Ser, sentir, pertenecer (I): ser

Los seres humanos somos animales sociales y, por ello, necesitamos crear comunidades. Muchos animales precisan también de comunidades para sobrevivir. Tal vez lo que diferencia a unas y otras se sitúa en las leyes sobre las que se construyen: mientras que las comunidades humanas se inspiran en leyes culturales, no contenidas en gen alguno de nuestras células, las comunidades animales se constituyen en base al instinto, que es regulado exclusivamente por la información genética. De ahí que los sistemas de inclusión-exclusión de estos grupos sociales no sean del todo comparables.

La primera comunidad humana es la Humanidad al completo. Así lo pensaban los liberales ilustrados del siglo XVIII, y todos aquellos miembros de la izquierda internacionalista que han luchado y aún luchan por un mundo más justo para todos, sin ningún tipo de distinción según raza, sexo, nacionalidad, lengua o religión. Sin embargo, posiblemente, la raza humana es demasiado amplia como para crear lazos de unión fuertes y duraderos en el tiempo. Y es que un aspecto importante de desarrollo de la comunidad es la existencia de un “otro”, esto es, otra comunidad, vecina a esta, con la cual pueda compararse, competir y, por qué no, entrar en guerra. La Humanidad tomada como única comunidad no permite la construcción intelectual de un “otro”, pues este concepto ecuménico invade y acapara y absorbe todo lo que de humano y diferente tiene la Humanidad. Y así, mientras las personas funcionemos “frente” a otro y no “junto” a otro, el sueño de una única comunidad humana seguirá siendo eso: un sueño, una utopía.

El primer paso para diferenciar comunidades humanas se sitúa en los “rasgos”: atributos externos, incuestionables, que clasifican a una persona dentro de un grupo social. La localización geográfica del cuerpo de la persona podría ser el primer gran rasgo que surgió en nuestro proceso de “babelización”: un grupo de humanos se constituía como tribu-comunidad porque ocupaba una extensión de terreno que era diferente de la de la tribu vecina. Sin embargo, los primeros espacios geográficos eran muy volubles: las primeras comunidades humanas eran cazadoras-recolectoras y, por lo tanto, nómadas. Incluso con el advenimiento del sedentarismo, un pueblo, ciudad o región podía pasar de mano en mano de dictadores, monarcas o emperadores. Es por ello que, quizás, a pesar de ser el primer rasgo comunitario diferenciador, quizás solo la aparición de los Estados-nación, así como su justificación intelectual y política a través del historicismo y nacionalismo, generaron un sentimiento real de pertenencia incuestionable a un terruño.

Por lo tanto, el espacio físico era razón necesaria pero no suficiente como para que una comunidad se situara frente a otra comunidad. Más aún, en las épocas antiguas, donde los medios de comunicación eran lentos, tortuosos, y las posibilidades de entrar en contacto con otras comunidades era escasa, si no nula, cada grupo social se comportaba como una pequeña Humanidad. Todas las personas conocidas por esa comunidad vivían en el mismo espacio geográfico; todas pertenecían a ese mismo grupo ubicado en ese valle, en esa costa, en esas montañas. No había posibilidad, así, de crear un “otro” a partir del rasgo geográfico. Surgieron por ello otros rasgos diferenciadores, preclaros a los ojos de una comunidad que podía clasificar a sus propios vecinos en diferentes grupos: el color de la piel era el signo externo que más rápidamente podía permitir esta segregación. Pero también la constitución facial, el idioma y acento.

Pero pronto se volverá al problema que se daba anteriormente: si una comunidad vive aislada en un espacio geográfico, acabará igualando el color de la piel y los rasgos faciales en pocas generaciones. Además, en pos de una comunicación más clara y fluida, toda la población hablaría una misma lengua, con un acento homogéneo. Fin, así, a la fantasía de una “comunidad frente a otro comunidad”.

El rasgo es el “ser” de la identidad: elementos pasivos, inherentes al individuo, ante los cuales este no toma ninguna decisión respecto a la comunidad donde vive. Le vienen dados “de fábrica” y, difícilmente (salvo en el caso de la lengua) podrá modificarlos. El rasgo segrega y sitúa a la persona dentro de una comunidad, con sus clichés y prejuicios, con sus amigos y sus enemigos, con sus filias y fobias, a pesar de que esta persona, tal vez, se sienta emocional e intelectualmente más próxima a otra comunidad.

Si se pudiera estar orgulloso de la identidad de uno mismo (que no solo lo dudo, sino que lo combato con vehemencia), este orgullo no debería provenir de los rasgos identitarios: son elementos pasivos, previos a la aparición de la conciencia de quien se siente orgulloso, y sobre los cuales este no puede operar modificación alguna para alterarlos. Se es y punto. Sin orgullos ni vergüenzas. Yo soy español, entre otras razones, porque nací en un área geográfica más o menos estable que así se denomina durante mi tiempo histórico. Y soy vasco porque, dentro de las 17 regiones en las que se divide España, vine a ver la luz del mundo en el País Vasco. Pero no me puedo sentir orgulloso de mi identidad como español o vasco, por lo menos, por el simple hecho de que haya nacido dentro de esos territorios delimitados políticamente. Yo, ni nadie, han hecho nada para que esto sea así. Tampoco puedo estar orgulloso de que mi lengua materna sea el español, como no lo estaría de que fuera el euskera, el francés o el chino. Este sentimiento de orgullo encierra otro sentimiento, a veces ocultado por pudor y vergüenza, y es el de superioridad: “estoy orgulloso de pertenecer a una comunidad porque sus miembros son (física, intelectual, moral, espiritualmente) superiores a los de otras comunidades vecinas”. Siempre habrá alguna cualidad o atributo en la que los miembros de una comunidad se consideren sublimes y sobresalientes: hipertrofiarán su importancia y, con ello, mirarán por encima del hombro de aquellos que son incapaces, en teoría, de alcanzar su nivel.

Los rasgos identitarios etiquetan y estigmatizan al individuo. Acumulan ellos un vasto y rico surtido de prejuicios que encierran la voluntad de la persona dentro de un estrecho espacio de existencia, acción y pensamiento. Espacio tan limitado, que coarta la capacidad de la persona a la hora de expresar todo su ser, toda su creatividad, todas sus opiniones. Espacio que, a pesar de sus ya importantes constricciones, sufrirá una mayor reducción con la aplicación de nuevos atributos de diferenciación entre seres humanos, como veremos próximamente, con los símbolos identitarios.

Un comentario en “Ser, sentir, pertenecer (I): ser

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s