La crisis de la sanidad española. Retos a medio y largo plazo

NOTA: Redactado antes de la crisis del Covid19

Medios de comunicación, políticos, gestores, gente de la calle… Todos nos alertan de que el sistema sanitario está en crisis. Tal vez habría que preguntarse si ese sistema no ha estado alguna vez en situación de dificultad. A diferencia de otros ámbitos «humanos», como pueden ser la política o el arte, no existe un momento «mítico» de la sanidad, en el cual el sistema sanitario se considere ideal e inmejorable. Se habla de un «Siglo de Oro» de las letras españolas; pero nadie puede nombrar ni siquiera una década de esplendor sanitario donde tanto profesionales como pacientes estuvieran totalmente satisfechos con las atenciones y servicios sanitarios. A diferencia de los historiadores que comen de la mano del que manda, y que pueden construir, a través del «picoteo» de legajos y anaqueles, un pasado mítico (y casi místico) de una nación, cultura, o movimiento político; no hay erudito, por muy corrupto que sea, que se atreva a glosar las virtudes de un tiempo o un lugar donde la sanidad fuera mejor que la actual. Sin referencias pasadas sobre las que construir un relato de excelencia, el sistema sanitario ha estado, está y siempre estará en crisis permanente. Crisis, porque no hay arquetipo de sistema sanitario ideal a partir del cual construir nuestro propio modelo. Crisis, porque los avances tecnológicos no permiten actualizar los servicios a la misma velocidad que estos se ofertan. Pero crisis también del modo que se interpreta desde la cultura china: una oportunidad para mejorar y perfeccionar este complejísimo sistema que trata de ofrecer consuelo y alivio a los pacientes.

Cuando se habla de crisis generalmente siempre se halla implicado el factor económico. Y cuando el dinero con el que se cuenta es público, procedente de los impuestos de los ciudadanos, cualquier crisis exige plantear modelos más eficaces de financiación. En un sistema público, donde el proveedor de salud no paga directamente por los recursos que gasta, se está técnicamente abocado a consumir medios ilimitados con el fin obtener una cartera de servicios amplísima, aunque no siempre eficiente. El Estado, como financiador de servicios sanitarios, no posee los recursos ilimitados que exige esa cartera de servicios. Se hace, por lo tanto, perentorio, tomar medidas que favorezcan la sostenibilidad del sistema, sin que por ello se produzca merma tanto en la calidad como accesibilidad del mismo.

Por ejemplo, hasta no hace mucho tiempo era el jefe de un servicio hospitalario el que decidía, en base a criterios técnicos, qué productos y tecnologías sanitarias aplicar en los pacientes. Así, en un servicio de Traumatología público, la prótesis de cadera que se ofertaba había sido elegida por su calidad, durabilidad, instrumental y servicio de venta. Poco contaba el precio de la misma, por lo que, a veces, la industria farmacéutica «hinchaba» los precios de esos materiales. Con la llegada de la crisis de 2007-2008 se produjo un cambio radical. A partir de entonces, el factor económico pesó más que el técnico. El voto del gestor contaba más que la del jefe de servicio a la hora de optar por un tipo u otro de prótesis. Sin embargo, lo que en principio podía parecer eficiente, pronto se vio que estaba abocado al fracaso: primero, porque la bajada de precios de los proveedores solía ir asociada con una pérdida de calidad, a veces reprobable 1, lo que implicaba mayor número de complicaciones quirúrgicas y sobrecostes de segundas cirugías. Segundo, porque para abaratar costes, los proveedores centralizaban sus almacenes en puntos muy concretos de la geografía española, de modo que no podían suministrar encargos urgentes-emergentes a hospitales alejados de estos lugares. Es por ello que actualmente se está recuperando, ya no solo el coeficiente «calidad» del producto sanitario, sino también el valor añadido de la casa suministradora (cercanía, capacidad de hacer frente a casos complejos) e, incluso, otros factores más relacionados con aspectos sociales (planes de eficiencia energética, gestión de residuos…).

Otro problema relacionado con la financiación procede de la necesidad de mantenimiento de las infraestructuras hospitalarias. Para este mantenimiento y reorganización de servicios  se precisa de una visión a medio-largo plazo muy aguda: ¿Está sobredimensionado el servicio de Maternidad ante la bajada de la tasa de natalidad?; ¿los quirófanos de cirugía general están adaptados a un uso cada vez más extensivo de la laparoscopia?; ¿se ha previsto una ampliación de las Urgencias Generales debido a la llegada del metro al hospital?… Si hay una infraestructura que siempre está en peligro de quedar obsoleta, esa es la informática. La digitalización de la sanidad ofrece enormes ventajas: mayor y mejor flujo de información; interacción entre profesionales; rapidez en el acceso a la historia clínica… Pero también obliga a ampliar el número de ordenadores, software, un servicio de informáticos cada vez mayor, sistemas de seguridad, de almacenaje de datos… Y todo ello en constante renovación, con el costo que ello supone.

Asociado las infraestructuras (el «continente»), también se encuentra el problema del «contenido», esto es, de las nuevas tecnologías sanitarias que prometen mejores resultados en términos de salud sobre nuestros pacientes. Aquí el problema es más complejo. Por una parte, hay que valorar si, realmente, esas nuevas tecnologías son mejores que las antiguas (eficacia y efectividad), y si esa mejora compensa económicamente (eficiencia). Por otra parte, la presión de la industria farmacéutica y de los pacientes puede favorecer la aplicación y el uso de técnicas más novedosas, pero no más eficaces. Un claro ejemplo de ello es el aumento de la incidencia de tratamiento quirúrgico de ciertas fracturas de extremidad superior, como puede ser la clavícula. La evidencia científica ha demostrado que la inmensa mayoría de fracturas de clavícula obtienen mejores resultados si no se intervienen quirúrgicamente 2. Aun así, existe una presión comercial (cursos de las compañías que venden placas de osteosíntesis) y de los propios pacientes (deportistas amateur que exigen recuperar cuanto antes su nivel competitivo) que puede llevar al médico a elegir tratamientos más novedosos, más caros  y más agresivos, pero tal vez menos eficaces. El aprovechamiento de los informes de los servicios de evaluación de tecnologías sanitarias puede ayudar a alcanzar un equilibrio entre avances tecnológicos y ganancia en resultados clínicos.

He hablado de presión de los pacientes sobre el sistema sanitario, pero ¿por qué esta presión es cada vez mayor? Primero, por el aumento de la esperanza de vida de la población. A pesar de que se preconice un «envejecimiento saludable», es indiscutible que a mayor edad hay mayor riesgo de sufrir enfermedades agudas y crónicas. Si cada vez hay un número cada vez más grande de ancianos, por muchas políticas preventivas que se tomen, habrá indefectiblemente una merma en la calidad de vida de los mismos, y parte de esa pérdida de calidad de vida se intentará compensar por la vía de la medicalización. El tabú hacia la muerte que se ha instaurado en la sociedad occidental 3 implica un sobrediagnóstico y sobreactuación terapéutica sobre pacientes ancianos muy deteriorados que, posiblemente, merecerían un trato menos invasivo y una muerte más digna.  En segundo lugar, a la ciudadanía se le ha inculcado la salud como un derecho inexcusable. De modo que se exige a los profesionales sanitarios que hagan efectivo ese derecho. Así, dolencias leves que antaño no pasaban por la consulta del ambulatorio, ahora colapsan las abarrotadas agendas de los centros de salud. Problemas que bien podrían solventarse con la reducción de nivel de actividad (por ejemplo, un aficionado a correr maratones que sufra de dolores de rodilla), pasan inexorablemente por quirófano, pues se considera intolerable esa reducción del nivel de actividad. Internet y medios de comunicación alientan la sobremedicalización de la vida cotidiana. Si el sistema sanitario no es capaz de hacer frente a estos dos problemas (tabú de la muerte e hiperconsumismo médico) perderá en eficiencia y en calidad.

Hasta aquí he ido enumerando varios de los «culpables» de la crisis del sistema sanitario: políticos, burócratas, ancianos, pacientes intransigentes, industria farmacéutica, mass-media… Pero, tal vez, sean los propios trabajadores de los sistemas sanitarios los que, no solo tengan tanta o más responsabilidad, sino también mayor capacidad de acción y enmienda para mejorar la situación de la sanidad. Por una parte, no hay una uniformidad en el criterio de actuación clínica de gran parte de médicos, independientemente de su especialidad. Existen actos médicos que ya han demostrado su ineficacia, y aún se siguen realizando 4. Otras intervenciones que, aunque eficaces, pueden presentar muchos efectos adversos, son realizadas sin una verdadera consciencia por parte del sanitario o sin un seguimiento posterior adecuado. El uso de guías de decisión clínica, como puede ser el NICE británico, podría reducir esta variabilidad y la consiguiente inseguridad. También puede resultar interesante el manejo de la inteligencia artificial en el diagnóstico de enfermedades, aunque en este caso existen enormes cuestiones éticas y epistemológicas a resolver 5. La aplicación generalizada de estas dos herramientas no puede venir desde la imposición, pues esto generaría malestar, reticencias, e incluso firme oposición de muchos sanitarios. Si, de alguna manera, se consiguiera convencer a los profesionales de las ventajas de la aplicación de una terapéutica más homogénea, basada en la evidencia científica, ganaríamos todos: como pacientes, como profesionales y, en fin, como sociedad.

En resumen, la crisis continuada del sistema sanitario exige soluciones a corto, medio y largo plazo. Como medidas más urgentes a tomar, caben destacar una política de compras racional, que vaya más allá del análisis calidad/ precio; mayor peso de los servicios de evaluación de tecnologías sanitarias en la toma de decisiones estratégicas; educación para el cambio del paradigma sanitario hiperconsumista en el que se ha instalado la sociedad; educación de los trabajadores sanitarios para que comprendan su imprescindible rol en el sostenimiento del sistema; y, por último, destacar la importancia del uso de guías clínicas y, en el futuro, de algoritmos basados en inteligencia artificial, para unificar criterios y acciones clínicas.

 

BIBLIOGRAFÍA

1- Güell O. Traiber vendía prótesis ortopédicas que llevaban hasta 11 años caducadas. 2015. Recuperado de: https://elpais.com/ccaa/2015/05/23/catalunya/1432389457_661317.html

2- Lenza  M. Surgical versus conservative interventions for treating fractures of the middle third of the clavicle. Cochrane Database of Systematic Reviews 2013, Issue 6.

3- Novoa A. Sin paliativos. Análisis clínico-existencial de Seamus O´Mahony sobre la muerte y el morir en la era del individualismo y la medicina tecnocientífica. 2020. Recuperado de: https://wordpress.com/read/feeds/99954171/posts/2550248513

4- Morgan DJ. Update on Medical Overuse. JAMA. 2019;179:240–246.

5-  Healy D. Clinical judgments, not algorithms, are key to patient safety—an essay by David Healy and Dee Mangin BMJ 2019; 367 :l5777.

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