Lo ecológico… ¿es de izquierdas?

La primera reacción que suscita la pregunta con la que se abre este artículo es, probablemente, la de “no te quede la menor duda: lo ecológico es de izquierdas”. Razones hay para pensar así: una gran parte de la derecha mundial, sobre todo la más populista, se ha posicionado en contra del dogma del calentamiento global o, por lo menos, contra la tesis acerca de la implicación de la actividad humana en tal efecto climático. Las primeras medidas que suelen tomar estos políticos, autoritarios o deseosos de serlo, es la de eliminar todas las trabas medioambientales que limitan ciertas actividades industriales (prospecciones petroleras, tala de árboles, fabricación de motores contaminantes…). Frente a ellos se levantan los partidos de izquierdas, muchos de los cuales han tomado posiciones a favor del ecologismo, y decretan leyes a favor de la protección del medio ambiente.

El ecologismo, en parte, se ha falsamente ideologizado. Falsamente porque el espíritu ecologista va más allá de un posicionamiento político, sino que su recorrido alcanza resortes más profundos y críticos de la sociedad. La ecología exige resituar el rol de las personas en el mundo: desde el altar de guardianes y dueños de la Creación que Dios ha dejado en sus manos, se ha de pasar a un lugar mucho más humilde: el de formar parte de un complejo entramado ecológico en el cual no somos más que un piñón en el engranaje: movemos la máquina del mundo, pero al moverla, la máquina del mundo nos mueve a nosotros. Lo ecológico exige un cambio radical, copernicano, de paradigma social: hay que descender de la cúspide de la pirámide de la Creación, donde se haya anclado el ser humano desde hace siglos.  Ninguna ideología política, cualquiera que sea su espíritu, no abarca todos los aspectos, muchos de ellos contradictorios, incluso deletéreos para la propia sociedad humana, que se precisa para esta revolución humana.

Lo ecológico es más que política, pero también es política. Y es por ello que la política trata de apropiarse de ello. Transformar el discurso ecologista a medida de los intereses de una u otra ideología. Seleccionar, de entre todos los aspectos que son exigidos y exigibles para la consecución de un auténtico cambio de paradigma social, aquellos que casan tanto con los principios ideológicos como con las posibilidades técnicas. Así, lo ecológico es comprar un automóvil eléctrico. Prohibir la entrada de vehículos contaminantes a los centros de ciudad. No consumir plástico. Reducir los alimentos de origen animal de la dieta. Comprar productos de kilómetro 0 y con etiqueta ecológica. Instalar células fotovoltaicas en el domicilio…

El coche eléctrico emite menos CO2 que un automóvil  con motor de explosión. Pero no deja de ser muy contaminante: así, para la fabricación de baterias de litio se ensucian cientos de miles de litros de agua en países donde el acceso a agua potable es casi un privilegio de ricos. Es más: parece ser que es más sucio cambiar de coche, por muy viejo diésel que sea, por otro, por muy ecoeléctrico que se venda, si el primero aún no ha llegado al final de su vida útil. Ergo, el estímulo para la sustitución del parque automovilístico actual genera muchos más residuos medioambientales de lo que, en realidad, evita. Se trata, por lo tanto, de una política no solo ruinosa para el medio ambiente, sino también clasista y elitista: el pobre no puede adquirir uno de los costosísimos vehículos eléctricos que hay en el mercado, y se ve abocado a seguir conduciendo su viejo y vilipendiado coche de motor de explosión.

¿Quién podrá acceder al centro de ciudad sin restricciones? El rico. Aquel que se ha podido permitir comprar un automóvil eléctrico. El pobre verá dificultada su acceso al corazón de la ciudad, de aquel que desde hace unos años está siendo expulsado debido al proceso de gentrificación y el auge de los alquileres turísticos. La expulsión del pobre de los centros urbanos no vendría ya solo argumentada en base a una inferioridad económica (no puede permitirse los arrendamientos que sí pagan los nuevos burgueses y los turistas extranjeros), sino también en base a una inferioridad moral (contaminan más y son perjudiciales para el medioambiente y la salud).

Ni que decir que otras acciones con sello ecológico son económicamente inasumibles para el pobre, que a duras penas puede adquirir la marca blanca del supermercado, como para gastarse un extra en adquirir alimentos de “kilómetro 0”, huevos de gallinas que viven en libertad, o instalar paneles solares en su (inexistente o minúscula) terraza.

La izquierda basa su ideario en la justicia social y un reparto equitativo de la riqueza. La acción política se centra en aquella parte de la sociedad que posee menos recursos, y en aquellos colectivos que se ven infrarrepresentados, invisibilizados, excluidos de las decisiones políticas. Si ha incorporado el ecologismo en su doctrina, es más por contrapunto a una derecha neoliberal que vela por los intereses del capital, insensible este al destino de la naturaleza, que a un real convencimiento de que los intereses de la madre Tierra coincidan con los de los más miserables. Porque la subida del precio de los carburantes por “motivos de protección del medio ambiente” afecta más a los bolsillos humildes que a los más acomodados. Porque la gentrificación, los alquileres turísticos y la prohibición de circulación de vehículos contaminantes generan una exclusión social de facto. Porque el consumo responsable y (supuestamente) ecológico que se estimula desde los gobiernos excluye moralmente a los que no pueden permitírselo.

Así, la izquierda, más que proteger el medio ambiente, alimenta un ecocapitalismo cuyo beneficio real sobre la naturaleza está aún por cuantificar. Y estoy seguro de que las políticas económicas de decrecimiento, que tratan de limitar el efecto nocivo de la ambición neoliberal, de llevarse algún día a cabo, tendrían efectos deletéreos sobre las capas más humildes de la sociedad. Porque estas serían incapaces de adaptarse a los nuevos esquemas de trabajo y producción, y porque la pérdida económica que pueda suponer una economía estacionaria o con PIB en descenso, no se imputaría a los más ricos, ni a las clases medias empoderadas políticamente, sino sobre aquellos que ni pueden acaparar, ni pueden exigir.

Es lógico, pues, que el discurso trumpista antiecológico triunfe en las barriadas más pobres, y entre los ciudadanos con menor poder adquisitivo. Los populistas no culpan a estos de ser unos sucios, inmorales y contaminantes. Más aún, atacan a aquellos que lo dicen. Protegen la dignidad del electorado más humilde, aunque sea a costa de denigrar y expulsar a los más humildes entre los humildes, desposeidos de todo derecho político, auténtica plebe en la era de las democracias: los inmigrantes, los refugiados. Y a costa de degradar la salud del planeta. El antiecologismo defiende los intereses de aquellos a los que la izquierda ha tomado, desde siempre, como centro de sus políticas. Y a los que, por lo menos, en este asunto, ha abandonado.

Lo ecológico ejemplifica el uso maniqueo de algunos cambios de paradigma que van más allá de lo político-social, y que afectan a todos y cada uno de los ámbitos de la sociedad. Se ideologiza, se reduce a un conjunto de medidas políticas, se jibariza la acción social necesaria, y todo ello en pos de una fotografía instantánea en la que un grupo político muestra vigor y responsabilidad frente alguno de los más importantes retos de la civilización humana contemporánea. También sucede con el feminismo, un movimiento coral, inagotable, inacaparable, pero que ciertos colectivos y partidos políticos tratan de personalizar y considerar como dominio privado. Sin embargo, el ecologismo, como el feminismo, no pertenece a nadie. Sobrepasa los límites del ámbito de acción política, va más allá de la clásica división entre izquierda y derecha, conservadores y progresistas, realpolíticos y populistas. Porque lo ecológico es más que política.

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