El vegetarianismo, o cómo se amplía un dispositivo de control social

La dieta humana es un ejemplo de instrumento cultural mediante el cual las personas hemos superado las limitaciones a las que nos sometía la dieta natural. Gracias a ella, ha mejorado nuestra calidad de vida y posibilidades de supervivencia. La aplicación del calor para cocinar, el uso de cubiertos o las técnicas de refrigeración para la conservación de alimentos suponen una tremenda ventaja en términos de aprovechamiento, higiene y almacenamiento de víveres. Se trata de un conocimiento que no está de ninguna manera inserto en nuestro código genético. No nacemos sabiendo freír un huevo; a lo máximo, seríamos capaces de abrirlo para consumir su contenido en crudo. Un grupo de personas a los que se les aísle de la sociedad desde pequeños nunca aprenderán a cocinar, comer con palillos o guardar sus alimentos en condiciones de frío. Se precisa, pues, de otro sistema de almacenamiento y transmisión de datos diferente al que todos nosotros poseemos en nuestro ADN: la sociedad.

Sin embargo, como intentamos demostrar en un artículo anterior, la dieta humana es también un dispositivo de control social. Por ejemplo, a pesar de que esta nos podría ofrecer un elenco de opciones culinarias mucho más amplio que el que poseemos, se nos cierran ciertas puertas a nuestra alimentación: no podemos comernos los unos a los otros, pero tampoco perros, cucarachas o larvas de insecto (por lo menos, en la cultura gastronómica europea); existen controles políticos y tradicionales a la hora de seleccionar los ingredientes de nuestros platos (medidas higiénico-sanitarias, tasas aduaneras, lo kosher y lo halal, intervención sobre poblaciones a través de hambrunas sistematizadas…). Todo objeto cultural que haya tenido éxito a lo largo y ancho de la historia de la sociedad contiene o forma parte de un dispositivo de control social. Y la dieta no es una excepción.

Durante los últimos años han venido a ponerse cada vez más de moda diferentes variedades de dieta vegetariana. Desde las más radicales, como el crudiveganismo, hasta formas fustres de vegetarianismo (pollo-vegetarianismo, pescatarianismo…). Las razones por las que una persona decide adoptar alguna de estas dietas son muy diversas: desde motivos éticos-morales (la dieta vegetariana, si bien no eliminaría, si mitigaría de cierta manera el sufrimiento de los animales. En el caso de la dieta frugívora, incluso, se respetaría la vida de las plantas), hasta motivos higiénico-sanitarios (se relacionaría la dieta vegetariana con unos supuestos mejores índices de salud), pasando por económicos, ecológicos o políticos.

El vegetarianismo moderno es posible gracias a los avances tecnológicos en agricultura. Una dieta sin productos animales exige una amplia gama de productos vegetales que solo pueden ser obtenidos de manera intensiva gracias a las mejoras técnicas en los cultivos. Sin alimentos vegetales de calidad, variados y baratos no se podría, de ninguna manera, democratizar la actitud vegetariana; esta quedaría limitada a los más ricos. Si una ley prohibiera de facto comer carne sin aportar una alternativa vegetariana justa, se pondría en riesgo la salud de los más pobres. No solo eso; el vegetarianismo moderno ha precisado de concienzudas investigaciones médicas sobre fisiología humana y nutrición, gracias a las cuales hoy en día se conocen los efectos nocivos de la falta de producto animal en la dieta, así como los modos de evitar estas enfermedades carenciales (por ejemplo, la avitaminosis B12).

Si mejor o peor, el vegetarianismo es un avance en la dieta humana. Precisa de una serie de actitudes de control por parte de la persona que decide adoptar este tipo de alimentación: evitará acudir a ciertos restaurantes, leerá con atención los envases de los productos elaborados que adquiera, avisará a los anfitriones de una cena sobre sus requerimientos dietéticos… En fin, el vegetariano limitará su área de libertad alimentaria a través de un mayor o menor autocontrol. Y es que el vegetarianismo, en principio, amplía el dispositivo de control social por decisión propia del individuo. No existe una sociedad que le empuje indefectiblemente y sin posibilidad de oposición hacia una u otra dieta. La ampliación del control del vegetariano se realiza por mecanismos de autocontrol. Es cierto que existen grupos sociales vegetarianos, a los que cualquiera se adhiere libremente, y donde  los diferentes miembros intercambian experiencias dietético-culinarias, que pueden provocar cierto sentimiento de vigilancia. Sin embargo, estos grupos de ninguna manera actúan como instrumentos de control social exógenos al individuo; como mucho, la persona, tal vez para limitar la ansiedad, decide externalizar parte de ese autocontrol dietético al grupo social como forma de un mecanismo psicológico de proyección. Huelga decir que, excepcionalmente, sí podrían darse casos de sectas religiosas que hagan uso de la dieta vegetariana para controlar a los adeptos. Pero, afortunadamente, son casos aislados.

Pudiera suceder en el futuro que el vegetarianismo, transformado en ideología, imponga a la sociedad sus criterios de alimentación en base a argumentaciones etico-morales, ecológicas, políticas, económicas o de índole higiénico-sanitario. Como toda mejora tecnológica de un objeto cultural, no se observaría como una atadura, una reducción del espacio de libertad individual. Así como el férreo control al que nos hemos encadenado, voluntariamente, con el uso de las tarjetas de crédito (y no digamos con el pago por reconocimiento facial que no tardará en llegar) o los smartphones, es percibido como una comodidad, la dieta vegetariana políticamente impuesta sería recibida feliz y alegremente por gran parte de la población. Nos sentiríamos moralmente superiores a los comedores de cadáveres de animales contemporáneos, y nos preguntaríamos cómo, en épocas pasadas, la sociedad podía ser tan retrógrada como para considerar un manjar el chuletón a la piedra o las ancas de rana. Creeríamos que, con nuestra modernísima dieta estrictamente vegetal, habríamos alcanzado cotas de salud nunca vistas en la Humanidad. Achacaríamos al cierre de granjas animales la reducción del contenido de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Pero nunca, jamás, sentiríamos que esa nueva dieta, basada única y exclusivamente en alimentos de origen no animal, se trata de una nueva versión actualizada de un dispositivo de control social con el que se reduce, muy ostensiblemente, muestra área de libertad individual.

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