Opinar en los tiempos de la exageración

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Duelo a garrotazos. Francisco de Goya (1746-1828)

En los tiempos de la exageración en los que vivimos, y gracias al altavoz mediático para los exabruptos que se han transformado las redes sociales, la moderación se ha convertido en una especie amenazada de extinción. Tú que te expresas contrario a mi ideario, eres un populista, facha, franquista, fascista, comunista, estalinista… Mi voz, por el contrario, representa la de los padres y madres intelectuales de la razón y libertad. Cuando sufra cualquier ofensa de tu parte me compararé con los represaliados de la Guerra Civil, con los enviados a campos de concentración, con las víctimas de la cheka y el gulag

El poder de los extremos dialécticos es formidable: toda idea u opinión que se sitúe en el (amplísimo) espacio que queda entre ellos es sometida a presiones tan poderosas que el opinador moderado, bien se decida por callar y tan solo mostrarse en un espacio privado, bien sufra una transformación ideológica que le llevará a posicionarse en público a favor de uno u otro extremos. En internet y redes sociales el insulto y la frase grandilocuente visten muy bien: unas pocas palabras rimbombantes pueden adornarse con colorines gracias a las aplicaciones de facebook; en twitter, además, generan múltiples adhesiones y despiadadas críticas (con las que alimentar el victimismo). La opinión mesurada y cabal, por contra, se pierde en el infierno del olvido de los likes. El moderado que quiera audiencia deberá aceptar convertirse en un troll que golpee a sus rivales extremistas. O, tal vez, deberá convertirse en un moderado radical, si es que puede existir tal posicionamiento, para así, desde su extremismo, competir con los demás.

No corren buenos tiempos para la moderación. El estilo de debate que se ha impuesto en las sociedades hiperconectadas no invita al acuerdo entre diferentes, sino más bien a lo contrario: la sectarización y a la confrontación visceral. Es por ello que urge a transformar el modelo dialéctico de discusión: aceptar los argumentos contradictorios de nuestros adversarios (porque los nuestros también presentan multitud de contradicciones), reconocer que las bases paradigmáticas de los discursos enfrentados puedan ser incompatibles y evitar cualquier atisbo de superioridad moral en nuestras posturas. Así, y solo así se podrá lograr un debate en el que no se busque derrotar al otro sino, tal vez, convencerle. Y dejarse convencer.

El cambio de modelo dialéctico no exige una revolución; todos los aspectos previamente comentados están presentes en la mayor parte de conversaciones cotidianas de nuestro día a día, incluso predominan sobre las polémicas y enfrentamientos verbales. Aunque nunca reparemos en ellos, son la conditio sine qua non para que nos podamos entender con el familiar, el vecino, el compañero de trabajo… Nos pasamos el día pasando por alto incoherencias y barbaridades, y no nos ponemos en tensión continua contra ellas.

Revolución no, pero sí sería tal vez necesario un cambio de mentalidad y una mayor humildad para ampliar el área de consenso en nuestros debates. Fomentar esos lugares de encuentro en la palabra comunicada (tolerancia de contradicciones, reconocimiento de paradigmas, limitación de la superioridad moral) frente aquellos otros que, por el contrario, tan solo favorecen las posturas extremas e intolerantes, y asfixian la moderación (que no tiene que ser lo mismo que equidistancia).

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