Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (I)

El control social  representa una importante parte de esas fuerzas aglutinadoras que resultan necesarias para que una sociedad humana sea, a fin de cuentas, humana y no animal. El alejamiento de las personas de la dictadura de la naturaleza y de las leyes genéticas exige de una serie de herramientas culturales, no contenidas en nuestros cromosomas. Y para la consecución de estas herramientas es necesaria la obtención de un excedente con el que fabricarlas, y de un gradiente de desigualdad a partir del cual se crea un reducido grupo de personas que acumulan excedente y tiempo libre. Estos disfrutan del usufructo de los instrumentos culturales, a costa de una mayoría de productores que no se aprovecharán de todos los bienes que cosechen a partir de su sudor y esfuerzo.  Sin excedente y sin desigualdad no hay cultura, y sin cultura la especie humana vagaría aún por los bosques de la Tierra alimentándose de frutas y de carroña; durmiendo en agujeros y cuevas. El control social es ese conjunto de herramientas culturales que, entre otras cosas, concreta, estabiliza y justifica ese gradiente de desigualdad a lo ancho de una sociedad y a lo largo del tiempo histórico.

La democracia, ese gobierno por todos y para todos que hemos adquirido gracias a las luchas revolucionarias de los últimos tres siglos, afecta y atañe a la parte política del control social. La Política desarrolla leyes e instrumentos de justicia para la aplicación de esas leyes que afectan a un importante ámbito de la vida de las personas, y es que la Política es la concreción del control de nuestros cuerpos dentro del espacio social. La localización geográfica de los mismos y el rol que van a jugar dentro de la sociedad (acaparadores o productores de excedente) dependerá en gran parte de la Política. La democracia pretende repartir la representatividad política entre todos los individuos, independientemente de su estatus de acaparador o productor, nivel cultural, sexo, religión, raza… Todos poseemos la misma cuota de poder político y, por ende, del control social que esta maneja.

Democrática o no democrática, la Política está íntimamente ligada a la Tradición y al Mercado, de modo que la primera puede influir sobre las otras dos de manera eficaz. Pero, al mismo tiempo, Tradición y Mercado, ambas siempre parademocráticas, van a condicionar también a la Política. Desde un punto de vista de control social, por lo tanto, la democracia no puede aspirar a monopolizar todo el espacio social, político y económico; sus límites y su espectro de acción son los mismos que los de la Política.

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Enrique VII. Hans Holbein el Joven (1497-1543)

Y es que la democracia moderna nació en una época de tiranía, donde la Política estaba en manos de un único soberano, el rey absolutista. Los grandes pensadores políticos de los siglos XVII y XVIII centraron sus esfuerzos teóricos en aquella parte del control social que atañía a los cuerpos, a la posición social de los mismos, la cual era propiedad monopolística del rey soberano. El poder del tirano era poder político; es cierto que estaba íntimamente asociado al poder tradicional-religioso, hasta el punto de que el poder real emanaba directamente de Dios. También establecía fuertes relaciones con el poder económico, a través de una economía controlada y dirigida por la corte real. Pero el tirano no aspiraba a monopolizar la Tradición y el Mercado. Por ejemplo, el rey podía ser ungido desde su cuna por la mano divina, pero jamás se le ocurriría autoproclamarse Papa. Alguno podía extender sus atribuciones religiosas a la de cabeza visible de alguna iglesia, como la anglicana (Enrique VIII de Inglaterra), pero eso solo lo era desde el aspecto más puramente político e institucional, jamás espiritual. El tirano, simplemente, hacía usufructo de la Tradición, y trataba de orientarla hacia sus intereses y necesidades.

Las revoluciones modernas fueron absolutamente políticas porque solo derribaron la tiranía de la Política. No dieron cuenta de la parademocracia que, independientemente del régimen político, se ejerce desde la Tradición y el Poder. Los dictadores modernos, aquellos que se erigieron a base de alzamientos y proclamaciones, buscaron y anhelaron el control absoluto de la Política, despreciando en cierto modo la Tradición y el Mercado o, como mucho, estableciendo una relación de interés no destructivo con ellos. Los límites del tirano moderno son los mismos que los de la democracia o el rey absoluto, y que coinciden con los de la Política.

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La consagración de Napoleón. Jacques-Louis David (1748-1825)

En su coronación como emperador de Francia, Napoleón Bonaparte “invitó” al  Pío VII a presenciar tal ceremonia, como mero objeto pasivo y decorativo. Los papas, que hasta entonces habían hecho y deshecho a reyes y emperadores, se convirtieron a partir de entonces en comparsas cuyo único cometido era avalar las decisiones de los tiranos modernos. Aun así, Napoleón no monopolizó la Tradición, ni tan siquiera la Iglesia Católica. Tan solo eliminó ciertos poderes políticos que la Iglesia aún ostentaba, ellos ya muy mermados tras el final de la Guerra de los 30 Años y la Paz de Westfalia.

Es durante aquella época que empiezan a desarrollarse ideas políticas que superan la Política. Se tratan de ideologías que ya no fijan como objetivo absorber parte o  limitar la influencia política de Tradición y Mercado. Van más allá: anhelan convertir a la Política en Tradición y Mercado; anular así estos dos poderes parademocráticos y entregarlos a una todopoderosa Política. De este modo, por lo menos desde el plano teórico, la Política podría asumir un rol más amplio, capaz de superar, por ejemplo en el ámbito democrático, las barreras en justicia social que los estados, con sus limitaciones inherentes, no podían hasta entonces dedicar tiempo y esfuerzo. Así, la ideología marxista eliminaba racionalmente la Tradición y entregaba a la Política los roles que, desde que la sociedad humana es humana, había asumido el Mercado. El nacionalismo desacralizaba la figura de Dios: la patria, una patria controlada completamente por la Política, se convertía en un nuevo objeto de veneración, compitiendo por los mismos espacios que, hasta entonces, habían sido dominios de la Tradición.

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