Crisis y decadencia

Hay quien utiliza indistintamente los términos crisis y decadencia para expresar una situación de malestar, de inestabilidad o de sensación de empeoramiento de las condiciones de vida en una sociedad. Sin embargo, no son lo mismo. Contienen una serie de conceptos previos de tal magnitud que aquel quien emplee cualquiera de estas dos palabras, tendría que hacer un esfuerzo en argumentarlas.

Para que se produzca una crisis, la sociedad debe de estar en un punto álgido (económico, cultural, científico, moral…), esto es, que haya alcanzado una cota de perfección jamás lograda. Es a partir de ese cénit que, por causas de carácter violento (una crisis económica, un desastre ecológico, una guerra…), la sociedad sufre un agudo retroceso en sus condiciones de vida. “Agudo” por dos razones: primera, porque la crisis suele ser intensa o, por lo menos, debe ser vivida intensamente. Segunda, porque cuando se habla de crisis, siempre se vislumbra una salida, una posibilidad de retorno a los niveles de satisfacción anteriores al detonante violento. A pesar del pesimismo que suele embargar los corazones de los ciudadanos, hablar de crisis también implica que, de un modo más o menos preclaro, se pueden anticipar cuáles serán los remedios que solventarán esa situación.

En la decadencia, por el contrario, se observa un estado crónico de deterioro de la sociedad. El cénit de la misma no se sitúa en el presente, o en un punto del pasado cercano a él, sino en una supuesta “Edad de Oro” de la que puede que ya no quede vivo protagonista alguno. Si en la crisis hay esperanza por un retorno, en la decadencia no se augura más que el fin mismo de la sociedad, su extinción del movimiento histórico de la Humanidad, y su transformación en un simple yacimiento arqueológico. No hay salida en la decadencia, porque la decadencia es a la sociedad lo que la ancianidad es a la vida: un proceso orgánico de declive físico y psíquico irreversible.

Crisis y decadencia son dos modos diferentes de interpretar una situación de fragilidad. Y de esta explicación, más o menos anclada en la realidad, pero siempre con un alto contenido de subjetividad, se puede saber más del autor del comentario que de la misma sociedad que el autor está tratando de analizar. Porque quien habla de crisis lo hace desde el “mejor de los mundos posible”, que para él se ubica en la cercanía del momento presente. No existen en el pasado referencias de forma de vida mejores que las más contemporáneas. El proceso de construcción social es positivo: tiende indefectiblemente a mejorar, aunque siempre existan vaivenes temporales que son los que definen las crisis. Sin un arquetipo, un modelo ideal de sociedad que sirva de referencia universal, siempre considerará el actual como el mejor; pero no porque así lo sea, sino porque los sistemas de clasificación y gradación de las sociedades históricas han sido diseñados según unos criterios que consideran más importantes y valiosos los logros del momento presente. Todo cambio se ve como un avance, cuando algunos de ellos son simplemente reubicaciones, o incluso deterioros, de derechos sociales. Cuando se cree que se ha alcanzado la culminación de la construcción social, también puede experimentarse la sensación de que, si a mejor no puede ir, tal vez lo que suceda sea lo contrario. Es por ello que, desde una construcción positiva, optimista, de la sociedad, también se vive continuamente con el presentimiento de que, próximamente, aparecerá una crisis.

Los decadentistas, por el contrario, han descubierto un modelo ideal de sociedad, el cual fue instaurado con éxito hace años, siglos o milenios. Es ante esa imagen de perfección que se tienen que mirar los ciudadanos contemporáneos. Para los decadentistas la sociedad es un ser vivo: nace, crece, madura, alcanza esplendor, decae y, finalmente, desaparece. Frente al modelo positivo-oscilante de los optimistas, los decadentistas construyen una sociedad más cercana a un modelo cíclico de creación-destrucción-creación. Mientras que los optimistas carecen de arquetipo de sociedad porque utilizan criterios de excelencia sesgados por la actualidad vigente, los decadentistas poseen grandes cantidades de datos históricos, de los cuales recogen aquello que les interesan mediante una técnica de “picoteo” arbitrario. Más tarde estos datos se ensamblarán dentro de un texto justificativo que tendrá más de novela o saga heroica que de texto científico-humanista. Ese texto o textos señalarán el origen de un mito (nacional, étnico, cultural…) que se convertirá en el arquetipo, el cénit civilizatorio, el punto de perfecta madurez, de una comunidad.

El desarrollo histórico de una sociedad no se ajusta al modelo optimista-crisis ni al decadentista-decadencia. Tanto uno como otro tratan de racionalizar, ajustar a una explicación comprensible, el devenir de una sociedad. El modelo optimista necesita crear la ilusión de que la sociedad tiene un fin, que es el del perfeccionamiento continuado; que el ser humano, como animal social que es, está programado, tal vez desde sus genes, para construir unas comunidades humanas cada vez mejores. El modelo decadentista, por el contrario, considera que ese fin, esa meta, ya ha sido alcanzado, y ahora toca penar en el lento y tortuoso declive. Para el decadentista es la sociedad, como cualquier organismo vivo, la que está programada para desarrollar un ciclo de vida que, inevitablemente, acabará en la muerte.

Sin embargo, todo es más caótico, informe, inesperado, inexplicable. La sociedad humana no posee ninguna meta, ningún fin programado de antemano. Son tantos los acontecimientos, pensamientos, relaciones, creaciones y desencuentros que acumulan todos los hombres y mujeres que viven y han vivido en este planeta, que resulta imposible explicar e interpretarlos todos en base a un modelo optimista o pesimista. Aun así, los seres humanos, por lo menos los seres humanos modernos, nacidos en esa Modernidad cartesiana, necesitamos comprender. Necesitamos comprender de dónde venimos, dónde estamos, a dónde vamos. Y para diseñar explicaciones convincentes, inevitablemente, hay que desarrollar un método. Almacenar en tablas aquellos datos que prueban nuestras hipótesis; expulsar aquellos que no se ajustan a nuestra opinión. Y, a partir de ese momento, siguiendo las instrucciones de la ideología científica, empírica o historicista, crear una interpretación del mundo, de la realidad, del presente, pasado y futuro. Todo intento de explicación de la sociedad contemporánea está sesgado; sí, es verdad. Pero eso no significa que haya que rechazarlos por ello. Pueden resultar útiles, pueden ayudarnos a orientarnos en este mundo tan salvaje. Sin embargo, durante su lectura conviene reunir grandes dosis de escepticismo, el cual nos salvará del fanatismo y la intolerancia que tanto optimistas como decadentistas, tratan de inculcarnos.

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