Sobre el revisionismo histórico (II): la confesión

El sacramento de la penitencia obliga al creyente a exponer delante de un sacerdote todos los pecados que puede o pudiera haber cometido, de palabra, obra o por omisión. El poder otorgado a los ministros del Señor, que es el de “limpiar” la conciencia y las almas, precisa de un reconocimiento de la culpa por parte del creyente. Ese “mirar hacia dentro” en busca de todos los actos y pensamientos que no se ajustan a los mandamientos de la fe cristiana se trata de una autocrítica personal hacia sí mismo. Muy primitiva, pero muy eficaz en tanto en cuando esa autocrítica se construye mentalmente y se expone en público, delante de una autoridad moral y espiritual. Sin embargo, el sacramento de la penitencia no es más que una autocrítica personal, individual, y que no afecta ni atañe al conjunto de la sociedad. Esta puede seguir anclada en viejas rémoras y tradiciones intocables, las cuales no pueden servir de patrón de referencia de buen comportamiento para los cristianos que se confiesan, por lo menos, una vez al año. Así, un esclavista no confesaría jamás los crímenes cometidos contra su “mercancía”, pues para la sociedad en la que este se haya inserto, un esclavo es eso, un simple objeto desprovisto de humanidad, que puede ser tratado del mismo modo que un animal de tiro. La autocrítica de la penitencia queda supeditada al individuo y dentro de unos límites marcados por unos usos y unas costumbres.

La Reforma abolió el sacramento de la penitencia y transformó esa confesión pública en un severo acto de conciencia interior, donde el propio creyente se convertía en el juez más cruel. Los luteranos deberán cargar con el peso de sus pecados hasta el final de sus días, al contrario de los católicos, que seguirán disfrutando de la absolución, amparada por la Santa Madre Iglesia de Roma. Cuando Lutero liberó a los protestantes de la confesión, también rompió con el milenario control moral por parte de la Iglesia Católica. Ya no solo el papa o sus diáconos podían decidir sobre lo que era bueno o malo, virtud o pecado. Ahora, cada uno de los creyentes, en el interior de su conciencia, podía analizar las acciones realizadas, tanto por ellos mismos como por sus vecinos, y decidir por sí mismos el valor moral de cada una de ellas.

La Reforma implica una primera gran autocrítica: la que Lutero, sacerdote cristiano ordenado, realizó acerca de la Iglesia de la que él mismo formaba parte. El resultado de esa autocrítica no solo fue la ruptura de la misma y el surgimiento de la fe protestante. La respuesta del catolicismo, la Contrarreforma, introdujo en el Concilio de Trento una serie de modificaciones de la fe católica que acababan con ciertas formas primitivas, caducas, y aceptaba otras mucho más liberales, como puede ser el tímido avance que se dio sobre la individualidad y responsabilidad individual. La Contrarreforma también implicó autocrítica, pero no autocrítica disruptiva (como la del luteranismo), sino más bien constructiva (pues no destruyó la iglesia romana, sino que transformó el ámbito de fe católico).

La autocrítica sobre la que se basa el revisionismo histórico que se está viviendo en estos tiempos agitados, y que tiene como víctima a Europa y el poder que los europeos detentaron durante siglos a golpe de espada y rifle, se establece sobre criterios que fueron establecidos por esos mismos europeos que mataban a los nativos americanos, cargaban de cadenas a pueblos africanos, y enriquecían sus bolsillos, y los de la metrópoli, con el expolio de las tierras que conquistaban. Sócrates era, probablemente, un pedófilo. Michel de Montaigne glosaba su misoginia en los ensayos que le han hecho inmortal. René Descartes y Charles Darwin fomentaron el racismo. Francisco de Quevedo escribió sátiras antisemitas. Thomas Jefferson poseía cientos de esclavos. Pero todos ellos, como otros tantos seres imperfectos, que bajo el prisma contemporáneo habrían sido condenados al ostracismo o la cárcel, han sido los co-autores de ese sistema de autocrítica que juzga, tanto a ellos, como a todos nosotros. Sus crímenes y pecados deben ser tenidos en cuenta. Empero sus crímenes no deben justificar la destrucción y censura de su legado benefactor. Considerar que nosotros somos mejores que ellos tal vez sea una falacia. Pero considerar que nosotros seremos mejores sin ellos, puede resultar catastrófico.

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