Antropocentrismo, antropozoocentrismo y ecología

Si, durante la Antigüedad, Dios otorgó a la Humanidad el privilegio de usufructo de la Creación; la Modernidad, por su parte, arrebató a ese mismo Dios su posición dominante en la misma.  A partir de entonces las personas dispusieron tanto del control de la naturaleza, como de una gobernanza autónoma y sin cortapisas celestiales. El ser humano, así considerado, se situaba, no solo por encima de los demás seres que conforman la naturaleza, sino que se emancipaba de los designios divinos que regían a esta naturaleza. Esta visión antiecológica y procultural ofrece una gran capacidad a la hora de transformar el hábitat humano, de modo que las sociedades contemporáneas han escapado, eficazmente de la tiranía de los genes bajo la que viven subyugados el resto de seres vivos. Huida exitosa pero incompleta: es verdad de que hemos abandonado las cuevas y los agujeros excavados en la tierra y vivimos en confortables casas; es verdad que enfermedades cuyo destino inevitable era antes la muerte, ahora se curan sin dejar secuela alguna; es verdad que hemos superado, y con creces, la eficacia del  medio de transporte que la naturaleza nos ha otorgado (nuestras dos piernas)… Pero, independientemente de todos estos logros culturales, absolutamente artificiales, el destino final de todos sigue siendo la muerte.

La aplicación de esta visión de la relación del ser humano con la naturaleza tiene un precio: cuanto más estabilizada está la vida de las personas por medio de instrumentos culturales, más se desequilibra la naturaleza por la acción cultural: contaminación de mares y ríos, deforestación, extinción masiva de animales salvajes… Este desequilibrio natural tiene su contrapunto deletéreo para la Humanidad: grandes sequías que provocan hambrunas y obligan a migraciones masivas; fenómenos meteorológicos extremos, como inundaciones o huracanes, que dejan tras de si decenas de miles de víctimas. La naturaleza busca un nuevo equilibrio ante las nuevas condiciones creadas por las personas, y las consecuencias siempre son catastróficas.

La ecología podría definirse como el abandono del antropocentrismo y la aceptación de que el ser humano forma parte del mismo sistema de interacciones ecológicas que el resto de seres vivos. Él no está por encima, sino inserto en el sistema complejo que es la naturaleza. No es independiente a ella: su vida y su futuro depende de ella.

Desde la visión ecológica no se pierde la posición central de la especie humana en los ámbitos sociales, políticos y culturales. Lo importante sigue siendo la persona, como en el antropocentrismo, pero no desde un aislamiento diferenciador entre la Humanidad y la naturaleza, sino como una integración de ambos términos, sin que el primero domine al segundo, o viceversa.

Integración en la diferencia: concepto que hay que tener en cuenta a la hora de pensar y actuar ecológicamente.  Lo contrario, esto es, una integración homogeneizadora, solo es posible con la abolición de la cultura y de todas las herramientas no genéticas que esta nos provee. Volver al estado animal precultural.

Dentro de los movimientos ecologistas existen modalidades animalistas, las cuales fijan su atención, sobre todo, en la relación entre ser humano y animal. El objetivo de estos grupos es el de obtener una igualdad social, legal entre personas y animales, de modo que los derechos que incumben a los primeros, sean también protegidos para los segundos: desde el derecho a la vida hasta, incluso, una sanidad pública, de calidad y gratuita para animales.

Aunque ideológicamente el animalismo nace del ecologismo, pronto toma un camino diferenciado. Si el ecologismo trata de integrar en la diferencia, el animalismo pierde pronto ese espíritu integrador: su objetivo principal no es que el ser humano se integre en los complejos mecanismos de interrelación de la naturaleza, de modo que el daño ecológico generado por la producción cultural sea el menor posible, y siempre reversible. El fin del animalismo es dar cabida a los animales (no todos, sino a ciertas especies) en ese club aislado y privilegiado que es el antropocentrismo. A través de la antropoformización, muchas veces (sino siempre) mitificada, de ciertos animales, se exige que estos sean considerados como seres naturales diferentes, diferenciados y aislados del resto de congéneres. Es lo que, desde el título, hemos definido como antropozoocentrismo.

El antropozoocentrismo, como el antropocentrismo original, o el teocentrismo judeocristiano, no permite visualizar correctamente el transfondo ecológico. Porque no se trata de proteger seres (animales, plantas, fungi), sino respetar las interrelaciones que se dan, no solo entre ellos, sino también con los mares, los ríos, la atmósfera, los ciclos del agua y del carbono… Respetando estas interrelaciones no solo se salvan y protegen los mamíferos, las aves… sino también todos aquellos otros seres que, aunque no protegidos por la ideología animalista, son absolutamente esenciales para la pervivencia de esas especies e, incluso, la del ser humano. El animalismo, por contra, se dirige al sujeto animal, al ser vivo individual, a veces incluso con nombre y apellidos, al que consideran en igualdad de condiciones sociales que las personas.

El trato digno a los animales que nos rodean y forman parte de nuestra vida no es una cuestión de supervivencia del planeta, sino de salud ética y moral. Quien veja a un animal no es un ser malvado que debe ser encerrado de por vida en una prisión de alta seguridad, pero tal vez es un síntoma de algún síntoma psicológico y psiquiátrico que precise atención. La crueldad gratuita no es sana, no importa si es dirigida hacia una persona, un animal o una planta. No es sana pero tampoco es antiecológica;  no altera las interrelaciones que se producen en la naturaleza.

Aunque suelen confundirse, ecología y animalismo no son lo mismo: el primero exige un cambio de mentalidad. El segundo, sin embargo, no llega tan lejos en sus ambiciones: simplemente pide una ampliación del ámbito de privilegio.

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