles y manicomios, o enviados al destierro hacia los extramuros de la ciudad, o incluso hacia tierras ignotas. Eliminados estos agentes contradictorios (¿y subversivos?) de la sociedad, esta parecía mucho más abierta, más tolerante y respetuosa a ideas nuevas; ideas que, sin embargo, se debían de ceñir al nuevo molde de pensamiento que había adquirido la sociedad. La Modernidad no era mucho más tolerante que el Medievo; tan solo reajustó el modo de alienar el discurso perturbador: de una segregación dentro del mismo espacio social, se pasó a un aislamiento, a un encierro, a una diferenciación ya no solo epistemológica o ideológica, sino también física.

Una auténtica extensión del área de tolerancia vendría por derribar los muros, las cárceles, los pabellones psiquiátricos que encierran el discurso del “loco” y limitan el contacto con el del “sano”. Volver, por lo tanto, a compartir el mismo espacio de convivencia, como sucedía en los denostados tiempos de la Edad Media y en el Renacimiento. Pero la socialización del discurso diferente debería tomar hechuras de respeto, aquellas que nunca se dieron con el tonto del pueblo, el rey Lear o don Quijote.

A través de esta comparativa entre la sociedad medieval y moderna se puede entrever una crítica hacia un tipo de análisis histórico que está fuertemente ideologizado por el pensamiento historicista, y que en este blog denominamos historia justificativa. Para construir una visión lineal de la historia, y para que esta se ajuste a las necesidades doctrinarias historicistas, los historiadores justificativos, que comen de la mano del poder, emplean varias estrategias. La primera es la generación de un conjunto de criterios de valoración de hechos históricos que, a priori, siempre inclinarán la balanza hacia sus objetivos. La segunda es una construcción histórica homogénea, lineal, ascendente. Sin embargo, como hemos explicado, no es posible generar un relato lineal que reúna de manera lógica y comprensible todos los hechos históricos, pues la historia es un conjunto heterogéneo (y no homogéneo), disperso (y no lineal), expansivo (y no ascendente). Por ello en el relato lineal histórico justificativo aparecen rupturas de la linealidad, pero solo en aquellos momentos en los que esa ruptura no tergiverse o, incluso, apoye, la tesis oficial, y que suele coincidir con el nacimiento de ciertos “mitos nacionales”. La tercera viene directamente de la primera, esto es, del ajuste apriorístico de los criterios de valoración. Y es que, a través de este ajuste, se juzga una “traslación sin extensión” en cualquier dominio social como un “avance con extensión”, esto es, una mejora positiva de los modos, obras, leyes, tradiciones y formas de pensamiento que la rigen.

Por lo tanto, ante la lectura de cualquier texto histórico que presente este carácter justificativo, habrá que tener en cuenta la parcialidad y los conflictos de interés de su autor. No exige un rechazo frontal, sino una interpretación crítica y una aceptación mesurada y escéptica de sus resultados. Y así, ante la pregunta que abre este artículo solo cabe una respuesta: No, la sociedad medieval no era más intolerante que la moderna.

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