Eurovisión 2019: Tecnocracia transnacional o democracia representativa

Cuando ya se apagan los ecos de la última gala de Eurovisión, en la que un bisoño holandés se alzó con la victoria, merece la pena analizar con detenimiento el sistema de votación que, desde hace tres años, ha instaurado la Unión europea de Radiodifusión (UER) para decidir el ganador.

Los puntos totales que reciben las canciones que representan a los países seleccionados para la gran final vienen de dos fuentes; por una parte, de un jurado “profesional”, técnico, que representa a cada país de la UER, y por otra parte el televoto, mediante el cual todos los ciudadanos europeos (y australianos), tienen derecho a elegir su canción favorita. Cada fuente tiene asignada el 50% de los puntos.

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Duncan Laurence, ganador del Festival de la Canción de Eurovisión 2019 (Fuente: Martin Fjellanger)

Por jurado profesional se debería entender un grupo de personas especializadas en música que, de manera objetiva y desapasionada, puntúen a las diferentes canciones según aspectos técnicos y artísticos. A un televotante, por el contrario, no se le puede exigir un extenso conocimiento musical previo, ni una valoración objetiva de las canciones; tendrá, por lo tanto, derecho a expresar a través de su elección las fobias, las filias, los prejuicios, y también la posible manipulación que previamente pueda haber recibido desde medios de comunicación y redes sociales. Todo vale en un televoto. Incluso, tal vez, un “troleo”, esto es, que un grupo más o menos masivo de ciudadanos se ponga de acuerdo en votar a uno u otro país, movidos por los fines más espúreos y diversos. En Eurovisión este “troleo” no es muy eficaz, puesto que es difícil, sino imposible, poner de acuerdo a cientos de miles de televotantes de decenas de países diferentes; único medio de obtener una influencia útil sobre el resultado.

Posiblemente una de las razones por las que la UER ha entregado el 50% de los puntos en liza a jurados nacionales profesionales es corregir la visceralidad, emotividad y parcialidad del televoto popular. Por ejemplo, un país X podría presentar una canción magnífica, con una puesta en escena sin igual, y un cantante talentoso y carismático. Sin embargo, la audiencia podría no captar alguna de esas bondades de la propuesta, y acabaría puntuándola por debajo de su calidad. Por contra, un país Y que sea representado por una canción mediocre pero simpática y eficaz, podría recibir una gran cantidad de apoyos populares.

La realidad se aleja mucho de la teoría. Sobre todo en el último Festival de Eurovisión. Lo que ha quedado claro es que los jurados profesionales son, ante todo, muy poco profesionales. En sus puntuaciones han contado más los intereses nacionales, los amiguismos y los rencores patrios, que un meditado análisis. Chipre da 12 puntos a Grecia, como siempre. Y Grecia responde otorgándole otros 12 puntos. Las ex-repúblicas soviéticas se puntúan entre sí, colocando a Rusia generalmente en lo más alto. Al final del recuento de los puntos del jurado, una canción bien interpretada, pero poco original y bastante insulsa se ponía en primera posición: era Macedonia del Norte. Los representantes de la República Checa, con una propuesta que no soportaba el menor análisis crítico, recibía unos inmerecidos 150 puntos. Al otro lado, la excelente canción y espectacular puesta en escena de Noruega recibía unos ridículos 40 puntos (puesto 18º de 26).

At the 2019 Eurovision Song Contest Semi-final 2 dress rehearsal
KEiiNO, de Noruega (6º de 26) (Fuente: Martin Fjellanger)

El televoto fue, realmente, el que corrigió, hasta cierto punto, esta injusticia. La cantante de Macedonia del Norte recibía 58 puntos (tal vez, más acordes con la actuación que esos 247 del jurado profesional). Los checos eran, literalmente, ignorados (7 puntos), mientras que el grupo noruego rompía todos los registros al recibir 291 puntos. Huelga decir que Miki, el representante español, que aunque marchoso tampoco propuso nada espectacular, no se merecía para nada la posición final (22º), pero tal vez sí la que le había otorgado el televoto (14º).

Eurovisión no es mas que un reflejo, más o menos deformado, de la Unión Europea: un poder transnacional dirigido por técnicos y burócratas en el que la representación de la ciudadanía no tiene el mismo peso que en los parlamentos de los países que forman parte de esta unión. Podemos pensar que esos burócratas saben más que nosotros, que están menos influenciados por los mass-media y las fake news. O que su visión de los problemas que afectan a Europa es más preclara y menos parcial que la el ciudadano a pie. Pero, al final, las decisiones que se toman en los despachos de Bruselas y Estrasburgo tienen también mucho de visceral, ilógico y, lo que es más peligroso, ineficaz.

Habrá quien pida fervientemente un cambio en el sistema de votación de Eurovisión. Por ejemplo, que se de más peso al televoto, para reducir la influencia de los jurados profesionales. Yo, sin embargo, opino lo contrario: que siga todo igual; que, por lo menos una vez al año, seamos testigos de que, esa tecnocracia transnacional que tanto se alaba y se vende, comete los mismos errores, si no más, que el conjunto de habitantes que pueblan y viven en Europa.

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