Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (II)

El tirano napoleónico poco difiere del antiguo: toma el control de la parte política del poder social, se ocupa y preocupa de perpetuarse en él; busca el modo de arrebatar a Tradición y Mercado de todo poder político que estas, en sus interacciones con la Política, puedan haber arrastrado; e intenta influir sobre estos poderes parademocráticos para que se alineen lo más próximos a sus deseos y necesidades. Sin embargo, un nuevo modo de control político nacerá a partir de este tirano napoleónico: el totalitarismo. Este ya no aceptará la división de poderes de control social (Tradición, Política y Mercado), y tratará de integrarlos alrededor de su figura.

En el totalitarismo la Tradición ya no trabaja a las órdenes del tirano: el tirano es la Tradición. El desarrollo del historicismo y de los nacionalismos supuso la adopción de la idea de patria como símbolo de unidad entre las personas que viven dentro de un estado-nación. Esa patria fue diseñada a partir de moldes míticos, cuando no místicos. No solo sustituyó en muchos aspectos a la idea de dios, sino que también generó una auténtica religión de estado, cuyas repercusiones aún hoy en día vivimos y sufrimos. Con la mistificación de la patria, el tirano totalitario ya no precisa de la Iglesia para manejar los engranajes de la Tradición: el tirano se convierte en el representante de la voluntad de la patria. Omnisciente, sabe todo lo que ella necesita. Oponerse al tirano significa situarse en contra del pueblo, de la nación: quien ataca al totalitario es excluido de la sociedad edificada sobre el culto a esa supuesta nación.

El tirano antiguo o napoleónico, desde su posición ventajista, siempre ha influido sobre el Mercado. El control de aduanas, las levas de impuestos, los monopolios sobre ciertas industrias, o la creación de fábricas nacionales permitían un uso controlado de este poder parademocrático. El Mercado se ponía al servicio de la Política, pero jamás se confundieron Mercado y Política. Tan solo a partir de las primeras teorías científicas de la economía la Política pudo, como Crono con sus hijos, devorar al Mercado e integrarlo en el interior de su estructura de poder. La dictadura comunista que sufrieron, y aún sufren, diversos países es un claro ejemplo de totalitarismo donde se trata de jibarizar el Mercado a expensas del crecimiento desaforado de los poderes políticos del tirano.

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Artur Mas, ejemplo de político que se cree representante único de la voluntad de un pueblo (Fuente: La Vanguardia)

Pero Tradición no solo es Iglesia. No solo es culto a mitos nacionales hipertrofiados por la pluma de los historiadores que comen de la mano del poder. La Tradición es un poder parademocrático, y siempre lo será. Es la sociedad ejerciendo de árbitro para proteger, no al individuo, no al tirano, no al sacerdote, sino a la sociedad misma. Los objetos de la Tradición no existen porque los haya dicho el Papa, o porque aparezcan en un libro de texto de historia adoctrinadora para educación infantil, sino porque son útiles a la sociedad que, a través de ellos, asegura su propia supervivencia. Las leyes tradicionales van más allá de la sharia o de la barretina bajo la cual el tal Quim Torra disimula sus carencias democráticas. La Política jamás podrá dominar toda la Tradición, pero el totalitario gobierna con la asunción de que él es la Tradición. Y, cuando un gobernante desconoce los límites de su propio poder, suele acabar bien pegándose un tiro en la sien, bien su cadáver expuesto en una plaza pública, como sucedió a Benito Mussolini

Del mismo modo, el Mercado no son solo aduanas, impuestos, fábricas. El Mercado rige todo el intercambio de objetos físicos y teóricos que se da en la sociedad, sean estos o no monetizables. La Política puede llegar a adueñarse de lo monetizable, pero siempre quedará una cantidad nada desdeñable de intercambios de los que nunca jamás podrá ni siquiera conocer su existencia. La ausencia de autoridad sobre esos intercambios no monetizables impedirá al totalitario ejercer un control absoluto sobre el Mercado. Si actúa con la convicción de lo contrario, acabará arrastrando al país a la mayor de las ruinas.

El totalitarismo no es más que el uso torticero de los resultados de la aplicación del método científico a las Ciencias Humanas. Economistas como Adam Smith y Karl Marx nos convencieron de que la economía podía ser manejada con el mismo rigor científico que la física o la química. Sociólogos e historiadores historicistas y positivistas creyeron que la condición humana podía ser reducida a ecuaciones y fórmulas. Los resultados de esas investigaciones fueron considerados, ya no solo válidos, sino objetivamente verdaderos, y se emplearon de modo generalizado a ámbitos cada vez más amplios de la política. Los totalitarismos nazis o estalinistas están construidos sobre el cientifismo. No solo el sueño, como decía Goya, sino también la vigilia de la razón produce monstruos. Es así que, a través de la llamada al rigor científico y al progreso continuo de la Humanidad, se han desencadenado los regímenes políticos más perversos e inhumanos de la historia, los cuales se creían con la capacidad, no solo de monopolizar el poder político, sino también de usurpar las funciones que, en otros tiempos, desempeñaban el Mercado y la Tradición.

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