La conquista del polo Norte en dos tragedias,una novela y un éxito

Hace 150 años Europa vivía el auge del nacionalismo, imperialismo y colonialismo. Al romanticismo que emanaba del explorador que se enfrentaba a las fuerzas de lo desconocido, se unía el interés de las naciones por aumentar el número de territorios bajo su jurisdicción. Los rincones más recónditos de América, Asia y África ya habían sido visitados. Lo mismo sucedía con Oceanía: cada vez era más difícil descubrir nuevas islas tras el ingente trabajo expedicionario de españoles y portugueses durante los siglos XVI-XVII. La mirada del aventurero romántico-nacionalista se dirigía a los polos, las últimas fronteras de lo incógnito.

Como Europa se sitúa en el hemisferio Norte, era lógico que ese polo fuera el más ambicionado. Además, aún sin un canal de Panamá operativo, existían intereses comerciales y estratégicos en encontrar un paso septentrional entre los océanos Atlántico y Pacífico, con el que evitar el largo viaje por el sur a través del estrecho de Magallanes. Los barcos balleneros ya habían cartografiado parte de ese territorio azotado por las tempestades y el hielo. Faltaba solo que puñados de exploradores se pusieran al mando de sus naves y surcaran esas aguas desconocidas.

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El HMS Victory de John Ross. El primer barco a vapor que exploró los territorios del Norte (fuente: Slings and Arrows)

Tal vez hubo dos elementos que propiciaron estas exploraciones. El primero fue un mini-calentamiento global que acaeció a principios del siglo XIX y propició la aparición de agua libre en zonas donde, hasta entonces, solo se había detectado hielo perpetuo. Por ejemplo, la bahía de Baffin, descubierta en 1585 por John Davis no pudo ser navegada hasta casi 250 años más tarde. El vapor fue el segundo elemento que revolucionó la exploración ártica: gracias a él los barcos podían atravesar zonas heladas que, con el solo uso de la vela no podrían superarse salvo si se daba la suerte de que el viento soplaba a favor. En vez de pasar meses anclados en icebergs hasta que se produjeran circunstancias favorables, los exploradores podían echar un pulso a las masas de hielo  con las hélices movidas por el motor de Watt. Así, John Ross fue el pionero que introdujo esta nueva tecnología en la exploración ártica, en su barco Victory.

Era una época de razón y racismo. Los europeos, creyéndose en posesión de una verdad indiscutible porque había sido obtenida a través de métodos empíricos y científicos, desdeñaban todo aquello que pudiera venir de otros pueblos. Así, al habitante del norte, vulgarmente llamado “esquimal” (comedor de carne cruda), se le consideraba un ser inferior, del cual no podía obtenerse información útil alguna para la consecución de los fines exploratorios y, lo que es más importante aún, de la supervivencia en condiciones de extremo frío. Ante el reto civilizador que se imponía esa Europa, los exploradores debían llevar al Norte el modo de vida que en aquellos momentos se llevaba en el continente. Así no era extraño encontrar en sus barcos imponentes juegos de te, vestimenta de banquete y ceremonia y otros objetos que hoy en día se considerarían superfluos en cualquier viaje hacia estas regiones.

Una tragedia encendió aún más la llama exploratoria de estas regiones. Actualmente se trata de una historia bastante conocida, pues de ella se ha hecho incluso una serie televisiva, en la que se mezcla sucesos reales con fantásticos. La expedición Franklin, con sus dos naves, el HMS Erebus y el HMS Terror desapareció misteriosamente en su exploración del Océano Ártico. Más que las escenas dantescas de envenenamiento, locura y canibalismo que sufrieron los malogrados miembros de la tripulación (y que avivan el morbo por la expedición Franklin), lo que sí interesa son las decenas de expediciones posteriores que, por tierra y mar, trataron de encontrar pistas que dieran con alguna de las dos embarcaciones. Con mayor o menor éxito en la consecución de su fin principal, estas expediciones de rescate sí lograron cartografiar y descubrir nuevas tierras y aguas, y establecieron hitos en la exploración ártica que servirían como referencia a exploraciones posteriores.

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El polo Norte no solo inspiraba a los aventureros, sino también a los novelistas. Y, de entre ellos sobresale el autor de los viajes fantásticos por excelencia: Julio Verne. En su obra “Los viajes del capitán Hatteras” relata las aventuras de este capitán británico y su tripulación en su afán de alcanzar el polo Norte. Aunque con grandes dosis de fantasía (como, por ejemplo, Verne ubica el polo Norte en tierra firme, y no en el océano Ártico) , la amplia cultura del escritor francés y su lectura de los relatos de los exploradores coetáneos, ofrece al lector una excelente descripción del duro y rudo modo de vida de aquellos grandes héroes de la exploración polar. Además, resultó una fuente de inspiración para los jóvenes aventureros (De hecho, el nombre del barco Fram -“Adelante” en noruego- de Fridtjof Nansen procede del Forward del capitán Hatteras).

Nansen no solo bebió de las fantásticas fuentes de Julio Verne y de los errores cometidos en la expedición Franklin. No sin cierta dosis de humildad,  la cual escaseaba en aquellos tiempos, recabó información acerca de las formas de vida de los pueblos del norte, y adaptó sus expediciones según esas lecciones. Redujo la tripulación de sus barcos a lo mínimo imprescindible: ya no se trataba de “civilizar” el norte, sino de adaptar esa supuesta “civilización” a las duras condiciones de vida de esos territorios.

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USS Jeanette (fuente: US Gov.)

Otro gran desastre de la exploración ártica inspiró a Nansen: la U.S. Arctic Expedition, a mando de George W. de Long, en el barco USS Jeanette. Con la intención de alcanzar el polo Norte a través del mar de Siberia Oriental, la expedición sufrió el hundimiento de la nave en una posición más al norte de las islas de Nueva Siberia. El hecho de que los restos del naufragio aparecieran, tres años después, junto a las costas de Groenlandia (Qaqortoq), probaba que existía una corriente polar en esa dirección. Nansen creyó que esta corriente podría llevar a un barco encerrado en el hielo al polo Norte desde la región donde el Jeannete se hundió, para luego alcanzar Groenlandia . Así concibió la expedición Fram: convertir en lo que era la mayor pesadilla de los navegantes árticos (quedar atrapados en el hielo polar) en una herramienta que le llevaría a su destino. No fue, sin embargo así: el Fram nunca llegó al polo Norte. Y tampoco Nansen quien, tras observar que la deriva de la corriente durante una primera invernada no le acercaba al polo, decidió atacarlo con trineos tirados por perros, en una de las aventuras suicidas más grandes jamás contadas. De hecho, él y su compañero, Johannsen, se vieron obligados a pasar el largo invierno polar cobijados en un refugio de fortuna, alimentándose a base de carne de foca y otros animales, y calentando su hogar con la grasa de estos animales.

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Dirigible Norge

La expedición Fram, aunque no alcanzó su meta fue todo un éxito. Abrió las puertas a la conquista del polo Norte, la cual fue lograda, no sin grandes sacrificios aún de vidas humanas, años más tarde. Nunca se sabrá quién fue la primera persona que pisó ese polo.  Se sabe, con datos irrebatibles, que Admundsen y Nobile atravesaron el océano Ártico sobre el polo Norte a bordo del dirigible Norge. Pero eso fue en 1926. Tal vez alguien llegó allí antes.  Si fueron Cook, Peary o Byrd, nunca lo sabremos. Al contrario del polo Sur, no existe posibilidad de dejar una bandera, un túmulo, una inscripción que atestigüe tal hazaña.

Dos tragedias y una novela llevaron a Nansen a culminar su hazaña polar. Y es que los errores y la fantasía son, tal vez, junto a la vacilación y el titubeo, las únicas llaves que tenemos los seres humanos para avanzar en nuestros proyectos y aventuras. Propiedades de las que, por lo menos hasta ahora, carecen las máquinas: una máquina nunca errará (si erra, es porque ha sido programada para cometer ese error), nunca soñará, nunca vacilará. Los exploradores árticos, por contra, son testimonio del poder de estos errores, sueños y vacilaciones. Se podría decir que estos aventureros poseían un grandeza sobrehumana, si no fuera porque esa grandeza es la que los hacía, sencillamente, humanos.

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