Secreto y otredad

William-Adolphe_Bouguereau_-_Pêche_pour_les_grenouilles
La pesca de ranas. Adolphe Bouguereau (1825-1905)

Quien queda fuera de lo que guarda un secreto siente que esa información velada posee un gran poder de influencia sobre su vida. Si el secreto no fuera tal, si nunca hubiera recibido ese apelativo, su contenido no sería considerado tan importante. Tal vez, incluso, esa misma persona rechazaría u obviaría esos datos por baladís y accesorios. Por lo tanto, no solo es el contenido, sino su también el atributo de hermetismo que lleva implícito, lo que confiere al secreto esa capacidad de excitación de las mentes desterradas del mismo.

Alguien sabe algo importante de mí y, por la razón que sea, no me deja acceder a ello. Una persona ajena a un secreto va a sentir que el contenido del mismo puede ponerla, de una u otra manera, en peligro. Creerá que, si accediera a esa información, probablemente, neutralizaría el poder negativo de la misma.

Y así, la persona excluida del secreto, sintiéndose amenazada, se protege. Pero no sabe hasta qué punto es importante la información; ni siquiera que aspectos de su vida implica. Por ello, suele tomar una estrategia de defensa que tenga en cuenta “el peor de los casos imaginable”. Así, imputa a la información secreta el máximo de importancia vital. De este modo prepara defensas psicológicas o físicas, para estar preparada en caso de que el contenido, en esos momentos aún velado,  se vuelva real  y manifiesto. Lo secreto se convierte así en una amenaza; no por la información que contiene, sino por la ausencia de transparencia. La condición de secreto, como la RAE, “limpia, fija y da esplendor” a los datos contenidos en el mismo.

La otredad, por su parte, no tiene por qué ser secreta. Puede mostrarse de manera impúdica a toda la sociedad; toda persona puede tener libre acceso a la misma. Sin embargo, la otredad, por muy abierta que se presente, no es completamente comprensible por todas las personas. Puede, incluso, quedar fuera del área de consenso de la verdad hasta el punto de aprehenderse como una “mentira”.

La otredad es amenazante porque no se comprende. Y si yo no entiendo una cosa, por muy pública que esta sea, se comporta del mismo modo que un secreto. Si el secreto cierra a la persona el acceso, la otredad limita el entendimiento. Es, por lo tanto, comprensible el miedo que la sociedad, cualquier sociedad, siente frente a la otredad: frente al extranjero, que habla un idioma incomprensible; frente a la tradición de tierras lejanas que no casa con las nuestra; frente a una visión del mundo incompatible con nuestras cosmogonías. Todo ello, aunque no se comporte en modo alguno como secreto,  y no se nos oculte deliberadamente, se vive como una amenaza.

Es comprensible, por lo tanto, ese sentimiento primitivo de miedo a los otros. Sería sano aceptar que todos nosotros, en cualquier momento de nuestra vida en sociedad, podamos sentir temor frente a una persona que consideremos ajena a nosotros mismos.  No hay que sentirse culpables, no hay que fustigarse: nadie es racista, xenófobo o intolerante por el hecho de sentir miedo por la otredad. Tampoco hay que anular y autocensurar ese miedo: el hecho de ser plenamente conscientes del mismo permite actuar sobre él, controlarlo, depurarlo e intelectualizarlo.

Que sea un sentimiento comprensible (y natural en la psique humana) no significa tampoco que haya que permitir su libre circulación por nuestras mentes; que todos poseamos un potencial racista, xenófobo e intolerante no significa que tengamos que explotarlo y hacer uso del mismo. Es más, el populista se aprovecha de ese miedo tan humano, tan vibrante, tan a flor de piel como lo es el miedo a la otredad, y le confiere un atributo de normalidad. Aquellos que son incapaces de manejar ese miedo verán en el populista una excusa para normalizarlo e introducirlo en sus vidas como un elemento constitutivo sano de sus opiniones.

Cuidado con el manejo de las otredades. De la censura del buenismo castrador, que desprecia e insulta al que declara en público su miedo por la otredad, a la apología del populista manipulador solo hay una delgada línea fácilmente traspasable.

 

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