Sobre la esperanza

Se podría decir que la esperanza tiene algo de irrenunciablemente humano. Los animales no tienen esperanza. No la necesitan. Obedecen únicamente a las leyes naturales, tanto a aquellas que están inscritas en su genoma, como a las que fijan el devenir del ambiente que les rodea. Los animales no esperan nada porque no tienen herramientas para modificar su presente y su futuro. No visualizan un estado de vida ulterior al que están viviendo; ni siquiera se preguntan acerca de su muerte, o de la muerte en general. Sin embargo las personas sí contamos con herramientas que afectan a nuestra calidad de vida, a nuestro modo de vida, a nuestro presente y nuestro futuro. Podemos cambiar nuestro destino: aunque la genética no nos sea halagüeña, esperamos vivir durante más años gracias a los avances científicos y a la modificación de nuestros hábitos de vida. Aunque estemos encerrados en una cárcel de por vida, puede que soñemos con el día en el que un juez nos declare inocentes. Hasta que el suelo del cadalso se venga abajo, el ahorcado esperará la gracia del poderoso.

Sin embargo, tal vez esa esperanza de la que nos hemos apropiado y convertido en santo y seña de la Humanidad, no sea tan humana como creemos. O, dicho de otra manera, tal vez la esperanza sea una propiedad innata de las personas en tanto como seres vivos, y no en tanto como humanos. No poseemos la esperanza. La esperanza nos posee a nosotros. Porque puede que esa esperanza sea simplemente un instrumento tan genético, tan químico, tan predecible como lo son los comportamientos de los animales que solo se guían por sus instintos. Porque la esperanza también es un instinto, pero no un instinto de supervivencia perteneciente a la persona humana, sino a aquellos componentes básicos que conforman la vida tanto de esos animales como de estas personas: los genes.

Según la teoría del “gen egoísta” de Richard Dawkins, los organismos vivos no seríamos más que simples máquinas de replicación y conservación de genes, que a la postre son meras moléculas químicas más o menos complejas con capacidad autorreplicativa. Esta capacidad autorreplicativa es el quid de la cuestión, tanto de la vida, como de la misma teoría de la evolución. Porque una molécula química autorreplicativa tenderá a a) permanecer estable el mayor tiempo que le sea posible y b) crear copias de sí misma de manera sincrónica (en un momento histórico concreto) como metacrónico (a lo largo del tiempo). Hay genes dentro del núcleo de nuestras células que forman parte del archivo genético de la mayor parte de seres vivos que habitan este planeta: aquellos que regulan las membranas celulares, o los que permiten la síntesis de enzimas relacionados con la obtención de energía a partir de la glucosa, aparecieron, muy probablemente, en las primeras manifestaciones de vida de los océanos primitivos, hace decenas de miles de años. Su éxito es tal que hoy se han expandido por toda la biota y así permanecerán por los siglos de los siglos, hasta que la última forma de vida desaparezca de la faz de la Tierra.

Hay algo químico, inerte, en la esperanza. Sabemos que somos mortales; que nuestros años de vida están limitados a unas pocas decenas de ellos: tarde o temprano, cada uno de nosotros desaparecerá. Pero, incluso aquellos que no creen en ninguna forma superior de vida y consideran el mundo y el universo una sucesión de eventos físicos, quieren seguir, quieren aprender, quieren aumentar su patrimonio… en fin… quieren vivir aunque al final su experiencia de lo vivido no sea más que un espejismo en la eternidad de lo material. Más aún, sabemos que el mundo que vivimos tiene sus milenios contados: dentro de cien millones de años la Tierra tal vez sea arrasada por un meteorito gigante. Y si no sucede así, y la Humanidad ha descubierto la tecnología para proteger nuestro planeta de amenazas extraterrestres, esta perecerá en el momento en el que el Sol se expanda, se contraiga, explote o se apague. Puede que para entonces hayamos descubierto el modo de viajar a otros sistemas solares a través del espacio-tiempo. Sin embargo, llegará un momento en el que el Universo dejará de expandirse, y se vuelva a acumular toda su masa en un solo punto, en el que no exista ni el espacio ni el tiempo. Todas las creaciones humanas desaparecerán para siempre, y no quedarán entonces ni vestigios arqueológicos que la recuerden, ni ser vivo que las aprecie. La vida, mientras siga anclada a una dimensión temporal, tendrá que aceptar que así como ha tenido un principio, irremediablemente tendrá un final.

La esperanzada Humanidad tiene que negar esta realidad: la realidad de que somos mortales, que nuestro planeta tiene los milenios contados, que nuestro sol tiene programada su obsolescencia, que el universo no es eterno. Lo niega porque, si aceptara la realidad tal como es, posiblemente dejaría de luchar por avanzar. Y, tal vez, desde los núcleos de nuestras células, hay ciertos genes que estimulan la secreción de cierta hormona o de cierto neurotransmisor, que obliga a nuestro cuerpo a seguir funcionando para lo que ha sido creado, esto es, como mero receptáculo de moléculas químicas autorreplicativas.

Tal vez lo verdaderamente humano es la desesperanza, ese sentimiento de no-salida o, mejor aún, de pronta salida hacia un destino que no es el que nosotros deseamos. La desesperanza es humana porque niega el dictado de nuestros genes, porque no acepta el seguir ejecutando las órdenes que nos imponen esas moléculas autorreplicativas. La desesperanza se arranca de la química que modela cada uno de los actos, de los pensamientos, y aparece como un sentimiento emancipado y auténtico, que tan solo pertenece a la persona, y solo a una persona. Es la manifestación más humana de nuestra humanidad, a la vez que la más triste, pues junto a la desesperanza acude la visión de los límites de nuestro cuerpo, nuestra sociedad, nuestro planeta, nuestra galaxia, de la física cuántica y de la teoría de la relatividad, y con esos límites se atisba una finitud inmensa, inabarcable y eterna.

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