El fracaso de la política cartesiana

Descartes_Discours_de_la_Methode

Si hay un movimiento intelectual que define como pocos el espíritu del pensamiento moderno, ese es el racionalismo promovido por Descartes a partir de su ensayo “El discurso del método”. Las implicaciones prácticas de este racionalismo se observaron, sobre todo, en el ámbito científico, de donde se expulsó, quizás para siempre, el criterio de autoridad que tanto pesaba sobre las decisiones, opiniones y experimentos de los científicos de la época. Sin embargo, su área de influencia no solo se limitó a lo científico, sino que abarcó áreas del humanismo y, como no, también de la política.

Aunque tal vez no tan valorada y comentada, una de las aportaciones más importantes de Descartes fue la de la creación de límites perfectos en el área de pensamiento, de modo que todo elemento cognitivo, toda creación ideológica procedente de nuestra mente posee unas fronteras netas y unas atribuciones concretas. Las definiciones, después de Descartes, renunciaron a esa tizna de inconcreción con la eran enunciadas, por ejemplo, por algunos doctos antiguos o, como no, por los filólogos y filósofos del Humanismo.

Si Descartes tuvo éxito, no lo fue por lo novedoso de sus revolucionarios planteamientos, ya antes pronunciados por otros filósofos, como los atomistas griegos; sino porque vieron la luz en una época que no solo posibilitaba el cambio de pensamiento científico-humanista, sino que además la misma sociedad europea lo exigía. Por una parte, la consolidación de la industria de la imprenta trajo consigo un aumento de los volúmenes impresos. El pensamiento oral-caligráfico, de memoria frágil, y que precisaba de figuras de referencia sobre el cual sostenerse, cedía su espacio en la ciencia al lectopensamiento, basado en la recopilación de información en libros impresos y, por lo tanto, menos influido por aquello que puedan decir los viejos sabios. Sin una imprenta afianzada no podía desaparecer el criterio de autoridad.

Pero por otra parte, la época de Descartes fue turbulenta en cuestiones de religión. De hecho a él le tocó vivir y padecer la terrible Guerra de los 30 años que asoló media Europa. Su muerte, dos años después de la Paz de Westfalia coincide con un rearme moral, espiritual e intelectual, el cual exigía reanalizar todo lo sabido hasta entonces y reinterpretarlo de una manera clara, concisa y, sobre todo, libre de contradicciones que pudieran confundir a los súbditos de unas u otras creencias. El método cartesiano permitía justificar las decisiones acerca de la vida y muerte de los ciudadanos, ya no solo en base a una especulación divina, todavía fuerte y poderosa (si no más, tras el advenimiento de la Contrarreforma en el mundo católica y la victoria del rigor luterano en el terreno protestante), sino que, además, hacía uso del instrumento de la razón para explicarlas, de modo comprensible, sin necesidad de actos de fe.

La visión cartesiana exige una simplificación: sí-no, dentro-fuera, bueno-malo… En el momento en el que, en una definición, se introduce una escala de grises, complica tanto su lectura como su no-contradictoriedad. Y, así, el mundo de la política, donde una nueva concepción territorial se venía de imponer (el Estado-nación) recurrió a Descartes para establecer, no ya fronteras geográficas (esas ya existían desde hacía siglos), sino también mentales, entre los súbditos de las recién establecidas naciones. Antes de 1648, el sentimiento de pertenencia a una nación no existía, o era muy débil. En primer lugar, porque la soberanía del territorio estaba en manos de la monarquía o la aristocracia. En segundo lugar, porque Europa se dividía políticamente en tres estratos: el subnacional (señor feudal), el nacional (rey) y el supranacional (Papado), lo cual imposibilitaba una definición unívoca del término “nación”. En tercer lugar, el universalismo romano, que hizo posible la expansión del imperio mediante la asimilación de los conquistados, era incompatible con la nueva visión de la nación moderna, más hermética, menos propensa a cambios venidos desde fuera. La nación moderna se fundó, pues, sobre la sobriedad de pensamiento cartesiano, que delimitaba neta y claramente las atribuciones, características, historia, cultura, raza, religión… de los nuevos países europeos.

El Estado-nación fue dibujado con pinceles cartesianos y, a partir de ahí, se concibió toda una revolución en la ideología política de la época, que sustentaba tal división territorial. De ahí el éxito de los historicistas como Giambatista Vico o Johann G. Herder: construyeron una historia nacional basada única y exclusivamente en los legajos que apoyaban la idea de unicidad nacional, de estabilidad en el tiempo, y de impenetrabilidad de lo extraño. El nacionalismo contemporáneo bebe de esas fuentes: de las de Descartes, que habla de fronteras perfectas e identidades puras, y las de los historicistas, que descubren en el devenir de las personas signos y pruebas que refutan todo intento de universalismo y ecumenismo.

Pero el racionalismo cartesiano también ha impregnado en la visión del poder político. A pesar de las limitaciones inherentes de la misma, la sociedad piensa que las atribuciones otorgadas a la Política son lo suficientemente poderosas como para controlar todo lo que sucede dentro de un territorio concreto. El poder es poder; y si no es capaz de resolver un problema urgente que acucia a la sociedad, no lo es por incapacidad del mismo, sino por la mediocridad de los representantes políticos. Y así, la democracia es disfrazada con una pátina de superpoderes míticos, casi místicos, con los que los ciudadanos creen que todos sus problemas pueden llegar a ser resueltos. Pero la democracia, por lo menos esa que hemos adquirido a lo largo de las luchas revolucionarias de los siglos XVIII-XX, tan solo son leyes, y los órganos encargados de velar por su cumplimiento. En la vida en sociedad hay muchos más elementos que esas leyes; hay acciones ilegislables o que, en caso de que se vincularan a una ley, convertirían el ambiente social en opresivo y delirante. Así, todo no es monetizable, todo no es tasable con impuestos, todo no es reducible a meros números y complejos cálculos algorítmicos. A la democracia, como al tirano, como al totalitario, se le escapan ciertos modos y obras de los ciudadanos. Y eso es algo que no encaja con la visión cartesiana de la democracia.

El racionalismo, con su simplificación metodológica y la superdivisión de saberes, ha permitido un importante avance en términos científicos, tecnológicos, políticos y sociales. Pero tiene importantes limitaciones y taras, las cuales lejos de poder ser resueltas mediante herramientas racionalistas, precisarían de una vuelta al pasado premoderno, no quizás para solucionarlas, sino por lo menos para otearlas y diagnosticarlas. El escepticismo humanista, menos encasillado, menos rígido que el racionalismo, pero también más indefinido, menos claro, es una vía absolutamente válida para comprender cuáles de los males que afligen a nuestra sociedad proceden única y exclusivamente de esa visión todo-racional en la que nos hayamos atrapados desde que, en 1637, René Descartes publicara “El discurso del método”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s