La dieta humana como dispositivo de control social

Llamaré dispositivo literalmente a cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes. Por lo tanto, no sólo las prisiones, los manicomios, el Panóptico, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas, las medidas jurídicas, etc., cuya conexión con el poder es de algún modo evidente, sino también la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos móviles y – por qué no – el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos, en el que miles y miles de años atrás un primate – probablemente sin darse cuenta de las consecuencias a las que se exponía– tuvo la inconsciencia de dejarse capturar.
Giorgio Agamben. ¿Qué es un dispositivo?

Los cambios alimentarios que ha sufrido la Humanidad a lo largo de los últimos cientos de miles de años han resultado decisivos para configurar al ser humano tal y como hoy en día lo conocemos. Parece ser que el paso de alimentación herbívora a carnívora supuso una ventaja en términos de adquisición de masa encefálica. Cambios enzimáticos en nuestro aparato digestivo nos permitieron alimentarnos de la leche que producían las primeras vacas domesticadas. Luego vino el fuego, con el que se pudieron aprovechar mejor los alimentos y obtener de ellos un rendimiento nutritivo mucho mayor que si se comieran en crudo.

El origen de la mayor parte de estas modificaciones dietéticas no está en los cambios a nivel genético operados por la evolución tal y como la describió Darwin. Es cierto que, por ejemplo, en el caso de la tolerancia a la lactosa en edad adulta hubo un proceso de selección natural: aquellos niños cuyos aparatos digestivos eran capaces de digerir la leche de vaca sobrevivían y lo hacían en mejores condiciones de salud que aquellos que eran intolerantes. Pero, para que se diera ese proceso de selección natural, primero fue necesaria una trasformación ambiental no genética: la estabulación de los bóvidos. Sin vacas domesticadas nunca habríamos tenido acceso a la leche tal y como hoy en día la conocemos y, por lo tanto, no habríamos adquirido la capacidad de digerirla incluso en edades adultas.

La dieta humana no está escrita en nuestros cromosomas. Y es que, si solo contáramos con la información que estos guardan, no habríamos superado la etapa de caza y recolección, aquella en la que aún hoy en día viven nuestros hermanos primates.  La caza se vería reducida a pequeños animales, tales como roedores, larvas o gusanos, puesto que careceríamos de armas (trampas, lanzas, proyectiles), con las que cobrar piezas de mayor tamaño. Nos alimentaríamos con productos crudos: no conoceríamos más herramienta de modificación de la materia prima alimentaria que la amilasa contenida en nuestra saliva.

El desarrollo de la dieta humana ha sido posible gracias al desarrollo y aplicación de herramientas concretas y abstractas que hemos adquirido mediante métodos no-naturales y se han transmitido a lo largo y ancho de la sociedad a través de canales no genéticos. Las tecnologías de transformación y conservación, los utensilios de cocina, el menaje… Pero también los horarios de comida; el tipo de alimento que se ingiere en cada momento del día (no es lo mismo un desayuno, una comida o una cena), o el orden de los mismos (no se suele empezar con la tarta de chocolate y terminar con la sopa de fideos, a excepción, tal vez, del cocido maragato). Todo ello ha alejado a las personas de su alimentación natural, aquella que está aún codificada en nuestros genes. Nos hemos adaptado a un tipo de dieta absolutamente no-natural, que presenta notables ventajas en términos de supervivencia.

La dieta humana es cultura, según la definición de Aranguren (“Cultura es el repertorio total de pautas de comportamiento –técnicas materiales y también espirituales -magia, culto, etc.-, mores o usos, interpretaciones de la realidad- de que dispone una comunidad, por transmisión a cada uno de sus miembros”). Libera a la persona de la dictadura de sus cromosomas, del inapelable dictado de la naturaleza, del cual otros animales no pueden sino seguir de manera ciega. Amplía las limitadas opciones de supervivencia que le ofrecen sus genes y le abre nuevas posibilidades.

La dieta humana también es un dispositivo de control social. Todo objeto cultural exitoso que aleja a la persona de la tiranía de la naturaleza, le ata, al mismo tiempo, a una nueva ama y señora: la sociedad. Tanto nos alejemos de lo natural, tanto sentiremos el bastón de mando de la sociedad. La dieta humana es extensa, y amplía las opciones que se nos dan de forma natural. Pero es más limitada de lo que parece. Existen tabús alimentarios (el canibalismo). Hay alimentos que son considerados impuros (el cerdo en el mundo musulmán, o el marisco, en el judío). Aunque sin imposición religiosa alguna, también existen productos que no comemos en algunas regiones geográficas (aunque sí en otras): insectos, gusanos, babosas (¡pero sí caracoles!), murciélagos, ratas, perros… Hay ciertos alimentos que solo pueden comerse en épocas concretas del año, y en ciertas horas del día (¿quién come turrón en verano?¿quién desayuna un chuletón?). Hay combinaciones de alimentos que se consideran sacrílegas (untar un bocadillo de bonito en un café con leche), pero otras se convierten, incluso, en símbolos nacionales (como el sándwich de mermelada y mantequilla de cacahuete). La dieta está fuertemente influenciada por el poder de la Tradición.

La dieta humana está también condicionada por el Mercado. Como objeto que es, el intercambio de alimentos se encuentra regulado por el Mercado. Es en la dieta donde se observa más claramente el gradiente de desigualdad exigido por la sociedad para la producción de cultura: hay acaparadores que nunca pasarán hambre, e incluso sufrirán de exceso de alimento; y hay productores que no llegarán a recibir los requerimientos calóricos mínimos necesarios. Pero la dieta también es Política. Ciertas leyes decretadas desde los poderes gubernamentales velan para que no podamos comer alimentos prohibidos (carne humana, perros…); regulan la preparación de ciertos productos alimentarios (aquí se da la mano con la Tradición, como en los casos del halal y el kosher; pero también actúa libremente bajo la excusa de una regulación por seguridad alimentaria); controlan a través de propaganda e impuestos los hábitos de consumo de los ciudadanos (impuestos sobre el alcohol y las bebidas gaseosas azucaradas); incluso tienen la capacidad de promover hambrunas sistemáticas (Holomodor en Ucrania por Josef Stalin, la hambruna de Bengala de 1943 por Winston Churchill…).

El control social que se intuye en el dispositivo de la dieta no solo se limita a una vasta red de poderes interrelacionados, sino que también a un Discurso de la dieta, a un conocimiento epistemológico claramente controlado por y desde el Poder. Existe una dieta “normalizada”, “lógica”, “sana”, cuerda”. Más o menos amplia, más o menos diversa, pero siempre presenta unos límites y fronteras netas. Fuera de esos límites se ubica una heterogénea y desordenada matriz de conocimiento alimentario que recoge todo aquello que queda excluido de esa dieta “normalizada”. Es la dieta de los locos, enfermos, marginados. Es la no-dieta, la dieta no-cultural que, sin embargo, por haber sido clasificada como no-cultural ha aparecido, por una causa u otra, en algún momento y en alguna circunstancia, dentro del repertorio culinario de la sociedad y, por lo tanto, es tan cultural como la dieta convencional.

A través de la dieta la sociedad controla al individuo, a la persona. Es cierto que nos da salud y años de vida, pero también es un excelente instrumento de control social: encierra un conjunto de leyes que el ciudadano obedece casi sin darse cuenta de que lo está haciendo; considera lógicas ciertas limitaciones al acceso de alimentos, cuando no sanas y necesarias. La dieta, como objeto cultural que es, nos aleja de la tiranía de la alimentación natural, pero nos ata, como dispositivo de control social, a una serie de obligaciones para con la sociedad en la que nos hallamos inmersos.

 

2 comentarios en “La dieta humana como dispositivo de control social

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