George Orwell y el aforamiento de políticos corruptos

Hay una famosa escena de la novela “1984” de George Orwell que suele ser utilizada para mostrar hasta que punto los totalitarismos pueden llegar a controlar las masas: un representante del Gobierno habla a través de altavoces durante una manifestación popular a favor del régimen y en contra de las potencias enemigas. Arenga a las multitudes a apoyar al ejército en contra de esas bestias salvajes extranjeras. Pero algo sucede durante el discurso: parece que se ha producido un cambio en el frente de guerra. Los que antes eran enemigos se han convertido en aliados y los que eran aliados, enemigos. El portavoz introduce ese cambio en el discurso, sin ni siquiera titubear o cambiar el tono. El público asistente al principio está perplejo, pues no comprende lo que está sucediendo. Poco a poco comprenden que los carteles donde expresan su odio son incorrectos, pues nombran a alguien que ya no es enemigo. Con furia, lanzan al suelo esos carteles y los destruyen. A los pocos minutos la masa asume sin rechistar el cambio de estrategia militar y vitorea enfervecidamente a sus líderes.

Sobre todo en política, la integridad moral es un valor utópico e ideal, el cual tal vez puede perseguirse, más jamás alcanzarse. Tan solo aquellos que viven en el mundo de la teoría política, allá en las bibliotecas de las universidades, rodeados de libros, son capaces de establecer una acción política superior, no contradictoria, que no niegue ninguno de los principios más absolutos que recoge un corpus ideológico. Sin embargo, cuando se baja a la arena de la realidad, y se pone en marcha ese proyecto político tan bien preparado por los teóricos, se dará de bruces con una sociedad hecha de personas imperfectas, mitad racionales, mitad irracionales, muchas de las cuales ni tendrán ilusión en el nuevo proyecto político, e incluso lo rechazarán y lucharán contra él. Es el momento de articular el proyecto, de introducir cambios ad hoc para adaptarlo a las condiciones sociales…. y es en ese momento cuando ese proyecto político se ensucia, se contamina, deja de ser no-contradictorio.

Sin embargo, ni los teóricos de la ideología ni los seguidores más acérrimos y desaforados se darán cuenta de los cambios. Los primeros porque están demasiado ocupados tejiendo sus guiones de política-ficción. Los segundos, porque no realizan ni un mínimo análisis crítico de las consecuencias sociales de las ideas políticas a las que se han adscrito y, por lo tanto, continúan ensalzando la gran obra ideológica de sus líderes.

Existen así tres tipos de fanáticos. Los primeros son aquellos que viven en el mundo de la teoría política y jamás abren un periódico; trabajan sobre ideales platónicos y consideran que tales ideales pueden establecerse como estándares en la vida política, social y cultural. Los segundos son la masa, a la que podemos pertececer cualquiera de nosotros en cualquier momento de nuestra vida, pues por muy prudentes y prevenidos que andemos por las procelosas aguas de los mass-media, no tenemos capacidad para juzgar y criticar todos los terabytes de información política que recibimos. La masa funciona con sentimientos de amor, de odio. La madre patria. El dios al que tenemos que defender. El idioma de nuestros antepasados, amenazado por otro idioma bárbaro e invasor. El equipo de fútbol injustamente tratado por el VAR y los árbitros… Cuando activamos el cerebro en modo “víscera”, seremos capaces de defender con uñas y dientes cualquier idea política, sin ser capaz de apreciar sus contradiciones, ni las miserias que su ejecución provocan en la sociedad.

Hay una tercera familia de fanáticos, que en realidad se tratan de unos falsos fanáticos. Son aquellos políticos que, conocedores de la imperfección de su idea política y de los estragos que puede generar, siguen adelante con esos nocivos proyectos. Alimentan a los teóricos, bien pagándoles becas de investigación o incluso cátedras universitarias. Articulan las manipulaciones históricas y no históricas que los fanáticos de las bibliotecas universitarias extraen de los anaqueles. Y encienden los ánimos, las pasiones y las vísceras de la masa, la cual obedecerá sin rechistar las órdenes de sus líderes, por contradictorias o poco efectivas que puedan resultar.

De esta manera, me resulta conmovedor observar como aquellos que, hasta hace nada, ponían el grito en el cielo por los aforamientos de los políticos corruptos del PP, ahora brinden con cava por la impunidad otorgada a otros políticos corruptos. Un día se dijo a la masa que los aforamientos son malos, que estimulan el vicio y el latrocinio entre los políticos. Que cualquier juez o jueza, aunque detente su plaza en un juzgado de paz, debe tener derecho a sentar en un tribunal a un ministro, a un diputado, a un senador. Pero la masa pensaba eso porque a sus líderes les venía muy bien que sus adversarios políticos, pringados hasta lo más alto de casos de corrupción, pudieran ser expuestos judicialmente hasta la indecencia. Ahora los corruptos son los líderes de la masa. Son ellos los que ha robado. Los que han manipulado las leyes para sus caprichos personales. Los que han hablado de la “voluntad del pueblo” cuando en realidad desprecian al pueblo. Sin embargo, según ellos, ahora no solo es exigible el aforamiento, sino la impunidad: impunidad para robar, para saltarse leyes, para arrogarse poderes autoritarios y dictatoriales, para insultar al ciudadano… Y los Tribunales Europeos han concedido esa impunidad. La masa visceral no piensa, no juzga… simplemente se emociona. Y si ahora sus líderes están contentos por haberse librado de la Justicia, entonces ellos, como en la novela de George Orwell, romperán los carteles en los que pedían “Fuera aforamientos” y se lanzarán en frenética alegría a las calles de su ciudad, marcando con pintura roja y gualda a aquellos que los líderes han designado como “enemigos” de la sociedad.

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