La empatía textual al cierre del paréntesis Gutenberg

Se denomina paréntesis Gutenberg a ese breve periodo de la historia que va desde la puesta en marcha por parte de Johannes Gutenberg de la primera imprenta de tipos móviles (misal de Constanza, 1449; o Biblia de 42 líneas, 1454), hasta la aparición de los primeros dispositivos digitales de comunicación. Durante esos escasos cinco siglos, el texto impreso ha modificado el modo de aprehender el mundo para las personas alfabetizadas. Walter Ong, en su ensayo “Oralidad y escritura”, explica las diferencias entre el pensamiento oral, que maneja solamente textos que recibe de boca a boca, y del pensamiento impreso, que aprovecha la difusión de la información a través de los libros, folletos, revistas, periódicos…

Una de las características del texto impreso radica en la univocidad del mismo. El autor plasma en un libro sus ideas, pensamientos, miedos o locuras, y se lo entrega a decenas, miles, millones de lectores a través de ejemplares que contienen, exactamente, la misma versión del texto de ese autor. El lector que se disponga a leerlo no podrá entrar en conversación con el autor. Este estará, si no muerto, tal vez a decenas de miles de kilómetros y a varios husos horarios de distancia. En el pensamiento oral, sin embargo, todo texto, incluso el caligráfico, está creado para ser expuesto en directo ante una audiencia. El que habla y entrega el texto está en el mismo lugar y en el mismo momento que el receptor. Esto estimula un intercambio de pareceres que, inevitablemente, tendrá efectos sobre la estructura del texto. Si se trata de un juglar que recita un poema que resulta aburrido para los asistentes, la próxima vez que se enfrente al público lo modificará con tonos más divertidos. Si un texto religioso resulta polémico ante la cátedra de unos sabios doctos, el autor tratará de limar asperezas, si es que tiene la oportunidad de volver a presentarlo, y no cae en una caldera llena de agua hirviendo. Este juego autor-audiencia convierte al texto oral en una creación colectiva en la que participan emisor y receptor. Todo lo contrario al texto impreso, que es estable y no modificable hasta, por lo menos, que el autor y editor decidan publicar una nueva edición.

De estas univocidad y estabilidad textual se deducen otras dos propiedades del texto impreso: sus (supuestamente) inalterables contextualidad y su unicidad interpretativa. El autor, cuando escribe un texto, lo hace en un contexto. Además, la interpretación del texto debería ser realizada en función de los estímulos, deseos e intereses de ese autor. Cuando alguien se enfrenta a un texto impreso, de manera más o menos consciente, sabe que el contenido de dicho texto ha sido creado por un único autor (o un único conjunto limitado de autores). También intenta contextualizar el texto, esto es, situar la acción o el contenido del texto en las circunstancias que el autor original quiso otorgarle. Y finalmente, aunque el lector interprete ese texto según sus deseos, experiencias y conocimientos, tendrá, por lo menos, el sentimiento de que se ha acercado, aunque sea solo imperceptiblemente, al objetivo del autor. Esto no sucedía en el texto oral, el cual era colectivo (creación coral de autor y público), e inestable (variaba con cada declamación).

La empatía textual podría definirse como la capacidad del receptor de un texto de situarse en la posición del autor del mismo, esto es, la facultad de interpretar y contextualizar un texto lo más fielmente posible a las intenciones del autor. Una empatía que no era necesaria, ni tal vez posible, en la época del texto oral y caligráfico, donde la conexión con el emisor se manejaba en términos emocionales mucho más directos. La empatía textual exige suspender, aunque sea tan solo durante unos instantes, el enjuiciamiento que se hace al autor, para así ponerse en su piel y tratar de comprender los motivos que impulsó a este a redactar el texto tal como llega impreso hasta nosotros.

Tras el cierre del paréntesis Gutenberg aparece una segunda oralidad que se caracteriza por la democratización de los sistemas de edición (editores de texto de los ordenadores), impresión (impresoras domésticas, pantallas, tablets, teléfonos móviles…) y difusión (redes sociales). La accesibilidad absoluta desacraliza lo impreso. En primer lugar, la autoría del texto, que en el paréntesis Gutenberg era fija, deja de ser importante. No son buenos tiempos para los artistas, músicos y novelistas, cuyas obras son pirateadas sin pudor. Además, cualquiera puede apropiarse de un texto y manipularlo. Y es que la relación entre creador-receptor ya no es unívoca, como sucedía durante el paréntesis Gutenberg. La segunda oralidad tampoco sigue la configuración bidireccional que se daba en la primera oralidad. En la segunda oralidad el receptor mismo, al manipular un texto, se transforma también en creador, sin necesidad de comunicación directa, ni siquiera de permiso, del autor primigenio. El receptor remodela el texto original, reinterpretándolo y recontextualizándolo, según sus intereses, caprichos o necesidades. Un claro ejemplo de esta manipulación se puede observar en los memes, que no son más meras modificaciones (casi siempre groseras, para que quede constancia de que es una manipulación) de la foto de una persona, célebre o anónima,. O también, simplemente, se añade un texto adjunto a la imagen que, muy posiblemente, nada tiene que ver con las circunstancias en las que se obtuvo esa foto.

Los memes no solo ejemplifican un cambio de posicionamiento del receptor del texto respecto al autor. En la segunda oralidad el receptor ya no busca interpretar y contextualizar el texto de la manera más fidedigna a la que trató plasmar el autor. Los deseos, emociones e intereses del cantante, opinador, pintor, editorialista o escritor no solo pasan a un segundo plano, sino que desaparecen, se extinguen. El texto pertenece al receptor, él es el único soberano del mismo. Y, por ello, prevalecerá su interpretación y contextualización.

Vivimos, pues, en una época de alexitima textual, donde nos olvidamos de los sentimientos que impulsaron a alguien a crear una obra, editarla y publicarla. Tan solo vivimos los sentimientos que nosotros colocamos sobre ella, independientemente de lo lejos o cerca que estos estén de los del autor original. Una falta de empatía que se traduce en una hipersensibilidad a la ofensa: en cualquier texto, si es leído de manera capciosa y maliciosa, siempre se podrá encontrar alguna segunda interpretación que ultraje y agravie a un individual o a un colectivo. El autor no tiene derecho a réplica, pues su opinión acerca de su propia obra es irrelevante. El ofendido se hace amo y dueño de su creación.

Ante esta alexitimia textual es la cultura misma la que se tambalea y languidece. La censura ya no viene de los gobiernos e instituciones religiosas, sino que se genera en las redes sociales y se expande por los mass-media. Cualquier lectura melindrosa de la letra de una canción (pongamos, “Every breath you take” de The Police) transforma una canción romántica en un alegato a favor del control absoluto del machista sobre la mujer. O cualquier crítica a Israel por su actitud contra Palestina y los palestinos puede leerse en clave antisemita. Ya no callamos por miedo a la ley mordaza, o al censor que, desde su oficina, decide qué es publicable o no. Ya no medimos con rigor y sudores nuestras palabras para no ofender a Yahvé, Allah o Jehová. Ahora hay que prestar suma atención de que nuestros textos no puedan ser tomados como apología de cualquier causa innoble: racismo, machismo, homofobia… Harta compleja tarea pues, ¡atención! nadie está libre de cometer un microrracismo, micromachismo o microhomofobia y, además, muchas veces nuestras expresiones se transforman en un libelo intolerante sin que nosotros podamos haber realizado una censura a priori. Simplemente porque la interpretación capciosa solo aparece a posteriori de nuestra declaración.

No es fácil conservar la empatía textual en un mundo bombardeado por la información digital, donde solo lo más ruidoso, polémico e incendiario destaca. Sin embargo, es una cualidad que hemos desarrollado dentro del paréntesis Gutenberg que merecería la pena conservar en una era donde el texto impreso ha perdido tanto la autoridad como el carácter sagrado.

Un comentario en “La empatía textual al cierre del paréntesis Gutenberg

  1. […] Desde hace varios años vivimos en una especie de esquizofrenia hard, en la cual existe una clara discrepancia entre nuestros modos de pensar y los modos de expresar nuestros pensamientos. Así, todavía cogitamos según las estructuras adquiridas por las sociedades alfabetizadas mediante textos impresos, de manera que todo aquello que leemos en un libro, un panfleto o, mismamente, en este blog, lo asimilamos como si el contenido fuera estable (que lo es, en mucha medida, sobre todo en el papel impreso), unidireccional (del autor hacia el lector, sin que haya lugar a feed-back) y canónico (en el texto se reconoce indudablemente la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito). Sin embargo, la revoluciones tecnológicas en el ámbito de la cultura han ido demoliendo, desde los años 70, ese modelo de pensamiento “a lo Gutenberg” en el cual hemos sido educados, y en el cual todavía aún educamos a las futuras generaciones. Y es que el texto ya no es estable. Cualquiera puede apropiarse de una pieza de cultura para transformarla según sus deseos y necesidades, como podemos observar todos los días en los miles de memes que recibimos por mensajería instantánea y redes sociales. Además, sobre todo desde la aparición de la web 2.0, el lector puede interactuar, no ya solamente con el mismo el autor, sino también con miles de otros lectores, editores, supervisores de foros… Toda estas reinterpretaciones, recontextualizaciones y publicaciones de opiniones destruyen todo atisbo de canonicidad del texto impreso: este ya nunca más expresará la voluntad, sentimientos e ideas de aquel que lo ha escrito, sino de todos aquellos que lo leen. […]

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