Criterios de autoridad en la ciencia contemporánea (I): el texto impreso

La caída del principio de autoridad de los antiguos ha sido uno de los mitos sobre los que se ha edificado el racionalismo moderno. Según la nueva ciencia que se fue desarrollando a partir de Descartes, y que tiene en Isaac Newton su mayor referente, toda afirmación debía venir acompañada de una comprobación empírica, lógica, matemática o científica. La palabra de los doctores de la Antigüedad, que se había considerado hasta entonces sagrada por los científicos, carecía de valor sin una demostración fehaciente.

Es cierto que la rigidez de la ciencia antigua, anclada en viejas rémoras del pasado que se consideraban intocables, no tiene que ver con la agilidad y capacidad de reinvención de la ciencia moderna, pero no es menos cierto que, a pesar de los serios intentos por destruirla, no hubo modo alguno de acabar con el criterio de autoridad.

El criterio de autoridad era necesario en un mundo en el que la información se transmitía de modo oral-caligráfico. El conocimiento se acumulaba a través de la experiencia y los años. No había modo de informarse acerca de cierto remedio contra la gota o de los eclipses de luna que a través de lo que los médicos o astrónomos más viejos y experimentados podían contar de viva voz.  Sin libros impresos a los que acudir, la voz de los ancianos era el oráculo de los iniciados, por lo que era lógico que se creara una aura de divinidad alrededor de los dichos y enunciados de los más grandes sabios de la Historia.

Si el método cartesiano tuvo éxito, fue porque nació en un mundo donde la tecnología de impresión ya estaba más que desarrollada. Ya no había que acudir a los viejos para recuperar un saber olvidado: estos se acumulaban en las páginas de los libros que se imprimían en los talleres tipográficos de media Europa. Ante la facilidad que suponía la acumulación de saber, se dejaron de venerar a los más experimentados y se otorgó más importancia a la novedad, al descubrimiento, a lo inédito. La juventud, más propicia al cambio, tomó las riendas de la ciencia.

Ahora bien, esa ausencia de criterio de autoridad era más ficticio que real. Porque aquello que había arrebatado a los sabios de la Antigüedad y a los doctores coetáneos, se transfería de manera casi automática al libro impreso. Este recibía, por parte de los científicos de la época, el mismo respeto y la misma devoción que los científicos de la época oral-caligráfica mostraban por Paracelso, Avicena o Ptolomeo. El texto impreso era inmodificable. Contenía la expresión exacta de lo que alguien, meses, años o siglos atrás, había querido manifestar. La estabilidad del texto impreso asumía el rol que, siglos atrás, se había conferido a los más ancianos.

La transformación del criterio de autoridad operó del siguiente modo: de la sacralización de lo dicho por figuras relevantes en la Antigüedad se pasó a la veneración de los textos escritos: unos científicos citaban a otros en sus trabajos, los cuales eran citados por otros científicos… Al final se producía un efecto de “círculo cerrado” en el que unos pocos textos se convertían en la referencia de una multitud de estudiosos de un tema: nacían así las disciplinas. De la verdad “porque lo ha dicho Aristóteles”, se pasaba a una verdad “porque los datos obtenidos en esta investigación corroboran lo enunciado por Aristóteles”.

La disciplina científica es el fruto del criterio de autoridad textual que apareció con la invención de la imprenta de tipos fijos: una ciencia se consolida como tal porque un grupo de sabios repiten continuamente unos conocimientos que aparecen en los libros de texto científicos, y diseñan unos experimentos científicos que tienen como finalidad la demostración de los mismos. Fuera de esa disciplina pueden existir otras muchas que manejen diferentes textos, diferentes teorías, que corroborarán con otros experimentos científicos, tal vez incluso contradictorios respecto a los de la primera disciplina. Así, no es lo mismo una molécula para un físico que para un químico, pero ambos tendrán razón, pues serán capaces de justificar su visión molecular a través de un index que recogerá cientos, miles de citas bibliográficas que las apoyan.

Por lo tanto, el criterio de autoridad no ha desaparecido en la ciencia contemporánea. Simplemente se ha desplazado: de la voz de los sabios de la Antigüedad a las palabras impresas en los volúmenes científicos; de la experiencia de los más viejos, a la curiosidad de los más jóvenes.

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