En contra del cientifismo de Richard Dawkins

Richard Dawkins me parece un autor muy interesante y su figura como defensor del ateísmo militante me resulta casi hasta necesaria. En uno de sus libros, “The selfish gene”, lanza dos magníficos conceptos, tal vez imposible de demostrar científicamente: Uno, la teoría del gen egoísta como instrumento para explicar el origen de la evolución de las especies desde un punto de vista bioquímico. Y dos, la idea de “meme” como “gen cultural”, transmisor de información no contenida y no contenible en el ADN.

Sin embargo, a Richard Dawkins hay que leerlo con tiento. Sustituye la fe en las tradiciones históricas por una fe inquebrantable en la ciencia. Es un cientifista. Otorga a la ciencia una serie de atributos y de capacidades de los que, realmente, carece. Por ejemplo, no es una herramienta válida para buscar respuestas a preguntas generales, pues el método científico se basa en, justo, lo contrario: buscar explicaciones adecuadas a fenómenos singulares.

El cientifismo de Dawkins procede de una pésima interpretación del positivismo científico que, desde el siglo XIX hasta Karl Popper, consideraba que el método científico se basa en un acúmulo constante de conocimiento, en el que siempre “se sabe hoy más que ayer pero menos que mañana”. Eso está absolutamente cuestionado actualmente. Primero, porque la ciencia tal vez no sea acumulativa, como aparentemente lo es la tecnología. De ahí las teorías del paradigma científico y la ciencia revolucionaria de Thomas S. Kuhn. Segundo, porque para que la ciencia avance, a veces hay que “hacer trampas” y alejarse del método científico, esto es, trabajar al margen de la ciencia. Galileo no demostró que la Tierra giraba alrededor del Sol con datos fehacientes: sus teorías fallaban más que una escopeta de feria cuando se aplicaban en la práctica. En la época de Galileo, la información y los cálculos con los que se contaban daban más la razón a la teoría geocéntrica que la heliocéntrica. Aun así, Galileo, en contra de la ciencia coetánea, pudo imponer su visión heliocéntrica. Lo mismo sucedió con Pasteur. O  Einstein. Hoy en día a Galileo no se le amenazaría con la hoguera de la Inquisición. Simplemente, se le retiraría su título de astrónomo, se le relegaría al mayor de los ostracismos y se le apuntaría por la calle con el dedo, acusándole de astrólogo charlatán.

Tenemos vacunas, coches y naves espaciales, no solo gracias a la ciencia (que así lo es), sino también porque hubo personas que fueron capaces de ver más allá del método científico válido de su época. Y corromper las normas de la investigación científica.

Es por ello que hay que tener cuidado con radicales como Dawkins. La ciencia debe ser humilde. Debería recuperar ese escepticismo científico que se destruyó con la imposición del rígido racionalismo de Descartes: ni la ciencia posee el monopolio de la razón, ni ésta se maneja siempre en términos racionales. Cuando Richard Dawkins desprecia, si no aniquila,  las tradiciones, se está comportando como el peor de los talibanes, ese que considera que su religión es la única, la verdadera, y que no hay sitio en la sociedad para otras opiniones diferentes a la suya. Como diría Paul Feyerabend: “Si uno muestra que el componente intelectual es mucho más débil de lo que pretenden los apóstoles de la racionalidad, que los llamados argumentos a su favor son engaño y sus principios mito (…), entonces surgiría la posibilidad de utilizar las ventajas del racionalismo occidental, sin destruir al mismo tiempo los valores tradicionales”.

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