Ser, sentir, pertenecer (y III): pertenecer

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Escena de invierno en canal congelado. Hendrick Ayercamp (1585-1634)

El rasgo indentitario es genético y pasivo. El símbolo identitario es cultural y activo. Ambos delimitan en el imaginario dos regiones particulares de la geografía humana: nosotros y los otros. Rasgo y símbolo son elementos individuales que sirven a la persona para identificarse con un grupo que presenta esos mismos rasgos y símbolos, frente a otros posibles grupos y personas que carecen de ellos.

Pero rasgo y símbolo son unidireccionales. Parten de la persona y se dirigen hacia el exterior de la misma, allá donde se encuentran otras personas con las que esta convive. Ellas recibirán la imagen identitaria, bien impuesta trágicamente por sus rasgos genéticos, bien elegida voluntariamente a través de la adquisición de unos símbolos. Y será ese grupo el que decidirá, a través de esa imagen percibida, si la persona merece ser incluida o no en el “nosotros”. O por contra, desterrarla a ese indefinido “otros”, donde pululan cientos, miles, millones que conciencias que no tienen derecho a participar de los privilegios comunitarios.

Por lo tanto, para pertenecer a un grupo no solo hay que ser (poseer rasgos) y sentir (adquirir símbolos), sino que se precisa de la aceptación del grupo. Esta aceptación, de nuevo, como el rasgo y el símbolo, es unidireccional; pero, al contrario los dos últimos, la aceptación parte del grupo y se dirige hacia la persona. Es el grupo el juez que decide, finalmente, la identidad grupal de esa persona. No importa que los rasgos que posea genéticamente sean “puros” y “limpios”, perfectamente compatibles con los exigidos por la comunidad donde vive. No importa que los símbolos a los que la persona se haya adherido a lo largo de su aprendizaje en la vida en sociedad sean los “correctos”. Si la imagen que transmite al grupo no es la correcta, la persona quedará excluida automáticamente del grupo.

Pero no es menos cierto que, cuanto más rasgos se posean y más esfuerzo simbólico se realice, tantas más posibilidades tendrá la persona de ser admitida. Un nativo que presente un color de piel y unos rasgos faciales compatibles con el arquetipo grupal, tendrá más posibilidades de pertenecer a la comunidad que un extranjero de piel más o menos clara o de nariz más o menos grande. Alguien que exteriorice ciertos símbolos políticos (banderas, camisetas reivindicativas), culturales (vestimenta, lengua, asistencia a templos) o sociales (equipos deportivos, agrupaciones vecinales) ganará más “puntos” identitarios, y le harán más proclive a la aceptación. También se puede dar el efecto de “techo de cristal”: teniendo en cuenta el importante efecto aglutinador del rasgo, puede suceder que aquellos que no los presentan, a pesar de haberse “trabajado” la identidad a través de la adquisición de símbolos, no sean admitidos completamente en el grupo, o vean vetada la entrada e inclusión en ciertos “cotos privados”, exclusivos para los nativos que poseen rasgos genéticos puros. Esto se puede ver, por ejemplo, en la composición de la XII Legislatura del Gobierno Vasco: de los 12 miembros (lehendakari y 11 consejeros), tan solo uno posee apellido no euskaldún: Javier Hurtado (Turismo, Comercio y Consumo). Cuando menos del 40% de la población vasca cuenta con un primer apellido euskaldún, estos copan más del 90% de los cargos de más alta responsabilidad política de la comunidad autónoma. El rasgo “genético” del apellido elimina a más de un 60% de la población vasca de poder entrar en algunas instituciones vascas. Hasta la proclamación como lehendakari del barakaldes Patxi López, en 2009, el traspaso de la lehendakaritza a alguien que no poseyera apellidos vascos era un verdadero tabú.

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Fragmento del cuadro “Escena de invierno en canal congelado”.

Los seres humanos, mientras no cambiemos de modus operandi, necesitaremos a otro ser humano “enfrente”, incluso “contra”. A la vez que ese enfrentamiento genera diferencias entre personas, también implica o necesita de la creación de grupos que presenten ciertos elementos que les hagan ser, sentirse diferentes, únicos y aislados de los “otros”. Pero para pertenecer no solo hace falta ser y sentirse parte del grupo, sino también que el propio grupo acepte la inclusión, completa o parcial, del individuo.

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